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Crímenes de guerra de los Aliados en 1945 Indice de Revistas En la redacción del primer borrador de Carta Constitucional Europea:

ARBIL, anotaciones de pensamiento y critica

Amar al mundo en Dios y para Dios.

El 9 de enero de 2002 se cumplieron 100 años del nacimiento del Beato Josemaría Escrivá, cuya canonización tendrá lugar en Roma, el próximo 6 de octubre. Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, intervino el pasado 8 de abril en el XIII Simposio de Historia de la Iglesia en España y América organizado por la Academia de Historia Eclesiástica de Sevilla. "Testigos del siglo XX, maestros del siglo XXI" ha sido el tema de la edición de este año, que contó con la presencia del Arzobispo hispalense y del Nuncio Apostólico en España.
Reproducimos un resumen de la conferencia de Mons. Echevarría sobre el Beato Escrivá. El prelado del Opus Dei dijo que "la semilla que Dios plantó en la historia sirviéndose del ejemplo y la predicación del beato Josemaría fue la de amar al mundo. Amarlo apasionadamente. Amarlo en Dios y para Dios".

"El presente Simposio trae a nuestra memoria algunos santos con los que Dios ha bendecido a su Iglesia en el siglo XX, precisamente con la intención de que sean "maestros del siglo XXI". En diversas ocasiones, con motivo de la reciente conmemoración del centenario del nacimiento del beato Josemaría Escrivá, consideré oportuno poner de manifiesto que este aniversario no podía limitarse a recordar su vida, ni tampoco a glosar su rica personalidad, sino que debía llevarnos ante todo a sentirnos interpelados por el mensaje que Dios nos dirige a través de su ejemplo y de sus enseñanzas.

Palabras parecidas podrían pronunciarse en referencia a todos los santos de los que hoy nos ocuparemos, entre quienes se cuentan -y me causa alegría señalarlo- algunos cuyas vidas se entrelazaron con la del beato Josemaría: Juan XXIII, al que tuvo la oportunidad de encontrar varias veces a lo largo de su pontificado; don Manuel González, con el que se sintió profundamente unido en el amor a la Eucaristía y en sincera amistad humana...

El siglo XX ha sido -como todos los periodos de la historia de la Iglesia- rico en santos, en testigos de Dios. Volver la mirada hacia sus figuras debe contribuir a llenar de esperanza nuestra consideración del porvenir, a despertar en nosotros el deseo sincero de que germine en muchos corazones la semilla que Dios sembró con sus vidas, con sus luchas.

¿Cuál fue la semilla que Dios plantó en la historia sirviéndose del ejemplo y la predicación del beato Josemaría? Amar al mundo. Amarlo apasionadamente. Amarlo en Dios y para Dios. (...)

«Fíjate bien -escribe el beato Josemaría en Forja-: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro». El fundador del Opus Dei aspiró constantemente a que ese mensaje se transmitiera como por contagio, mediante el testimonio de quienes, esforzándose por santificar la propia conducta, ponen de manifiesto que toda vida puede ser santificada (...).

«Los hombres de nuestro tiempo -dice el Santo Padre- quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo 'hablar' de Cristo, sino en cierto modo hacérselo 'ver'». Y buscan contemplarlo de forma concreta, a través de las actitudes de quienes pasan a su lado. Precisamente por eso la llamada universal a santidad constituye un mensaje -siempre actual- de esperanza para el mundo (...).

Los cristianos coherentes muestran al mundo que la ausencia de Dios o la derrota de Cristo se quedan en una mera apariencia. Cristo ha vencido. El pecado y la muerte carecen ya de pleno poder sobre el hombre (...). Esa convicción profunda, esa fe, es lo que distingue al cristiano, que sabe fundamentar su alegría incluso en el dolor, su optimismo en la aflicción, su perseverancia a través de la dificultad (...).

Todo cristiano debe amar esta tierra nuestra, creada por Dios y dotada en consecuencia de bondad. El cristiano debe amar especialmente al mundo y cuanto contiene de noble -trabajo profesional, ocupaciones familiares, relaciones sociales...-, por ser elementos esenciales de su vida como hombre y como cristiano, y lugar de su trato con Dios, para el cumplimiento de su misión. Lo expresaba con fuerza el beato Josemaría: «Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres» (...).

«Sed hombres y mujeres del mundo -escribió en un punto de Camino-, pero no seáis hombres y mujeres mundanos». Sed hombres y mujeres -podemos parafrasear- que amáis al mundo porque pertenecéis a esa realidad, porque experimentáis su riqueza y su valor, y, sobre todo, porque lo reconocéis como materia venida de Dios y querida por Él y, en consecuencia, con toda hondura lo apreciáis, conscientes de que la referencia a Dios no la desnaturaliza ni la destruye, sino al contrario la edifica y perfecciona. (...) Este mundo concreto afectado malignamente por el pecado, puede ser regenerado, devuelto a su bondad originaria (...).

El mundo es, inseparablemente, lugar de encuentro con el Sumo Hacedor y tarea en la que ejercitarse. La historia en su conjunto, las relaciones familiares y de amistad, la evolución de las sociedades y de las civilizaciones, el desarrollo de las ciencias y de la cultura, todo lo que integra el entorno del hombre forma parte de esa función que Dios coloca ante la criatura, confiándosela para que saque los mejores frutos en virtud de los dones que Él mismo le otorga. Cabría glosar esta verdad desde muchas perspectivas, que aquí resumiré centrando la atención en el trabajo, y acudiendo como guía a una expresión que el beato Josemaría usó con frecuencia: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo.

Santificar el trabajo

(...) Al hombre, que fue creado para trabajar -«ut operaretur», precisa el Génesis-, le corresponde dedicarse fielmente a esas ocupaciones para la gloria de Dios. Con su trabajo, la criatura enriquece el mundo recibido del Señor y se lo presenta luego como un sacrificio de alabanza.

Debemos trabajar siempre con la mirada en el Cielo, con la persuasión de que, al actuar de ese modo, no nos apartamos de esa labor profesional, y de cuanto exige y reclama, sino que, por el contrario, nos vemos impulsados a cumplir mejor nuestras obligaciones, con más sentido profesional y con más empeño. (...)

Santificarnos en el trabajo

(...) Al procurar diariamente cumplir con heroicidad la propia tarea, se ponen en juego las más variadas virtudes humanas: la laboriosidad, la justicia, la reciedumbre, la perseverancia, la honradez, la fortaleza, la prudencia... Y, con éstas, las teologales: la fe, que nos impulsa a percibir la cercanía de Dios y el sentido último de nuestros afanes; la esperanza, que anima a confiar hondamente en Dios y a perseverar en el empeño, a pesar de las dificultades; la caridad, que conduce gozosamente a amar con entrega, con sinceridad y con obras en las más diversas ocasiones y momentos.

De esa forma, los deseos y los proyectos que el cristiano alberga en el corazón se transforman en oración sincera de alabanza, de petición por sus hermanos, de acción de gracias a Dios que nos ha encomendado el mundo y su recto orden como muestra de su predilección hacia nosotros. Una oración que se traduce en palabras, pero que no siempre las necesita, porque su lenguaje se labra en el mismo quehacer: la puntualidad, el orden, el cuidado de las cosas pequeñas... (...)

Santificar a los demás con el trabajo

(...) Nuestra labor profesional puede contribuir al acercamiento a Dios de quienes nos rodean, en la medida en que, ejercido con competencia y espíritu de servicio, redunda en el bien de la sociedad y de cuantos la componen, mejorando las condiciones familiares, ambientales, de relación, etc., con el intento de que el mundo se adecue más progresivamente a la dignidad del hombre, a su condición de hijo de Dios.

(...) La fe nos estimula a reconocer a quienes nos rodean como hijos e hijas de Dios. Y la caridad anima fuertemente a tratarlos con esa visión, compartiendo sus alegrías, interesándonos por sus problemas, hasta transmitirles, junto a la ayuda humana que les podamos prestar, el mayor bien que poseemos: nuestra propia fe. (...)

Con su faenar diario, informado por la gracia, la criatura, todo hombre y toda mujer, ofrece a Dios el mundo entero (...). Pero el pecado original, al que después se han añadido los errores personales nuestros, ha oscurecido nuestra mirada y debilitado nuestra voluntad. Nuestro dominio sobre la tierra se ha tornado arduo y con frecuencia penoso. En el cansancio, en la enfermedad, en la dura experiencia de la muerte, en la incomprensión por parte de los demás, etc., el mundo parece volverse contra el hombre. (...)

En ocasiones, el mundo, que deberíamos ver como medio de acercamiento a Dios, se transforma incluso en ocasión que nos aleja de Él. Y así, no sólo se escapa al dominio del hombre, sino que parece sustraerse al señorío de Dios, rebelándose a su propio Creador. En ese contexto, surge fácilmente un interrogante: ¿constituye todavía la creación una realidad buena, amada por Dios?, ¿entra en el amor de Dios un mundo así? La fe cristiana responde con una afirmación decidida, cierta: el mundo sigue siendo bueno (...).

Aún después del pecado, de todos los pecados que atestigua la historia y de los males que de esos flagelos se derivan, Dios no abandona la humanidad a su suerte, sino que sale a su encuentro enviando a su Hijo. La entrega de Cristo en la Cruz se alza como fuente y modelo del amor al mundo en el que vivimos y en el que debemos trabajar, participando de esa caridad que redime. Si Dios quiso tan tiernamente a sus criaturas, incluso cuando éstas le rechazaban, ¿cómo no deberemos entregarnos nosotros, amando apasionadamente esta tierra, para conducirla, con Él, hacia el Padre?

«El mundo nos espera -decía el beato Josemaría-. ¡Sí!, amamos apasionadamente este mundo porque Dios así nos lo ha enseñado: 'sic Deus dilexit mundum...' -así Dios amó al mundo; y porque es el lugar de nuestro campo de batalla -una hermosísima guerra de caridad, para que todos alcancemos la paz que Cristo ha venido a instaurar». Este amor de Dios manifestado en Cristo es redentor, libera la creación del pecado. Un amor que, por así decir, crea de nuevo al mundo y nos lo confía otra vez.

Al otorgarnos su gracia, su vida entera, Jesucristo nos ilumina con su luz para conocer el mundo, según su corazón, y nos colma de su fuerza para amarlo con rectitud de intención y con actitud de servicio. No lo olvidemos: Cristo nos ha traído su victoria, y nos invita a la vez a participar de su misión y de su camino, a cooperar con Él en la tarea de la redención, mediante nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestra entrega. (...)

Amando al mundo con el corazón de Cristo en la alegría y en el dolor, en los momentos de exaltación y en los reveses, en las grandes ocasiones y en el cotidiano caminar ordinario, colaboramos con Él en la tarea de preparar los nuevos cielos y la nueva tierra de los que habla el Apocalipsis. (...)

A todos dirige la Iglesia, también a través de la palabra y la vida del beato Josemaría, una invitación y guía eficaz para descubrir y manifestar -cada uno en su propia situación- la buena noticia del amor de Dios, creador y redentor del mundo".


Mons. Echevarría .



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