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ARBIL, anotaciones de pensamiento y critica

"Lenguaje y educación. Crítica a la psicogénesis de la lectoescritura"(*) .

Lenguaje y educación se instrumentan por la política de cambio cultural para la conquista de la sociedad según el modelo gramsciano, buscando la sustición de los valores y del sentido común heredado, como fruto de una civilización y una cultura signada por el cristianismo, por los pseudovalores de una civilización y una cultura -si así puede llamárselas- plenamente materialistas

Pocas veces un libro de 157 páginas nos da una visión tan clara y profunda del tema que constituye su objetivo. Hace falta para conseguirlo no sólo la especialidad en la profesión de quien lo escribe, sino la inquietud por desvelar el transfondo que se esconde en los ataques al idioma.

Tras el profundo ataque que el mundo del arte ha sufrido quedaba el lenguaje como una reserva aun no contaminada; y al lenguaje ha acudido también la táctica gramsciana. Para ello ha sido necesario desacralizar la palabra, arrancarle lo que lleva consigo de transcendente, reducirla a medio convencional de comunicación y convertirla en herramienta para el cambio. La escuela, la familia, la información, han sido acechadas y buscadas para la empresa contracultural.

Para apercibirse de ello hay que tener una visión perfecta de la trama, y a tal fin un enfoque serio y realista del proceso. No basta con percibir el hecho del que el hombre está dotado a diferencia de los otros seres de la creación de un mecanismo fonoauditivo, que le permite hablar y oír y , por lo tanto, hablar y escuchar lo que se habla. Lo que importa, partiendo de esta realidad innegable, es determinar si es por razón de este mecanismo por lo que el hombre habla y oye, o más bien si para hablar y escuchar le fue dado al hombre este mecanismo que le es propio.

En una contemplación culturalmente cristiana del lenguaje, sólo la segunda proposición es la verdadera, porque Dios es Palabra, porque la Palabra divina personificada, no sólo crea ex nihilo, sino que, al hacer al hombre a su imagen, le concede el verbum mentis como una prueba de semejanza. Pues bien, el verbum mentis no se exterioriza a través del sonido o de la voz, sino a través de las palabras; y el hombre, Adán -homo loquens, como nos narra el Génesis, fue dando nombre con su palabra a las criaturas que ante él desfilaron. Con este uso primero de la palabra, el hombre ejerció el señorío vicario sobre el resto de la creación visible ("Dominad la tierra") y realizó, además una auténtica ontofanía, al hacer uso de la illuminatio del verbum mentis y revelar, y de algún modo recrear con las palabras, el ser real de lo significado para ellas.

El proceso secularizante afectó también en su oleada sin fronteras a la palabra, marginando, prescindiendo, olvidando y negando su visión teológica, y reduciéndola a un puro concepto inmanentista, a puro medio convencional y arbitrario de intercomunicación, sin otra finalidad y sin otro fundamento que la sociabilidad humana. La afirmación de principio: «Porque pensamos hablamos, y para ello al hombre se le dota del mecanismo fonético», se sustituye por esta otra:

«Porque el hombre vive en sociedad la evolución le ha ido dotando de ese mecanismo intercomunicante».

Desde este punto de vista, la instrumentación dialéctica del lenguaje parece lógica. Si la palabra, hablada o escrita, es fruto de la convivencia social, y las estructuras sociales, en sus diversos ciclos históricos, son el resultado de una dinámica de la materia inducida por el choque interior, el lenguaje vigente ha de ser considerado como un valor impuesto por la clase culturalmente dominante, que es preciso sustituir por el de la «nueva cultura».

Hay que advertir que, en esta línea de pensamiento, no se contempla prima ficie un lenguaje revolucionario, sino una revolución en el lenguaje, que son cosas distintas. El lenguaje revolucionario no cambia el idioma; se limita a espigar en el mismo las palabras fuerza para el enfrentamiento social (recuérdese los grandes discursos revolucionarios). La revolución en el lenguaje supone un salto cualitativo, y pretende cambiarlo, porque es un instrumento alienante y fascista, al que, violando revolucionariamente sus normas, hay que oponer dialécticamente otro distinto. Cortázar y García Márquez, argentino el primero y colombiano el segundo, piden con urgencia la aparición de los Che Guevara, de los guerrilleros semánticos, cuya misión no es coadyuvante, sino esencial, para que el cambio se produzca, toda vez que la transformación del hombre no se modifica mientras no se modifique su modo de pensar, y su modo de pensar no se modifica mientras no se modifique su modo de hablar. Al viejo adagio «dime con quién andas y te diré quién eres», puede reemplazar este otro: «Dime cómo hablas y te diré quién eres»

Pero, ¿cómo instrumentalizar el lenguaje? La respuesta, para quienes formularon el neomarxismo, exige: 1) penetrar en la Escuela, a través de los maestros, en la Familia, a través de los padres, y en la Sociedad toda, a través de los mass media; 2) oponer, como términos inconciliables, el idioma oral y el escrito, el lenguaje popular y el lenguaje culto; 3) considerar al niño como perteneciente a una clase oprimida, la discente de los educandos, enfrentada con la clase dominante y docente de los educadores, padres y maestros.

Ciñéndonos a la instrumentalización revolucionaria del lenguaje en la escuela, tal y como lo hace Antonio Caponneto, se predica, corno principio didáctico fundamental, no el de enseñar al que no sabe -que es, por otro lado, una obra de misericordia-, sino el de dejar que el niño aprenda; pero que aprenda por ósmosis, a base de su propia espontaneidad, rehuyendo el cultivo de la memoria y utilizando cualquier clase de material escrito que pueda proporcionarle su hábitat.

Este método, al excluir el ser enseñado, deseduca y deviene, por tanto, contraeducativo y dañoso, tanto para el niño como para su intercomunicación, de igual modo, como señala Caponneto, que aprender a conducir sin que alguien enseñe a manejar el automóvil y desconociendo el Código de la Circulación sería peligroso para el coche, para el conductor y para quienes, peatones o en vehículo, se mueven en las vías públicas. No se trata, pues, de que el niño asimile el lenguaje, aunque luego lo maneje con su propio estilo, sino de que él mismo cree el idioma.

La nueva metodología pedagógica subversiva, traspasada de neomarxismo, exalta su respeto por el educando, al que aspira a liberar de la presión que viene sufriendo en la escuela clásica, pero la realidad es que desconoce el derecho que el niño tiene a ser educado y el deber que incumbe al maestro -y, como es natural, primordialmente, a los padres- de educarlo; y ciertamente no se le educa, no se promueve en el niño el sabor,de la norma, como diría un gran pensador, si la tarea supuestamente educativa consiste en «exaltar sus derechos, idolatrar su espontaneidad y proclamar la autonomía de sus instintos », que es todo lo contrario de estimular sus facultades para «el esplendor de la Verdad, la conquista del Bien y el deslumbramiento de la Belleza ».

Esta revolución del lenguaje no sólo trastueca la distinción entre lenguaje oral y lenguaje escrito, que se complementan y que son formas convergentes de expresión y de enriquecimiento recíprocos, sino que tiende a sustituir el vocabulario, la morfología y la sintaxis por la construcción gramatical absurda, el cambio de lo que la palabra significa, las formas dialectales o corrompidas, la jerga marginal, el neologismo caprichoso, el barbarismo inúltil, las locuciones ordinarias, vulgares, barriobajeras, obscenas, groseras y chabacanas, que son el detritus del idioma.

Ahora bien, impuesta la revolución en el lenguaje -aun en el plano de lo inmanente- deja de cumplir su cometido intercomunicador, porque al plegarse cada escuela a su objetivo de dejar aprender, cada niño -adulto más tarde- se expresará de un modo distinto al qué utilicen quienes aprendieron y asimilaron otro lenguaje, fruto de una impregnación ambiental distinta. Si a esto se añade la implicación en la tarea idiomática subversiva del lenguaje mímico (los gestos) y de la imagen (la televisión, el cine y el vídeo), puede adivinarse a qué género de degradación idiomática y de ruptura del sentido univoco del idioma se puede llegar.

La hostilidad y hasta el odio al cultivo de la memoria -so pretexto de que la memoria, como registro del saber, corresponde a la prehistoria educativa y que, hoy por hoy, conviene arrinconar aquélla puesto que la escritura es el mejor almacenamiento de los saberes y su mejor vehículo de transmisión- deshumaniza al educando, al no respetar y desarrollar una de las potencias del espiritu. Si, como subraya Caponneto, la «verdadera escritura es la que mediante la memoria se graba en el alma», tendrá que preocuparnos el hecho de que el alma del futuro -si la agresividad de la revolución en el lenguaje continúa- quedará vacía de saberes, al confiar éstos no sólo a la escritura, sino a los ordenadores que nos invaden con su memoria mecánica y fria.

Nada mejor y concluyente para poner término a la recensión de este libro-alerta, que reproducir los textos que en el mismo se recogen, de Juan Ramón Jiménez, de Menéndez Pidal y de Pío XI. Dice Juan Ramón Jiménez, de un modo bien significativo y epifánico: «Dime, inteligencia, el nombre exacto de las cosas. »

Menéndez Pidal afiade.- «Ningún cambio o variación idiomática puede aceptarse si no es útil para mejorar la lengua ni imprescindible para la comunicación. »

Por último, Pío XI, en Divini illius Magistri, señala: «Es erróneo todo método educativo que se funde, en todo o en parte, sobre la negación u olvido del pecado original y de la gracia, y, por tanto, sobre las fuerzas solas de la naturaleza huniana. Tales son, generalmente, esos sistemas de nombre diverso que -apelan a una pretendida autonomia y libertad ilimitada del niño, atribuyendo al niño una preeminencia, exclusiva de toda ley superior natural y divina en la obra de la educación

La jornada penitencial sigue siendo un símbolo frente a la jornada de Babel.

B.P.

(*) Antonio Caponneto: "Lenguaje y educación. Crítica a la psicogénesis de la lectoescritura" Ediciones Cruzamante. Buenos Aires.



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