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Familia, amor… ¡libertad!

por Tomás Melendo Granados

Algunos principios suficientemente centrales, hondos y fecundos, sobre los que construir

I. Introducción

Precisamente porque la intención primordial de este escrito es de carácter práctico, considero imprescindible comenzarlo sentando algunos principios teóricos suficientemente centrales, hondos y fecundos… tanto para el conocimiento como para la vida.

a) Podrían ser los que siguen:

• todo ser humano, en cualquier circunstancia en que se halle, es una persona no solo digna, sino radicalmente singular e irrepetible y, por lo mismo, irreemplazable;

• por tales propiedades, que en fin de cuentas acaban por identificarse, la única actitud adecuada ante él, más allá del simple respeto o incluso que la reverencia y la veneración, se encuentra constituida por el amor;

• amar, según la conocida descripción de Aristóteles, consiste en «querer el bien para otro en cuanto otro»; un bien, por lo hasta ahora apuntado, también único e irreiterable;

• la libertad humana no queda lo bastante definida por la posibilidad de optar entre distintos elementos —sería la mera indiferencia, tan propia de la modernidad—; sino que debe concebirse, al menos, como la capacidad de auto-conducirse hacia la propia perfección o plenitud, hacia el propio bien terminal y definitivo: en fin de cuentas, como la facultad de auto-construirse;

• el acto supremo de libertad, lo que de ningún modo se encuentra determinado o «necesitado» por los propios instintos-tendencias —que en el estado presente de naturaleza caída inclinan con fuerza a replegarse en el yo—, es justamente el amor en su significado más propio y cabal: querer el bien del otro… en cuanto otro;

• solo de esta manera, utilizando la libertad para amar a los demás, poniéndose uno mismo entre paréntesis, consigue la persona desarrollarse, «irse construyendo»: alcanzar la felicidad como perfección y, derivadamente, la felicidad como dicha; desde tal perspectiva, resulta fácil comprender lo que enuncié en el punto anterior: en fin de cuentas, ser libre es poder y querer —¡porque me da la gana!— amar al otro en cuanto tal.

b) Un amor «desprendido»

Todo lo cual conduce a una conclusión, de enormes repercusiones para la vida en familia.

Cabría asimismo enunciarla en cinco o seis frases:

• si, como acabo de sostener, el ejercicio más propio y perfectivo de la libertad consiste en amar,

• a su vez, el más noble objetivo del buen amor, la manera más sublime de querer y perseguir el bien del otro, se concreta en respetar, promover y llevar a plenitud la libertad de todos aquellos a quienes queremos: como repite Kierkegaard, lo más grande que un ser humano puede realizar por otro es, precisamente, tornarlo libre

(solo una visión depauperada y tristemente «cuantitativa» de la libertad aceptaría sin reservas el célebre adagio que afirma que «la libertad de uno termina donde empieza la de los demás»; por el contrario, la libertad bien entendida se confirma y crece solo y exclusivamente en la proporción exacta en que facilita, provoca reafirma e incrementa la libertad de los otros: ¡en que pasa por tales libertades!… justo para promoverlas);

• a su vez, el buen amor se caracteriza porque el yo desaparece en beneficio del ser querido, mengua en favor del tú; mientras que un amor de poca calidad (que, en fin de cuentas puede ni siquiera ser amor, sino solo su fachada o su perversión) permite en exceso la ingerencia distorsionadora del propio ego, al que, a menudo de forma inconsciente, acaba por supeditar el bien del otro e incluso el clásicamente llamado «bien común»;

• dentro de este contexto, en la vida de familia —como en general, en el conjunto de nuestra existencia—, mejorar la calidad del propio querer equivale no solo a intensificarlo y multiplicarlo, sino a hacerlo más altruista, más desprendido, menos dependiente de uno mismo y más radicalmente volcado hacia el cónyuge y cada uno de los hijos;

• de esta suerte, nos preparamos para incrementar su libertad; pues, silenciando o poniendo en sordina el propio yo, podemos atender y percibir de forma más efectiva al otro tal como es y buscar eficazmente su bien: y, derivadamente, vamos potenciando su capacidad de auto-construirse en la dirección marcada por su propia y peculiar naturaleza, sin interferencias que lo desvíen del camino hacia su particular plenitud.

En lugar de fundamentar cada uno de estos asertos, como he hecho otras veces, intentaré tornarlos visibles mediante distintas aplicaciones en el seno de la familia.

II. La libertad del otro cónyuge

a) Acertar con el planteamiento justo

Con más frecuencia de la deseada, las reflexiones personales sobre la vida en familia se encuentras suscitadas por el comportamiento no-correcto (uso el calificativo más suave) de uno o más hijos y por la propia incapacidad para poner remedio a esa situación: los padres no se preguntan qué está «pasando en casa» hasta que alguno de los miembros de su prole se transforma en un «problema» irresoluble, que los lleva casi a la desesperación.

Y toda su atención e interés la dirigen, entonces, hacia «el problema»… justo para que deje de serlo y recuperar así la (¿superficial?) calma perdida.

Por lo común, aunque comprensible, se trata de un planteamiento inadecuado. Confunde el punto de aplicación de los esfuerzos. Pues, según sostiene, entre otros muchos, el viejo Tomás de Aquino, aquello que dio origen a una realidad, es también lo que debe mantenerla en el ser y hacerla crecer y madurar.

En nuestro caso, si los hijos son el fruto y la consecuencia naturales del amor mutuo de los esposos, es la calidad del amor conyugal la que, en fin de cuentas, condiciona (aunque no determine) el correcto despliegue de cada uno de esos hijos… y el de la familia en su conjunto.

Aun cuando nos resistamos a admitirlo, en un muy alto porcentaje de los casos el problema de cualquiera de los miembros de una familia tiene su origen último en quienes componen el matrimonio: a ellos, pues, hay que mirar con afán de reforma, ante los «desajustes» en la familia (también en o entre los hijos), en lugar de «echar balones fuera», culpando al centro de enseñanza, la tele y demás medios de comunicación, el ambiente, la sociedad, la pandilla, el novio o la novia y un largísimo etcétera… que solo pueden entrar en nuestro hogar en la medida en que nosotros —los padres— lo vayamos dejando vacío: cabría hablar, con un claro deje de metáfora, de «ósmosis» o «anti-ósmosis» en el entorno familiar.

Con palabras más directas y dando un nuevo paso: el intento de mejorar una familia, en cualquiera de sus esferas, comienza siempre por establecer las condiciones y tomar las medidas necesarias para aumentar la calidad del amor entre los cónyuges… empezando por uno mismo. O, si se prefiere, pues es la sola vía adecuada, en empeñarme ¡yo! en amar más y mejor a mi mujer o a mi marido: en «obsesionarme» con ese amor, suelo decir con consciente hipérbole, en lugar de —también ahora, como en el caso del «hijo-problema»—esperar o incluso exigir que sean él o ella quienes cambien… o quienes den el primer paso en ese proceso de rectificación.

Estamos ante un recorrido de mejora casi universal: yo, mi cónyuge, cada uno de mis hijos, los restantes componentes de la familia, las familias más cercanas… la sociedad entera. Por consiguiente, en el asunto concreto que nos ocupa, para transmitir y enseñar la libertad a los hijos resulta imprescindible que, antes —según un orden de naturaleza y en buena parte también temporal— se aprenda a respetar y promover la del otro miembro del matrimonio.

De lo contrario, todos los esfuerzos por educar a los hijos (también en lo que atañe a su condición de seres libres) resultarán vanos.

b) Un principio clave

Para poder proseguir, es menester asentar ahora una correcta y oportuna descripción de la persona, que oriente nuestra actitud respecto a cuantos integran la familia.

En el presente contexto, me parece muy apropiada la que, tras las huellas de Kierkegaard, propone Carlos Cardona, para quien cada persona creada se configura como alguien delante de Dios y para siempre.

En muchas ocasiones, y de manera incluso prolija, he comentado esta descripción, de entrada tal vez desconcertante; he puesto de relieve su fundamento, así como el conjunto de consecuencias derivadas de tomarla seriamente en serio.

Entre esos corolarios, el más significativo para la cuestión que llevamos entre manos podría enunciarse diciendo que la verdad radical de nuestro cónyuge y, más aún, de nuestros hijos, no consiste en modo alguno en ser nuestros, sino en su condición de hijos de Dios.

(El sentido de pertenencia, tan desmesuradamente desarrollado en muchos de nosotros, debe retornar al lugar que le corresponde: tratándose de personas, ninguna, absolutamente ninguna, podrá ser nunca propiedad de otra.)

Lo que lleva consigo que, en todas las circunstancias, la referencia última y decisiva en cualquier actuación con los restantes componentes de la familia no somos nosotros mismos, sino, precisamente, Dios: como apuntaba, la misión de los padres respecto a nuestros hijos consiste en desaparecer lo más posible, excepto en la medida en que les ayudemos a orientarse hacia su destino terminal de amor en Dios, con Quien (igual que las restantes personas) están llamados a entablar un diálogo eterno de conocimiento amoroso.

c) Fomentar la libertad del cónyuge

Mas, como acabo de sostener que la mejora de la familia comienza siempre en el matrimonio, el primer y más fundamental corolario de lo expuesto podría sonar así: ningún esposo o esposa somos «propietarios» de nuestro cónyuge ni, de resultas, gozamos del más mínimo derecho para intentar re-construirlo a nuestra imagen y semejanza.

Llevar esto a la práctica —lo sabemos por experiencia— no resulta nada fácil. Derivada del amor propio (diverso del sano amor de sí), en todos existe una muy clara inclinación a asimilar a cuantos nos rodean a nuestra propia forma de ser, pensar, querer, sentir y obrar: todo lo que se aparte de ese modo particular y, para nosotros, el más «natural y lógico», provoca cierto desconcierto, así como una propensión a considerarlo equivocado o incluso éticamente incorrecto, y a modificarlo hasta hacerlo coincidir con el nuestro… o rechazar a esa persona.

No tiene nada de extraño, ni inicialmente es negativo: acostumbrados a vivir de una precisa manera —de ordinario, aquella que imperaba por tradición en nuestra familia de origen—, implícitamente, puesto que no conocemos otro, llegamos a estar convencidos de que ese es el único modo adecuado de comportarse (que no simplemente de comportarnos).

Pero nuestro esposo o esposa ha crecido en una familia distinta, con sus propias costumbres y (para nosotros) «manías», que también él o ella considera como las únicas normales e incluso existentes.

Semejante disparidad, prácticamente desconocida o poco considerada hasta el momento del matrimonio, provoca por fuerza una cierta confusión y, de ordinario, algunas de las actitudes que acabo de mencionar.

Los ejemplos, en la vida cotidiana, podrían multiplicarse casi hasta el infinito. Desde el modo de comer y el de vestir (en casa o en la calle), el de dormir (con las ventanas cerradas o abiertas, las persianas echadas o no, una luz tenue en el dormitorio o la oscuridad más absoluta…), pasando por la importancia que se otorga a determinadas actitudes —la valoración de la puntualidad, del orden y la limpieza, la flexibilidad o el rigor en los horarios, que uno puede considerar como virtudes y el otro como manías o fanatismo—… hasta el valor concedido a la «vida social» y de relación, al trabajo profesional, al trato con Dios, etc.

Todo ello puede convertirse en un muro insalvable, ante el que choque cualquier intento de conciliación, cuando el yo conserva o adquiere unas dimensiones macromegálicas y se empeña en mantener sus presuntos e indiscutibles «derechos». O, por el contrario, servir como instrumento para la unión y el crecimiento personal de ambos cónyuges cuando hacemos intervenir uno de los más interesantes componentes de la paz y la concordia entre los hombres… y con uno mismo: el buen humor —en su más noble sentido—, que nos lleva a reírnos de nosotros mismos y a no tomarnos demasiado en serio. Es decir, si logramos hacer progresar el amor y tornarlo más desprendido, disminuyendo la magnitud del propio ego y obsesionándonos —lo repito adrede— en amar y hacer feliz a quien hemos entregado la propia vida.

III. La libertad de los hijos

a) El «fracaso de los fracasos»

Cuanto acabo de mencionar constituye un «entrenamiento» imprescindible para ponernos mínimamente en condiciones de respetar y promover la legítima libertad de cada uno de nuestros hijos. Lo cual, como de inmediato apuntaré, es el núcleo y casi el todo de una correcta educación.

En bastantes ocasiones he expuesto por extenso que educar cabalmente a nuestros hijos se reduce, en fin de cuentas, a «enseñarles a amar a los demás y poner en sordina el propio yo». Y en muchas otras —pues en el fondo vienen a coincidir, en cuanto se advierte que el acto más propio de la libertad es el amor—, que la educación consiste en fomentar progresivamente, en la mayor medida admitida en cada caso, la libertad de quienes están a nuestro cargo.

No puedo detenerme a exponer por extenso hasta qué punto el amor es, en definitiva, el objetivo terminal y exclusivo de toda vida humana. Somos, cada uno de nosotros, un ser-para-el-amor (y, más todavía, para-el-Amor); y cuanto en nuestra vida no acabe por transformarse en amor cabal, genuino, no solo resulta inútil, sino, en la mayoría de los casos, perjudicial.

Ni tampoco a hacer ver (aunque algo diré un poco más tarde) cómo, considerando la cuestión a fondo y con radicalidad, el único sentido de la libertad humana es el amor y, por ende, el compromiso y la entrega.

Intentaré, por tanto, explicarme dentro de los límites de que dispongo. Volviendo del revés afirmaciones célebres de Hegel y otros filósofos, Kierkegaard demostró cómo la existencia de Dios no solo no es incompatible con la libertad humana, sino que, muy al contrario, esa libertad constituye la prueba más clara de que hay un Dios omnipotente.

Las razones que aduce no son muy distintas a las que expuso Tomás de Aquino, anticipándose a las objeciones de Occam. El filósofo medieval viene a decir, con certera sencillez, que supone mucho más poder crear realidades capaces de obrar por sí mismas —y, en la cumbre, libremente—, que dar «vida» (¿?) a una especie de títeres movidos única y meramente por su Artífice.

Kierkegaard acentúa el sentido de la libertad creada, y se apoya con eficacia en ella para mostrar la grandeza del Dios creador. En definitiva, resume, solo el Omnipotente puede crear seres libres. Y Cardona comenta: «Cuanto más perfecta es una causa, tanto más autónomos son sus efectos, más les participa su propia perfección, también causal: así, los padres que de tal modo educan a sus hijos, que les hacen capaces de valerse por sí mismos; así, el maestro que no solo hace discípulos, sino maestros».

Y agrega, de inmediato, el corolario que más interesa resaltar: «Todo defecto de causalidad genera dependencia (en toda relación afectiva y educativa esto habría de tenerse muy en cuenta)».

Tan en cuenta, añado yo, que hacer ¡y mantener! a los hijos «dependientes» del padre o de la madre (o de ambos en común) puede considerarse como el mayor fracaso en su labor educativa.

b) Amor electivo… que engloba al amor natural

Para evitar ese descalabro, los padres deberían tener muy presente la obligación de trascender lo que Lewis, con una terminología no del todo precisa, llama «afecto», hasta englobarlo, sin suprimirlo, en un tipo de amor más noble, que el mismo autor denomina —también de manera un tanto ambigua— «amistad».

O, con palabras más claras: incluir el amor que naturalmente ofrendan a sus hijos por ser suyos (basado al fin y al cabo en la semejanza, cuya referencia final es el propio yo, y conocido técnicamente como amor natural), en un amor más específicamente humano, fruto por ello de un acto de libertad, que suele conocerse como amor electivo o de dilección (eligere, diligere), y cuyo fundamento, más allá de similitudes o diferencias, es la bondad intrínseca y constitutiva de aquel a quien se ama.

Todo lo cual, en definitiva, no representa sino una concreción del principio que antes enuncié de forma universal. Los padres, sin renunciar en absoluto al cariño derivado de la consanguinidad con sus hijos, han de aprender a amarlos —también y sobre todo— por su condición de personas, o, si se prefiere, pues viene a ser idéntico, por el hecho mucho más radical de ser hijos de Dios.

Solo entonces el amor que les deparan cumple plenamente el requisito impuesto por Aristóteles… de estar dirigido al otro en cuanto otro (sin atisbos de amor propio, aunque conservando sublimado —junto con el «afecto» a los hijos— el amor natural de sí).

c) Principios operativos

En la práctica, por tanto, la primera tarea que se impone a los padres (también esta vez desde el punto de vista de naturaleza y, en muchos casos, temporal) es la de ir enriqueciendo el amor natural a cada hijo por ser suyo con el amor electivo derivado de su condición de persona (hijo de Dios): perder protagonismo —como antes apuntaba— en beneficio del amado; instaurar la primacía radical y concluyente del tú.

Porque solo cuando aprendan a percibir sin reservas al hijo como distinto de ellos, como persona individual e irrepetible, con un destino exclusivo de amor en Dios y unas vías para llegar hasta Él únicas, no intercambiables… ¡y que nadie puede recorrer en su lugar!, estarán en condiciones de comprender el significado genuino de la libertad de esos hijos y, por ende, la necesidad de que sean ellos quienes, cuanto antes, emprendan por sí mismos el itinerario que los encaminará, con ayuda de la gracia, hasta el seno mismo de la Trinidad Beatísima.

Situados ya en este horizonte, y sin pretensión alguna de ser exhaustivo:

• apuntaré, antes que nada, algunos de los medios de que disponen los padres para instaurar el amor electivo hacia sus hijos, para quererlos (¡elegirlos!) libremente por su valor intrínseco de personas o, por acudir a la fórmula más típica y significativa, en cuanto otros;

desprendido, esbozaré la manera de enseñarles a ser libres, respetando desde muy pronto la autonomía de cada uno y promoviendo activamente el ejercicio de su libertad.

En relación con el primer aspecto, el principio rector podría concretarse, mediante una expresión ya utilizada, recordando que los padres no tienen ningún derecho —absolutamente ninguno— a pretender modelar a los hijos que Dios les ha encomendado a imagen y semejanza de ellos mismos (de los padres, como es obvio).

Para lo cual, el primer paso —no siempre fácil de dar y necesitado de una constante actualización— es convencerse teórica y vitalmente de que los hijos no les pertenecen (no son de su propiedad); aprender a quererlos en cierta manera «como ajenos» y a preservar y promocionar el modo de ser que Dios les ha otorgado al crearlos; y descubrir y avivar las sendas mediante las cuales cumplirán el proceso de retorno que los conducirá hasta su Origen.

En bastantes ocasiones, semejante aprendizaje lleva consigo un cierto distanciamiento, que podría cristalizar en lo que en castellano llamamos «andarse con contemplaciones». Referido sobre todo al varón —aunque no de manera exclusiva—, las horas que un padre sepa pasar cada día contemplando al hijo recién nacido y forzándose a advertirlo y amarlo como el hijo de Dios que en fin de cuentas es, están muy lejos de resultar ociosas. Al contrario, probablemente constituyen la más activa y eficaz operación que en tales momentos pueda realizar: la que lo capacita para, más adelante, ayudar a ese hijo a auto-transportarse hacia el destino de plenitud en Dios al que, en el mismo instante en que es concebido, viene llamado cada ser humano.

Podría parecer una pérdida de tiempo. Pero ese mirar-amando o amar-mirando (la theoría y la contemplatio de los clásicos, que aúnan entendimiento y voluntad amorosa), es requisito casi ineludible para perfilar los caminos de adelantamiento de cada hijo y diferenciarlos de los del resto de los hermanos y, sobre todo, de los propios del padre y de la madre.

Aquellas expresiones y aquellos anhelos tan frecuentes hace algunos lustros —«que mi hijo sea lo que yo no pude ser» o, al contrario, «que no pase por lo que yo tuve que pasar»—, conservan hoy buena parte de su vigencia y manifiestan uno de los males más de fondo contra la autonomía de la prole, y uno de los mayores obstáculos para el despliegue y sano ejercicio de su libertad.

¡No! Lo que cada uno de nosotros no llegó a ser, o lo que padeció o dejó de padecer en el pasado, no tienen nada que decir a la hora de orientar a nuestros hijos: poniendo plenamente en segundo plano nuestro yo, hemos de dirigir todos nuestros recursos a ayudarle a que sea lo que él está destinado a ser, a que no sufra lo no debe sufrir ¡y a que se enfrente y supere las contrariedades que sí debe encarar!, aunque ello comporte cierta dosis de dolor… en lugar de evitárselas a toda costa y convertirlo en una especie de pelele, incapaz de cualquier esfuerzo o de aguantar el menor inconveniente que se oponga, no ya a sus derechos, sino a su simple capricho.

• Recortado sobre idéntico horizonte, la promoción del bien de nuestros hijos impone un nuevo principio más particular y operativo, nada sencillo de cumplir, pero de notables repercusiones en la existencia cotidiana y en el éxito o fracaso futuro.

Cabría exponerlo así: las normas que rigen la convivencia en un hogar han de ser muy pocas, muy fundamentales, razonables y razonadas, basadas —como es obvio— en el bien, y en principio inamovibles… a no ser que cambien radicalmente las circunstancias.

(Y en todo lo restante, ¡viva la libertad! Nos guste o no la opción por la que se decidan, hemos no solo de respetarla, sino fomentarla, ayudando a establecer, en contra a veces de nuestra personal inclinación, esa diferencia radical entre cada uno de nuestros hijos —y de ellos con nosotros—, que es nota ineludible de la condición de persona ¡y requisito irrenunciable para su desarrollo como seres libres!).

Establecidas con estos criterios, esas «reglas de juego» han de (intentar) hacerse cumplir siempre a la primera, sin «quemarse» repitiendo órdenes cuya observancia los críos ya saben que no va a serles exigida (¡cuidado, en este extremo, las madres!); y nunca deberían reflejar el arbitrio, las aficiones, las manías o el estado de ánimo de los padres, sino —como acabo de señalar— un bien real y objetivo, que contribuya a la mejora eficaz de los hijos.

Es decir, que les enseñe a amar más y mejor, a estar más pendientes del bien de los demás que del propio (¡ojo, ahora, a prodigar los premios, sobre todo de orden material, que incitan naturalmente al egoísmo!), y, en fin de cuentas, a dilatar las fronteras de su corazón, de modo que al término de su vida «les quepa» más Dios en su alma y sean, en consecuencia, más felices.

(En mi opinión, la todavía demasiado vigente doctrina del paso por este mundo como prueba para advertir si merecemos el otro, ha de ser completada, o sustituida, por la consideración de la vida presente como la gran oportunidad de acrecer nuestra capacidad de amar, con vistas al objetivo recién apuntado. En este mismo sentido se pronuncia Agustín de Hipona: «Tal es nuestra vida: ejercitarnos en el deseo… ¿Qué haces, pues, en esta vida, si aún no has conseguido el premio? Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz de sus dones. Cuando decimos “Dios”, ¿qué es lo que decimos? Esta sola sílaba es todo lo que esperamos. Ensanchemos, pues, nuestro corazón, para que cuando venga nos llene»).

todo lo que pueda realizar cualquiera de ellos por sí mismo, a tenor de su edad y capacidades, hemos de procurar que sea él quien lo haga.

Excepto en casos en verdad excepcionales, ni por una compasión mal entendida, ni por temor a que lo lleve a cabo incorrectamente, ni por ahorrarnos el tiempo o la complicación de explicarle cómo hacerlo y apoyar y seguir su cumplimiento… hemos de sustituirlos en semejante tarea.

De nuevo tras las huellas de Kierkegaard, conviene no olvidar lo que antes califiqué como el «fracaso de los fracasos» en educación: la dependencia prolongada o intensificada más allá de lo absolutamente imprescindible. O, expresado en positivo: debemos considerar muy a menudo que el fin de toda labor formativa es poner cuanto antes al educando en condiciones de valerse por sí mismo, ejercitando su libertad y asumiendo la responsabilidad correspondiente.

Aun cuando casi siempre resulte más rápido y cómodo «hacer algo uno mismo» que «hacer hacer a los demás», si optamos por el intervencionismo a ultranza, negamos a nuestros hijos la satisfacción que provoca el verse capaces de llevar a término determinadas actividades, les hacemos sentirse inútiles y poco valorados, y, más que nada, impedimos el crecimiento de su libertad y favorecemos la más plena de las irresponsabilidades.

Por otro lado, explicitando lo antes expuesto, hemos de procurar que el criterio que mueva sus actuaciones sea solo o principalmente el bien objetivo (o, mejor, el bien-en-sí… o del otro en cuanto otro), que es lo único capaz de forjar una voluntad recia y cabal y, de resultas, una libertad auténtica.

• Obrando de este modo, se evita, en primer término, el «comprar» la bondad de sus operaciones mediante recompensas que, como ya apunté, refuerzan el amor de sí y llegan a transformarlo en amor propio, en egoísmo…, pues, al término, los hijos se acostumbran a obrar «bien» no tanto por tratarse de algo bueno, sino porque a ellos les reporta un beneficio (sin advertirlo, e incluso pretendiendo lo contrario, se les está enseñando a pensar en sí mismos y a andar en busca del propio bien).

• Además, como sugería, el exceso de «premios (o castigos)» neutraliza el (ejercicio y el) despliegue de la voluntad, ya que esta se ejercita exclusivamente cuando su móvil a parte obiecti es lo bueno en cuanto tal, y no el animalizante bien-para-mí, situado en los dominios de la sensibilidad, y cuya persecución a ultranza podría desembocar incluso en la neurosis.

(Dentro de este juego del do ut des , no debería extrañar la afirmación —solo levemente hiperbólica— de que algunos chicos de hoy, por los motivos citados o por exceso de protección, lleguen en ocasiones a los quince o dieciséis años ¡sin haber realizado ni un solo auténtico acto de voluntad, de búsqueda del bien-en-sí y por su razón de bien!: ¿cómo serán, entonces, capaces de contrarrestar el influjo del ambiente?).

• En la misma línea, cuando el principal o incluso el único criterio de actuación es lo bueno… ¡y porque es bueno!, «vacunamos» a nuestros hijos —en la medida de lo posible— frente a influjos nocivos.

Por eso, aportando las razones oportunas y adecuadas a su edad, en todos los hogares debería hacerse comprender a los críos, desde muy pequeños, que el «todos lo hacen» no goza de ningún peso en esa casa: «si es bueno —se les podría explicar— tienes todas mis bendiciones para llevarlo a cabo, aun cuando ningún compañero o ninguna persona en el mundo estuviera dispuesto a realizarlo»; «por el contrario —cabría añadir—, si se trata de algo malo, aunque todos los habitantes de la tierra (incluidos mamá y yo) lo hiciéramos a diario, tú no deberías en modo alguno ponerlo por obra».

Cuando estas afirmaciones se corroboran con el propio ejemplo, su eficacia es muy notable. ¡Solo quienes lo hemos probado podemos dar fe de hasta qué punto el hábito de referirse a lo-bueno-en-sí (o del otro en cuanto otro, poniendo entre paréntesis el propio yo: mis gustos, mis apetencias, mi gana o mi desgana, mis intereses, mi provecho…) ayuda a solucionar buena parte de las actitudes incorrectas derivadas del gregarismo, particularmente en la adolescencia!

• Por fin, para no alargarme, enseñar a perseguir el bien en cuanto tal impide subordinar la vida de los hijos a los caprichos, los estados de ánimo, las ambiciones… o las frustraciones de sus padres, que modifican constantemente los criterios de comportamiento en función de sí mismos y provocan en los críos recelo, desobediencia, inseguridad, desconcierto, ¡relativismo! y, al cabo, ausencia de libertad.

IV. Medir el amor a la libertad

Es obvio que la pretensión de enumerar la multitud de casos en que tendría aplicación lo expuesto, resulta más que absurda. Por una parte, porque las distintas situaciones que presenta una vida son inabarcables. Por otra, incluso de más envergadura, porque lo enunciado debe «adaptarse siempre» a las circunstancias de la persona, el lugar, el momento y demás condiciones, que exigen una clara intervención de la prudencia. Y esta aconsejará en ocasiones un estricto atenerse a las normas esbozadas; en otras, hacer más bien la vista gorda… y, a veces, incluso actuar de forma radicalmente opuesta a lo que sugieren.

a) «Se me van de las manos»

Por eso, ya para ir concluyendo quisiera proponer una especie de test, que —con las limitaciones de todos ellos, aumentadas tal vez en este caso— ayude a medir el amor de los padres a la libertad de los hijos y, por ende, el esfuerzo real que ponen para que esta crezca de manera efectiva.

Con cierto sentido del humor y toda la comprensión posible, cabría afirmar que un buen instrumento para establecer la cuantía y calidad de ese amor es el número de veces, las distintas coyunturas y el tono en que los padres afirman que sus hijos «se les van».

Anticipo, siempre sin dramatismos, que en la mayoría de los casos, expresiones de ese tipo indican una falta de buen amor hacia la prole, un descomedido sentido de propiedad, y, como consecuencia, un no muy desarrollado afán de ayudarles a que sean, del todo y cuanto antes, libres, autónomos.

Por exigencias de espacio y tiempo, simplemente apuntaré tres situaciones que estimo paradigmáticas.

La primera es un claro anuncio de la adolescencia y cuaja a menudo, en bocas de madres casi desesperadas, en exclamaciones lastimeras del tipo: «¡es que se me están yendo de las manos!».

El mismo modo de enunciar lo que ocurre, con el énfasis claramente volcado sobre el «me», resulta altamente sugerente en el contexto de defensa del amor desprendido en que me vengo moviendo.

Me resisto, con todo, a comentarlo, para abordar con más detalle lo que pudiera ser el núcleo de la cuestión, que suele dar la cara un poco más adelante.

b) ¡Adolescentes!

Desde hace algunos años suelo repetir, con un convencimiento cada vez más arraigado, que la adolescencia «está pensada», en primer término, para los padres. Que son estos los que realmente han de crecer si quieren superar esa etapa del desarrollo de sus hijos con un mínimo de dignidad y gallardía.

Las situaciones que se presentan son tan distintas como los propios adolescentes. Pero «hasta en las mejores familias» —según la expresión al uso—, en aquellas en que los amigos han alabado el buen hacer educativo de los padres hasta el punto de que estos pueden llegar a creérselo, ocurre con frecuencia que el chico o la chica «modelos» comienzan a salirse de madre, a adoptar actitudes inconvenientes o, incluso, a ofender de modo más o menos visible a Dios.

Tampoco las reacciones paternas y maternas ante semejantes hechos pueden ser más variadas. Van desde el rechazo radical e inoportuno del joven o la joven, pasando por la imposición radical de los criterios y comportamientos que «siempre se han vivido en esta casa» —un «ordeno y mando», tampoco aconsejable—, hasta, por ejemplo, la condescendencia absoluta, que acaba por conceder carta de ciudadanía —como algo no solo inevitable, sino bueno— a conductas claramente reprobables.

Lo difícil, por el contrario, y lo único que estimo acertado, es una maduración tal del amor que, más allá del desprendimiento al que hasta ahora me he referido, desemboca en auténtico abandono de «todo el asunto» en manos de Dios.

No se trata de inactividad ni aceptación pasiva y resignada ni, menos aún, de pasotismo. Aquel hijo nos ocupa —aunque, en fin de cuentas, no debería preocuparnos— más que en ningún otro momento de su vida. Por eso multiplicamos vigorosamente las oraciones por él, le hacemos con delicadeza los comentarios y las correcciones y le damos los consejos absolutamente imprescindibles… y, por encima de todo, procuramos mantener la paz interior, fruto maduro de tal abandono.

Difícil y doloroso, sin duda.

Pero un razonamiento relativamente sencillo puede venir en nuestro auxilio: Dios quiere a mi hijo —¡a su hijo!: de nuevo es esta la clave— abismalmente más que yo; si existe Alguien que en efecto podría evitar lo que está ocurriendo, se trata evidentemente de Él; sin embargo, respeta la libertad del chico o de la chica y no impide lo que hace; ¿por qué, y con qué títulos, habría yo de enmendar la plana a todo un Dios?

«Una cosa es cierta —afirma Philippe—: Dios ama a nuestros prójimos infinitamente más e infinitamente mejor que nosotros. Desea que creamos en ese amor y que sepamos también abandonar en sus manos a los que amamos. Y con frecuencia, nuestra ayuda será así más eficaz».

Eludo, también ahora, cualquier comentario.

c) Me están robando al hijo… ¡y no digamos a la hija!

Las manifestaciones de este tercer evento, cuando se vive de la forma un tanto dramática que enseguida esbozaré, pueden ser muy distintas de las hasta ahora citadas. No obstante, el fondo de la cuestión sigue siendo el mismo.

Hace ya un par de años, tras la boda de mi hija, escuché con extrañeza la especie de «pésame» que bastantes de mis amigos y amigas me daban por «haberla perdido». Tanto me asombró, que escribí un pequeño artículo comentando el suceso (A propósito de una boda, Escritos Arvo, año XXIV, núm. 241, enero de 2004). Como es fácil de consultar en distintas páginas de la Red no insisto más en ello.

Sí querría referirme, ya para terminar y solo de pasada, a una situación bastante parecida, en la que el carácter trágico suele elevarse hasta límites que siempre me ha costado entender.

Se trata, como algunos ya habrán intuido, de la reacción paterno-materna ante un hijo o una hija que, de los mil modos posibles en el mundo de hoy, deciden entregar su vida a Dios.

¡Hasta qué extremos pueden llegar entonces las incoherencias de los padres y de las madres!. Y no es que les falten razones para «inquietarse» ante tal opción: la corta edad del chico, su falta de capacidad para algo tan definitivo, el violento y contrario influjo del ambiente, la incertidumbre ante su aptitud llevar hasta sus últimas consecuencias la decisión tomada, el natural pesar que genera —cuando sea el caso— prescindir de los nietos que el hijo podría haberles procurado, y un muy dilatado etcétera.

Todo ello, repito es muy «natural». «Demasiado natural», me atrevería a sostener, remedando a Nietzsche, en función de todo lo expuesto hasta el momento.

Y no me refiero solo ni principalmente a la falta de visión sobre-natural que tal actitud pueda llevar consigo, olvidando o poniendo en sordina que Dios no dejará sin recompensa un movimiento de entrega… aunque más tarde se demostrara equivocado o se frustrara voluntariamente.

Sino, por moverme en la misma línea en que lo he hecho a lo largo de todo el escrito, a la ausencia de amor a la libertad del hijo, que deriva —y es lo último que desearía resaltar, porque lo estimo la clave de cuanto he esbozado— de acentuar hasta tal punto nuestros «derechos de propiedad» sobre el hijo, que acabamos por no considerarlo —al menos con los hechos— hijo de Dios.

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Tomás Melendo Granados



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