Portada revista 23

Editorial Indice de Revistas El Mito de la "Superpoblación"

ARBIL, anotaciones de pensamiento y critica

El genio de España.

España - porque lo ha hecho ya otras veces - puede alumbrar las ideas que serán la base de los próximos siglos

En una última lectura de Ganivet, quedé meditabundo ante su afirmación de que España no es una nación militar pero es una nación guerrera. Después he comprendido bien que es así: la disciplina y la organización no son virtudes en las que destaquemos, y, en cambio, sí somos hombres de fe y de convencimientos absolutos. Ni tenemos la tenacidad ni la perseverancia de otros pueblos más militares, como el inglés y el alemán, y sí, en cambio, les superamos en acometividad.

Esto viene a cuento porque, últimamente, trato de imaginar un futuro español y creo comprender que ese futuro no va a ser de gloria militar, aunque la guerra jamás puede descartarse en este mundo. Para hacernos un imperio clásico, por la fuerza de las armas, nos sobra valor, pero nos faltan perseverancia, riqueza e industria. Tampoco nuestro talante es dominador: no somos un pueblo de amos por la misma razón de que no somos un pueblo de esclavos: somos independientes y deseamos lo mismo para los demás.

Pero, por otro lado, España tiene la necesidad de ser expansiva para ser España, luego nuestro crecimiento, nuestra manera de saltar las fronteras y llegar a otros hombres, sólo tiene un camino: el de nuestras mejores virtudes: el arte, la idea nueva, aquello en lo que de verdad somos mejores y existe ya: nuestra cultura.

Ganivet presentía, en los umbrales del Siglo XX, un futuro resurgir cultural al lado del cual el Siglo de Oro no sería más que un prólogo. También lo veo posible en cuanto nos sacudamos esa pereza de siglos y ese pensamiento inducido de que las culturas extranjeras son más ricas y están más vivas que la nuestra.

Parece ser que no podemos dominar el mundo con las armas: eso lo hemos hecho ya y no apetece repetir. Pero es seguro que lo podemos conquistar con nuestras ideas: el mundo necesita las nuevas, porque las viejas agonizan y le arrastran a la muerte con la desilusión y la incapacidad de creer ya en ellas.

España - porque lo ha hecho ya otras veces - puede alumbrar las ideas que serán la base de los próximos siglos. Puede hacer la síntesis entre el mundo masificado y la técnica al servicio del hombre. Puede proponer a sus juventudes la aventura de pensar para el mundo del mañana y españolizar su concepción del hombre y de su misión sobre la tierra, que es la gran batalla de la actualidad.

La España creadora tiene la palabra y deben guardar silencio los papanatas admirativos. Hay mucho qué decir desde aquí al mundo, que ha perdido la fe y la seguridad en sí mismo, que ya no se atreve a decir «las cosas son» o «sólo el ser es». Queda mucho que hacer para que llegue el futuro prometido, y debe hacerse usando el más humano de los dones: la inteligencia; y la más elevada de nuestras virtudes: la fe.

América es la empresa española por naturaleza y nos costó un futuro distinto y prometedor. Fue, además, una gesta que sólo los españoles podemos entender. En América se fundieron las razas y, con ellas, los continentes. En América, desde el primer momento, se dio al indio carácter de hombre libre y se luchó por abrirle las puertas de la eternidad.

Quien crea que se bautizó por la fuerza, debiera de explicar por qué ahora, sin que se haga ninguna, sigue allí viva y pujante la fe en Cristo y en su redención. No: En América se explicó por primera vez, la concepción moderna y española del mundo y de la eternidad, y convenció. No sólo eso: también ilusionó, de tal manera que aquellas tierras no fueron conquistadas por las armas sino por la fe y la palabra, y aquellos hombres no fueron dominados por los españoles, sino que se volvieron españoles ellos, sumándose al caudal de la España crecida en busca de su futuro.

Y son todavía España, porque siguen siendo nuestro mundo y compartiendo historia y cultura. Se ha fraccionado el poder político, pero no se ha roto la unidad de pensamiento. Su mundo es el nuestro y, como nosotros, necesitan la independencia por encima de todo, tan amenazada por los Estados Unidos, la nación sin nombre. Como nosotros, viven la postración después de aquel formidable colapso que significó la división de lo que seguía siendo uno: España.

Lo anterior parece indicar la existencia - al menos personal - del sueño de reconstruir el Imperio, como en el torpe libro de Areilza y Castiella, que sólo entendieron el Imperio como geografía. No se sueña en pasados frustrados y creo que el imperio está por hacer. Se siente en los tiempos que de nuevo estamos tomando conciencia de cuanto nos une; que nada se rompió en el equivocado siglo pasado. El mundo accesible para nosotros es el mismo accesible para los españoles americanos (así los señala la Constitución de 1812), y no podemos entrar en ningún otro sin dejar de ser, lo cual es posible para algunas minorías pero no lo es para el pueblo, que sabe para siempre que sólo puede ser como es, sólo puede creer en lo absoluto y sólo puede acceder al futuro descubriendo y guardando su identidad.

Para acometer una empresa, fácil o difícil, hay algo previo: saber quién se es, saber qué se es. El que no se conoce no entiende nada y nada puede hacer. El pueblo que se olvida de sí mismo, desaparece. Pero España no olvidará nunca porque tiene una conciencia gigante, increíble, que al otro lado del Atlántico le recuerda que lleva en ella la esencia de lo eterno y lo hace en español. España, las Españas, son todavía las más ricas en tradiciones vivas.

Arturo Robsy.


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