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De los males del islam

por Luis María Sandoval

No importa tanto acumular erudición sobre el islamismo sino acertar con el juicio que merece, por el cual se avanzará ya el género de tratamiento indicado. El islam es un mal grave, derivado de la falsedad de su profeta Mahoma, en el que se acumulan diversas modalidades de maldad hasta hacer sospechar que en su conjunto sirve a un designio anticristiano. Y en el presente, el mahometanismo sigue sirviendo para perjudicar la posición cristiana, tanto desde el exterior como en su mismo interior, al generar dilemas de mal menor, verdaderos y falsos, en relación con el pensamiento liberal. La proximidad taxonómica del islam a la Religión Cristiana no es suficiente para juzgar de su malicia sin atender al origen y los frutos de tal semejanza.

Indice

- Benevolencias con el Islam.
- Los bienes del Islam.
- Sentido religioso y falsa religión.
- Falsa religión, la raíz del mal.
- Moralidad errónea, consecuencia de la falsa religión.
- Similitud y enemistad con la religión cristiana.
- Males de la oposición directa. Una realidad anticristiana.
- Los retorcidos males de la caricatura: el rechazo de los monoteísmos
- Los retorcidos males de la caricatura: la autocensura de los cristianos.
- Entre el sistema y el Islam.
- ¿Alianza por la libertad religiosa?
- No falta el mal menor.
- Maldad y malicia.
- ¿Un mal providencial?.
- La victoria sobre el mal.

* * * * *

Un estudio acerca de malicia y maldad, sobre poco conciliador, puede parecer redundante, porque en los diccionarios no se aprecia una distinción clara entre ambos términos, de modo que las acepciones que recibe uno también las recibe el otro. Pero si malicia y maldad coinciden en significar cualidad de malo, parece que en ‘malicia’ tanto la Real Academia como María Moliner concentran particularmente el sentido de intención e inclinación a lo perverso.

Y por ese motivo plantearemos esa doble cuestión, porque no sólo se trata de constatar hasta que punto el islam implica males objetivos, sino de subrayar cómo en él parece subyacer un designio anticristiano deliberado.

Benevolencias con el islam

Desde que los padres conciliares decidieron sustituir el realista y equilibrado inicio “Gaudium et luctus” del documento sobre el mundo moderno por el exclusivamente positivo “Gaudium et spes”, en el mundo católico impera un cierto optimismo imperativo de lenguaje y pensamiento, el cual impone empezar encontrando en todo el aspecto o la parte buena, incluso en aquello contra lo que se quiere alertar a los fieles en un determinado momento.

Tal hábito puede terminar confundiendo a todos, porque no es pedagógico, sino desconcertante, insistir en las virtudes accidentales de aquello que se va a reprobar y condenar. Se corre el riesgo de desvalorizar el juicio global que una realidad merece justamente antes de enunciarlo. Recordar que no hay un mal absoluto no debe interferir en el necesario juicio orientativo sobre ciertas realidades amplias en su conjunto.

Está de moda hablar del islam en los ambientes católicos, pero en términos descriptivos –‘hay que conocer’– o con enumeración de aspectos positivos y negativos –enfatizando lo que une más que lo que separa, lo cual, si se medita, no pasa de una mera petición de principio [1] –, pero como colofón de tanta erudición y de tanta comprensión no se nos brinda nunca un balance de conjunto, una valoración de Mahoma y sus secuaces. Y sin esa orientación no pueden progresar nuestras actitudes y conductas, y ni siquiera los propios estudios teóricos.

Es más, observamos diversas maniobras paralogísticas para evitar ese juicio global, o para edulcorarlo.

--- Así, se nos dice que en la práctica hay muchos y diferentes islames. Cierto sin duda, pero eso pasa absolutamente con todas las realidades genéricas terrenas, y aun así se las juzga. Y si hay muchos islames no se debe olvidar que si lo son todos, pese a su diversidad, por coincidir en el género ‘islam’, ese género, en cuanto tal, podrá recibir una calificación.

--- También se observa un truco que ya se practicaba hace décadas con respecto al socialismo real: la comparación de cierto islam teórico e ideal, bien con los cristianos reales o con los actos del occidente postcristiano. Naturalmente, cualquier entidad así tratada tiene todas las de ganar ante las mentes a las que se presenta tal comparación deshonesta. Las comparaciones deben hacerse entre realidades homogéneas: ya sean doctrinales o prácticas. Y se nos suele decir muy poco de cómo viven en realidad los mahometanos su religión: con qué profundidad y con qué vicios. Un amplio estudio sociológico del islamismo real puede que deshiciera muchas leyendas doradas.

--- Pero, sobre todo, no se puede dejar de desenmascarar la tentativa de encubrir los males existentes en la realidad del islam con el recurso a pontificar que “el verdadero islam es ...” (añádase cualquier virtud o lista de ellas), y no como parece manifestarse un día sí y otro también.

El islam no posee una autoridad central unánimemente reconocida –y hoy ni siquiera una posibilidad práctica de establecerla– que pudiera discernir los auténticos mahometanos de los falsos muslimes. Del mismo modo que como católicos no nos toca establecer qué puñado de congregaciones representa al verdadero luteranismo, y qué miríadas no, tampoco nos corresponde hacer algo similar con el islam.

Siempre se pueden juzgar, con respecto a la verdad objetiva, las doctrinas de cualquier tiempo y los comportamientos concretos del presente, y así decir si las enseñanzas del Corán son verdaderas o erradas; pero de la herética autenticidad de doctrinas y conductas parece más razonable que fueran sus propios fundadores, o sus portavoces autorizados, o las propias comunidades en su conjunto, quienes decidan.

Ocurre que el islam que saldría definido por cualquiera de esos tres estamentos suele tener la incómoda manía de no coincidir con el ‘verdadero islam’ que algunos católicos querrían que existiera en alguna escondida parte para salvarlo.

Los bienes del islam

Por otra parte, las mismas referencias a los bienes del islam a las cuales estamos acostumbrados no dejan de ser una falsificación de la óptica cristiana y una injusticia para el sentido islámico.

Los cristianos encontramos en el islam muy notables coincidencias en torno a determinados valores. Sin duda que esos puntos coincidentes son buenos; lo que no está tan claro es que nos aproximen tanto como parece.

Si los valores predicados fueran lo esencial del cristianismo, a la postre se podría suprimir del mismo el elemento propiamente religioso sin perjuicio, adoptando la forma de un tibio new age postcristiano y superador, al que conduce el llamado progresismo católico [2] .

Posiblemente un cristianismo sin Cristo y un islamismo sin Mahoma pudieran cantar recíprocamente sus excelencias en casi perfecta armonía.

Pero el cristianismo no es una ideología; no son sus valores lo esencial en él [3] , sino Cristo, el Verbo de Dios que se encarna en la historia. Y tampoco es una mera escuela filosófica el islam, cuyos valores dependen únicamente de la voluntad arbitraria de Alá, conocida por la revelación dictada a Mahoma.

Sin duda la coincidencia en la historicidad de ambas religiones es un punto de encuentro [4] . Pero tal coincidencia obedece a una clara dependencia: Mahoma inició su predicación -en principio sólo para los árabes- con la vista puesta en las escrituras y los profetas que ya poseían judíos y cristianos. De modo que no cabe sorpresa ni alabanza en aquella coincidencia que supone una imitación.

A la postre, los bienes que a ojos cristianos se encuentran en el islam no son las características de su religión, sino bienes ciertos pero muy genéricos [5] . Y dejan de ser en absoluto sorprendentes en cuanto se recuerda que son imitaciones, cuando no distorsiones.

La cuestión de los orígenes islámicos es vital, pues sobre ella se fundará el juicio que nos ha de merecer Mahoma, y el crédito que podemos dar a su Libro. Por ello es una cuestión intelectualmente ineludible para obrar con probidad.

Nuestra tesis es que la religión mahometana, o islam, no tiene origen divino, es una imitación de la religión bíblica, y es un mal, una realidad mala y perniciosa, en la cual la acumulación de maldades objetivas nos induce finalmente a pensar en la existencia, tras ellas, de una malicia en la intención, la cual la dio origen y la sostiene. Abordaremos primero el aspecto objetivo y luego el intencional de sus males.

Sentido religioso y falsa religión

El islam es un conjunto vital que pretende fundarse en una religión revelada y debe ser juzgada atendiendo a dicho núcleo. Y resulta que su principal defecto es constituir una falsa religión [6] .

Reconocer y adorar como dios a lo que no lo es, o no existe, es, según la moral católica, un mal grave contrario el Primer Mandamiento, análogo en sentido contrario a negar su existencia y el deber de religión.

Obsérvese que hemos escrito ‘mal’, y no ‘pecado’, porque éste exige pleno conocimiento y libertad. Concedemos que en muchísimos mahometanos –la gran mayoría- su religión por sí sola no constituya pecado por falta de tales requisitos.

Pero no hemos de creer que la no imputabilidad de una conducta supone ausencia de mal, como quisiera el conformismo moral actual. Un abortista sin perfecto conocimiento ni libertad puede ser personalmente irresponsable, pero no deja de ocasionar el gravísimo mal de la muerte de un inocente a manos de sus protectores naturales. Del mismo modo, los fautores de una falsa religión contrarían la voluntad explícita de Dios y se perjudican a sí mismos y a los demás hombres.

La falsa religión, como lo es el islam, es siempre un mal de primera magnitud, y quien no comprende esto arriesga su plena conciencia cristiana porque pierde el sentido religioso.

La falsa religión es una falta contra el Primer Mandamiento. El Primero, porque si Jesucristo hizo del amor al prójimo un Segundo análogo a éste, no invirtió su posición ni decretó su suplantación. Nos encontramos sin embargo con muchos cristianos que hacen precisamente del Primer Mandamiento un asunto opinable, optativo, subjetivo, y, por tanto, de categoría muy inferior al no matar o no robar (puesto que el no fornicar ha desaparecido), que al parecer sí son elementos ineludibles de la moralidad universal. Frente a ellos, debemos recordar que la adoración y el amor al Dios infinitamente superior y dador de todos los bienes (empezando por nuestra existencia), es el primer y principal mandamiento, ya en el orden de la moral meramente natural.

Pero se nos dirá que precisamente los mahometanos son campeones de la honra al Dios trascendente y personal, infinitamente superior al hombre, y del sentido de la religión, que comienza por la adoración y la oración antes de prolongarse en moral.

Un mal llamado ecumenista [7] podría decirnos que hay que defender al islam, porque es religioso en sumo grado, y, por lo tanto, no debe ser atacado por los cristianos. Sin embargo, en los Evangelios encontramos algo muy distinto de ese altruismo políticamente correcto que algunos creen que contienen o ‘deberían’ contener. Ya sabemos: amor entendido como tolerancia, ... paz, ... tolerancia, ... pluralismo, ... tolerancia, ... solidaridad, y ... tolerancia.

El Jesús evangélico, de la historia y de la Fe, no predica esos principios, y ni siquiera el principio del monoteísmo: se predica a Sí mismo Camino, Verdad y Vida, obra milagros para que creamos en El, y glorifica al Padre con Quién está identificado (Jn 10, 30) en testimonio recíproco. Y no sólo glorifica Jesús al Padre y Éste al Hijo (Jn 12,28; 13,31-32 y 17,1), sino que se nos anuncia al Espíritu Santo que quedará para siempre con la Iglesia (Jn 14, 16).

Los católicos que han conocido de cerca el islam no dejan de recordar que el Alá del Corán no es el Dios de la Biblia [8] . Y si eso es verdad en cuanto a sus ‘rasgos de conducta’ (de qué modo se nos dice que actúan un Dios y otro, y qué moral nos dictan) aún lo es más precisamente respecto al misterio de la Santísima Trinidad. A las cortas miras humanas podría parecer irrelevante para nuestra vida terrena y nuestra salvación el conocimiento incomprensible de ese misterio. Y sin embargo Cristo ha querido dárnoslo a conocer, para hacernos partícipes ya de un atisbo de la intimidad divina. ¿Despreciaremos su voluntad?

Si leemos y meditamos los Evangelios, no puede cabernos duda de que la falsa religión, incluso monoteísta, significa una grave carencia respecto de la voluntad del Dios verdadero, que quiere ser conocido y venerado en modo muy específico (Vida trinitaria, centralidad ineludible de Cristo en la humanidad como Salvador y Rey) [9] pese a que tal insistencia pueda parecer inconveniente e innecesaria a los que piensan ‘mejor que Dios’ y ‘más elevada y desinteresadamente que Él’.

Pero además, aunque parezca lo contrario, el monoteísmo islámico es más culpable de falsedad deliberada ante la verdadera religión que las religiones meramente paganas [10] .

Falsa religión, la raíz del mal

Entre los paganos, el monoteísmo, o los vestigios del mismo, son signo de cierta mayor perfección, porque el paganismo es una construcción consuetudinaria, mítica y muy desviada de la verdad original: que existe una Divinidad superior al hombre al que éste debe veneración y acatamiento. En el paganismo actúa deformada la religiosidad natural del hombre [11] .

El caso del islam es muy distinto por ser una secta de influencia cristiana. Todas las religiones nacidas con posterioridad a Cristo no han dejado de imitarle a Él y a su Iglesia [12] . Pero el islamismo, como el mormonismo, es una de las pocas que se pretende fruto fiel de una directa revelación divina literalmente transmitida [13] . En estas sectas la religiosidad natural es desviada deliberadamente bajo las apariencias de religión verdadera.

Llegados a este punto no nos encontramos ante cierto error de origen colectivo y oscuro, adornado y distorsionado cada vez más con el tiempo, sino a una falsedad con un nacimiento muy concreto, que ha de atribuirse a una inteligencia consciente de su falacia: sea la de un hombre embaucador, sea la del Enemigo de Dios y del género humano actuando a través de alguna forma de posesión. O sean formas mixtas de las anteriores.

Debemos detenernos en la falsedad del islamismo, sin establecer la cual ningún repudio de sus consecuencias tiene sentido.

No existe posibilidad lógica de que un cristiano conceda a Mahoma el papel de profeta. Si lo fue, y su predicación viene de Dios, hay que aceptar todo su testimonio, incluido el que se inventa acerca de Jesús negando su divinidad (Corán, sura 5, aleyas 116, 118 ó 119 según las versiones).

O Cristo es la Palabra definitiva de Dios o Mahoma es el Sello de los profetas. De ahí también que debamos rescatar la palabra mahometano por oposición a cristiano, porque lo contrario es conceder la verdad de su religión.

Los cristianos tenemos por cierto que la Resurrección de Cristo es la clave de nuestra religión, que sin ella sería vana (I Cor 15,14-20), y estamos siempre interesados en contrastar su absoluta historicidad y veracidad. No es por nuestra parte injusto reclamar lo mismo respecto de Mahoma, pues la veracidad de su testimonio es la clave del Corán y del islam.

* * * * *

Jesús llevó una vida irreprochable y desprendida, en tanto que las revelaciones de Mahoma sirven en multitud de ocasiones para legitimar los intereses -escasamente elevados- de éste.

Cristo hizo en vida multitud de milagros sobre realidades cotidianas, comprensibles a los hijos de toda nación. Mahoma se negó a intentar siquiera el efectuar ninguno [14] y esgrime como ‘milagro’ la belleza de su lengua árabe, inaprensible para el resto de los pueblos del mundo, e inconcluyente también para los arabófonos, que al presente han construido su lengua tomando el Corán como modelo [15] .

Jesús resucitó de entre los muertos: milagro definitivo que todos aspiramos a compartir. Mahoma no resucitó, y no precisamente porque alguno de sus seguidores no  pensara al principio que su muerte era temporal, lo cual coadyuvó desde ese temprano momento a causar la escisión chiíta [16] .

Y además, en ningún momento Mahoma ha podido presentar a su favor el cumplimiento de las profecías mesiánicas del pueblo elegido en la Primera Alianza, como se cumplen en Nuestro Señor Jesucristo.

Y no es menos importante el hecho de que Cristo constituyó una Iglesia con todos los elementos para cumplir su misión cuando Él ascendiera a los Cielos. En cambio, a Mahoma le sorprendió la muerte sin haber adoptado ninguna providencia para su sucesión. Posiblemente, de la determinación de la asamblea de los seguidores mahometanos de elegir un mero califa (reemplazante) para evitar la fragmentación y temprana desaparición de la secta que les resultaba tan provechosa, en vez de sustituirle otro Profeta, como entre los mormones, provenga la extrema rigidez de su dogma. Comparativamente, la Iglesia de Jesús, asistida del Espíritu Santo, ha dejado y deja un sorprendente testimonio de flexibilidad en la fidelidad.

* * * * *

Por todo ello concluimos que Mahoma es un falso profeta, predicador de una doctrina que él atribuía indebidamente a Dios. Por parte de los cristianos, todo cuanto no sea afirmar esto, en la ocasión y manera clara y prudente que haga falta, es debilitar la propia Fe y dificultar la ajena. Por eso es tan inaceptable que los actuales presentadores cristianos del islam, en sus libros y artículos, aborden los orígenes del mismo adoptando en tono narrativo, sin ningún género de salvedades ni averiguaciones, reproduciendo la versión mahometana: “recibió una visión”, etc [17] . Toda la cuestión del islam depende de si Mahoma recibió una visión, o, más exactamente, si recibió una visión procedende de Dios.

Eludir esta cuestión es deshonestidad intelectual. Aunque disguste enunciarlo, podrá haber paz entre cristianos y mahometanos, pero no hay posible compatibilidad entre la veracidad de Cristo y la de Mahoma.

En cambio, empezar estableciendo la condición de falsa revelación del islam elimina entre los fieles otras confusiones y perplejidades, exteriores e internas.

La existencia del islam no puede interpretarse como un misterioso signo divino, como sucede cuando se habla de las ‘tres grandes religiones monoteístas’ y aun de las ‘tres religiones abrahámicas’. ¡Abraham sólo tuvo una religión, no tres! Y el origen abrahámico del santuario mecano de la Caaba no es menos mítico que el origen salomónico -o hirámico- de la masonería: es sólo una autoatribución ennoblecedora.

Al islam como pretendido tercer brote del tronco abrahámico no se le puede conceptuar de diverso modo que a todas las pretendidas terceras y definitivas etapas de la revelación que han seguido la estela de Joaquín del Fiore, bien que en este caso sea anterior, y recurra a mensajes arcangélicos en vez de a propias especulaciones.

Si un cristiano quiere plantearse el papel y la valoración del fenómeno mahometano coherentemente con su fe, puede y debe acudir a algunos pasajes del Nuevo Testamento que parecen bastante apropiados:

Nuestro Señor mismo advirtió y profetizó: “Guardáos de los falsos profetas” ‑que se reconocen por sus frutos- (Mt 7,15 ss); “Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy el Cristo», y engañarán a muchos”, “surgirán muchos falsos profetas que engañarán a muchos”, “surgirán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes señales y prodigios” (Mt 24 vs. 4-5, 11 y 24 y Mc 13,22). Si Mahoma no fue precisamente quien pretendió el título de ‘Profeta’ por antonomasia, y ocupar el culmen de la historia de la salvación, y si no ha engañado a muchísimos, no se sabe a quién se podrá aplicar con más propiedad estos pasajes.

Después de ascendido Jesús a los Cielos, también San Pedro y San Juan nos alertan sobre la venida de falsos profetas (II Pe 2,1 y 1 Jn 4,1). Igual que los Hechos de los Apóstoles nos refieren de la existencia de un falso profeta en Chipre que mereció de San Pablo un milagro punitivo (Act 13, 6-12).

Y las repetidas amonestaciones de San Pablo respecto a los falsos doctores, son extensibles a los que pontifican recurriendo a serviciales dictaciones arcangélicas en lugar de abstrusos sofismas.

No se acaba de comprender por qué ninguno de estos pasajes escriturísticos se contemplan hoy cuando se trata de buscar una perspectica teológica cristiana del islam. Parecería que los cristianos debemos tomar como punto de partida de nuestros juicios los textos de la Sagrada Escritura, nos resulten convenientes o no; y la honradez intelectual requeriría, en todo caso, aportar los textos citados para explicar el motivo por el que no son aplicables al caso.

Por último, recordemos que la tradición secular cristiana ha aplicado la consideración de ‘falso profeta’ a Mahoma, en la estela de esos textos [18] .

Moralidad errónea, consecuencia de la falsa religión

Las deficiencias morales de la enseñanza mahometana son sólo las consecuencias naturales de obedecer una falsa revelación, y no deben constituir el centro de la apologética cristiana ante el islam.

De modo que sabemos que en cuestiones de vida matrimonial el Corán segrega y capitidisminuye a la mujer, y consagra el repudio fácil, el matrimonio temporal o de visita [19] , y la poligamia. Muchas de tales enseñanzas se ajustaron como anillo al dedo a conveniencias de Mahoma y sus compañeros, y justo entonces fueron bajadas del cielo a su oído [20] . También a conveniencia de las armas de Mahoma el Corán refrendó la violación por éste de usos de la guerra arábigos. Etcétera.

Todo ello, y mucho más, merece un estudio pormenorizado que contribuya a demostrar la falsedad de las pretensiones de Mahoma, y a inducir o a confirmar las reservas frente a la religión que fundó. Pero ésa es la distracción la que criticábamos y en la que no queremos incurrir aquí [21] .

El Corán y la sunna enseñan elementos morales objetivamente malos que los mahometanos practican (con mayor coherencia en lo que les es condescendiente que en lo que se les exige, con la excepción de la práctica generalizada del ayuno de Ramadán), y que son consecuencia directísima de la falsa revelación islámica.

* * * * *

Centrémonos tan sólo en ciertas características generales de la moralidad musulmana, de suyo mucho más explicativas y peligrosas que el examen de su contenido caso por caso. La moralidad musulmana es positivista, legalista, e impositora por naturaleza, muy diferente en sus consecuencias sociales de la moral católica.

* La moralidad musulmana es positivista en cuanto no deja lugar para el derecho natural. Los mahometanos son fideistas en materia de teología, y en ética se adscriben al malum quia prohibitum frente al razonable prohibitum quia malum [22] . La arbitraria prescripción o prohibición divinas son la única fuente y razón de la moralidad. Su dios no tiene consideración alguna con la razón humana como para dirigirse a ella moralmente a través de la obra de la creación. Ello ocasiona una grandísima dificultad para dialogar en este terreno con los musulmanes, por falta de base común.

* La moralidad musulmana concede, de hecho, un fuerte predominio al cumplimiento externo de los preceptos sobre la intención. Nos encontramos ante una regresión a la moral farisaica en que degeneró el judaísmo, en la cual, sin duda, está inspirada. Nosotros, herederos de la liberación cristiana de la ley, entendida ésta en su sentido peyorativo, corremos el peligro de no comprender su sentido moral, atribuyéndoles sensibilidades morales que nos son familiares hasta el punto de creerlas universales, pero que no compartimos.

* Y una moralidad fundada en una lista de preceptos no es, como la nuestra, flexible y libre, sino que va acompañada de la mayor rigidez y de un intrincado casuismo.

El musulmán vive bajo su ley específica de origen religioso, que es muy diferente de las prohibiciones taxativas -pero escasas- del derecho natural y de la exhortación a la perfección que son propias de los cristianos. Un mahometano está sometido a ingente cantidad de prescripciones y prohibiciones, que abarcan desde el momento y las posturas exactas de la oración, hasta los alimentos y su preparación.

Dicho de otro modo, el mahometano concibe su moral bajo la forma de ‘ley’, y todos los especialistas coinciden en señalar que la forma más característica y desarrollada de la especulación religiosa islámica es su derecho

* La consecuencia lógica de una moralidad centrada en las acciones sobre las intenciones, y que se rige por preceptos que no se razonan, debiera ser la tendencia a imponer una disciplina social a su imagen, incluso por la violencia. Y la evidencia histórica confirma esa deducción lógica: la ley islámica es concebida inseparablemente como ley social y política, que debe imponerse a todos (a todos, incluyendo el estatuto de los dimmíes o sometidos a su protección –protegidos a la fuerza-), y el islam está unido al concepto de jihad o guerra santa.

El islamismo contemporáneo, moderado o extremista (esto último retornando a Mahoma, que no desviándose de él), tiene por programa la conversión de la sharía en única ley civil, la extensión de la misma a todas las naciones, y el recurso a las armas siempre que se haga necesario.

* La diferencia entre la ley islámica y la doctrina social católica es mucho más profunda de lo que parece. Nuestra doctrina social no impone fórmulas determinadas sino principios generales, y, si bien deriva naturalmente de la moral cristiana, su no observancia por los estados en que viven los cristianos suponen para éstos dificultades  mayores o menores, pero pocas veces les impone la contravención directa de un mandamiento expreso, terminante e ineludible.

El choque entre una legislación civil no musulmana y el mahometano observante es mucho más fácil y frecuente que entre el católico fiel y un legislador no cristiano, con el cual el principal punto de fricción, aparte del contenido del derecho natural, será sólo la autonomía interna de la Iglesia. Y notemos que, en cambio, un islamista contemplará siempre la más mínima diferencia con las mucho más numerosas prohibiciones y prescripciones de su ley, algunas de contenido trivial para nosotros, como directamente opuesta a la explícita voluntad divina.

A imitación de los cristianos, pero mucho más a menudo y por motivos más fútiles, el musulmán dirá “es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres” (Act 4, 19), con lo que manifestará la irreductibilidad de sus errores morales.

Pero todo lo anterior es el aspecto meramente negativo: la mayor conflictividad de la ley islámica con cualquier ley civil positiva que no se atenga a la sharía, en occidente como en los países de mayoría mahometana.

En el aspecto positivo la diferencia entre doctrina social cristiana y ley musulmana es mucho mayor. La moral social cristiana se funda en el derecho natural, y por ello tiene más posibilidades de justificarse y de alcanzar un acuerdo con las potestades civiles no cristianas (o con las minorías no cristianas) que un riguroso casuismo sin más justificación que la revelación coránica, aquella que precisamente el no mahometano no comparte.

Ahora, para seguir nuestro hilo argumental, debemos proseguir con la exposición de los diversos males que se dan cita en el islam.

Similitud y enemistad con la religión cristiana

El islam es una falsa religión, pretendidamente revelada, cuyo mensaje contiene preceptos conflictivos, y a veces completamente inmorales, la implantación universal de los cuales por la fuerza se contempla expresamente.

Si lo anterior define el contenido del islam, la modalidad concreta en que se presenta es la imitación de la religión bíblica, y el resultado del conjunto es una religión que parece diseñada ex profeso para entorpecer el triunfo de la Fe Católica.

La similitud al cristianismo y su oposición al mismo caracterizan el conjunto del islam, y están estrechamente ligadas, como vamos a mostrar.

De que el islam contenga elementos bíblicos no cabe ninguna duda:

+ es sabido que nació en un ambiente en que judaísmo y cristianismo eran conocidos, aunque imperfectamente;

+ Mahoma mismo se arrogó el ser portavoz auténtico de la revelación que habría sido traicionada por judíos y cristianos;

+ incluso se ha especulado si en su origen el islam no fue sino el intento de introducir el mosaísmo entre los árabes, adaptándolo a ellos.

Ciertamente, su parentesco con el Antiguo y el Nuevo Testamento es innegable.

Pero ese parentesco, que por la posterioridad del Corán se comprende fácilmente que significa influencia e imitación de aquéllos, da unas veces en simplificación [23] , otras en tentativa de suplantación, y otras en caricatura. Veamos como imitación, suplantación y caricatura coinciden siempre en perjuicio de la Fe cristiana.

Males de la oposición directa. Una realidad anticristiana

- Teológicamente, la simplificación de los dogmas cristianos, suprimiendo sus misterios característicos que mortifican la razón, introduce una ‘competencia a la baja’ en el monoteísmo revelado: el islam se presenta como más racional y más facil. Y otro tanto puede decirse de su moralidad, en la que, sin ser depravada, desaparece la propuesta de los consejos evangélicos de celibato, pobreza y mansa obediencia.

- Misionalmente, el postcristiano islam contiene en su mensaje una ‘vacuna’ contra la predicación cristiana: para el musulmán no existe la novedad cristiana, porque ya conoce a Jesús por el islam, y además está más al día, pues ‘sabe’ que a ese profeta le sucedió el definitivo, que es Mahoma. Igualmente, el milagro definitivo de la Resurrección es negado hábil y radicalmente: negando la previa muerte en la Cruz.

- Declarados expresamente errados, los cristianos han de ser combatidos por las armas hasta que acepten dejar su religión o pasar a la condición de sometidos ‘protegidos’ (dimmíes), condición siempre dificultosa, amenazada, privada de fecundidad misionera, tentada de apostasía, y humanamente irreversible sin mediar intervención externa [24] .

- Pero si los cristianos ya existentes son combatidos, perseguidos y sometidos, la posibilidad de nuevas conversiones procedentes de los mahometanos es todavía más difícil, porque si la charía predica la jihad, y estipula la situación de los dimmíes, además es tajante sobre la pena de muerte al musulmán que pudiera convertirse a otra religión [25] . En un país islamizado no pueden entrar misioneros; los dimmíes no manifiestan celo predicador por miedo a empeorar su delicada situación; los potenciales conversos mahometanos se encuentran satisfechos con una religión a primera vista superior a la cristiana [26] ; y la amenaza de muerte social y física termina de disuadir cualquier veleidad de conversión, salvo casos absolutamente excepcionales.

* * * * *

En resumen: la imitación simplificada y suplantadora del islam ataca la subsistencia y expansión de la Iglesia por múltiples ángulos.

Se comprende que este presunto pariente monoteísta del cristianismo, imitador y amenazador, no haya constituido munca un cauce de conversiones a la religión verdadera, sino una alternativa a la misma, puesto que las frustra y desvía en provecho propio. Y esto, que es verdad individualmente, lo es más a escala colectiva [27] .

Todas las experiencias históricas confirman plenamente nuestro diagnóstico previo. En efecto: la expansión de la Fe entre todas las naciones hasta los confines de la Tierra, según voluntad de Nuestro Señor (Mt 28,19; Act 1,8), ha encontrado en el islam un obstáculo excepcionalmente perjudicial y coriáceo en su camino.

Mirando el mapamundi, y rememorando la historia de los dos milenios de cristiandad, pocos retrocesos de la expansión cristiana han sido tan considerables en extensión, población y duración como los debidos al islam. Cismas y herejías han debilitado la comunión en la Fe, pero no la han borrado. Misiones incipientes han sido destruidas por la persecución de los paganos... hasta que en la historia ha vuelto a abrirse un nuevo portillo a la predicación [28] . La persecución comunista en Europa ha sido, por la misericordia de Dios, relativamente breve a escala histórica (vid. Mt 24, 22), y sus efectos destructivos, con preverse largos, han sido más leves que la obra del islam.

En cambio, a manos del islam sucumbieron territorios de poblaciones secularmente cristianas, incluidos todos aquellos ligados a la vida de Nuestro Señor, el teatro de las primeras predicaciones de la Iglesia, el hogar de sus Santos Padres y la sede de sus primeros Concilios. Situación que no ha revertido todavía -¡en trece siglos!- con constante mengua de la población que mantiene nuestra Fe en esas tierras otrora unánimemente cristianas.

Y a la observación del retroceso persecutorio a manos del islam debe unirse la constatación del no menos gigantesco efecto de cerrojo rotundo a la propagación de la Fe: hoy en día el conjunto de los países musulmanes, y prácticamente sólo ellos, es el único gran vacío que existe en el mapa de las misiones y bautismos de la Iglesia.

El islam es una refinada imitación invertida de la religión verdadera, muy propia del ‘mono de Dios’ que es el Demonio. Y también hallamos en él la perversión de la más sincera religiosidad humana –posiblemente en su manifestación más elevada fuera de la Iglesia- hasta recordar aquello que profetizara Nuestro Señor al decir “llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios” (Jn 16,2).

Y sin embargo, no hemos considerado todavía otros males más rebuscados que la aviesa similitud del islam con la Fe cristiana están provocando específicamente en nuestros tiempos.

Los retorcidos males de la caricatura: el rechazo de los monoteísmos

Caricatura es aquella imagen en que se reconocen los elementos característicos de algo, pero distorsionados o exagerados, y mezclados con otros introducidos de intento para inducir burla o repulsa.

La malicia diabólica del islam, caricatura cristiana de considerable parecido, mueve en nuestros días a desprestigiar a la religión verdadera ante los incrédulos, favoreciendo que incluso los más moderados compartan prejuicios con los anticristianos declarados de voluntad perseguidora, en tanto que por desconcierto, comodidad, y falsa humildad se debilita la firmeza de las posturas cristianas entre los fieles.

La función del islam como justificador también de la repugnancia y la aversión de los incrédulos al cristianismo es muy patente.

En nombre de una común naturaleza de las religiones monoteístas (tan ingenuamente concedida por tantos cristianos) se arguye que todas son en el fondo iguales, insistiendo especialmente en su carácter intolerante derivado de la afirmación de un único Dios, que sería la causa de oscurantismos y conductas violentas hasta las guerras santas. En la ONU existe ya una declarada corriente de opinión contraria a los monoteísmos, tan nefastos y diferentes de las tradicionales sabidurías politeístas a ensalzar y reconvertir al panteísmo ecologista [29] .

Desde luego, el islam, con su credulidad acrítica y sus supersticiones, con la cerrazón intelectual del fideísmo, con sus costumbres indefendibles legisladas por la divinidad, y con su llamamiento programático a la guerra santa, es un género de compañía de la que no blasonar y con la que sería preferible no quedar clasificados.

Se ve aquí una conveniencia práctica de marcar las diferencias entre cristianismo e islam alejándonos de optimismos ‘fraternos’. Aunque sólo fuera a estos efectos convendrá hacer hincapié en lo que nos diferencia y separa más que en lo que pueda unirnos... teórica pero no realmente.

Dicho esto, lo cierto es que se tira por elevación contra el cristianismo fingiendo apuntar al islam, con un odio preexistente a esta maniobra, a la que el mahometismo se presta tan bien, casualmente o no. Tras las avanzadas del ecologismo y del New Age encontramos al panteísmo, en el que la consideración puramente abstracta de los filósofos -el Todo es lo Supremo- es compatible con el politeísmo popular, que ve en cada pequeña creatura un diosecillo. Es curioso que los laicistas de ayer hayan oscilado del ateísmo al panteísmo, pero todo ello se mueve dentro del universo de cuño masónico y del odio invariable a Cristo y a su Iglesia, para el cual el islam brinda ahora un convincente pretexto.

Es evidente que los cristianos no podemos unirnos a las denuncias antiislámicas que a la postre rechazan todo Dios personal y trascendente. ¡Y desde luego que esa maniobra y esa persecución están en marcha!

Pero tampoco podemos identificarnos sin más con los musulmanes, y aún es más preocupante el conjunto de perturbaciones que la caricatura mahometana de la religión cristiana está produciendo ahora en el seno de la misma.

Los retorcidos males de la caricatura: la autocensura de los cristianos

¿Cómo reaccionan los cristianos ante la creciente proximidad con la realidad musulmana, informativa y física?

¿Y al recibirles por próximos parientes religiosos, por monoteístas abrahámicos?

Sólo muy pocos creen erróneamente que deberíamos imitar totalmente a los mahometanos en su radicalidad y coherencia, y que el ideal social cristiano sería un jomeinismo de signos y contenidos católicos [30] .

En cambio, una gran mayoría, por rechazo a los errores del islam, manifiestos en conductas inaceptables, corre a marcar distancias, pero de una forma trágica: con tal de alejar su identidad cristiana de las posturas islámicas rechazan precisamente lo que nos une, sin percibir que el islamismo no es una mera aplicación de actitudes, por lo demás idénticas, a otros objetos u otros nombres (otro nombre de Dios, otro libro sagrado, etc.), sino una sutil pero deformante caricatura de las mismas.

Por aborrecimiento de lo que es burda copia e imitación se generaliza entre los cristianos la reticencia al original, a la verdad, y se refuerza la tendencia hacia un cristianismo liberal,  light y a la carta, que repudia dentro de nuestra religión las pretensiones monoteístas de suyo absolutas (única religión verdadera, enseñanza revelada indefectible, moral objetiva), así como la vivencia integral y radical de la religión (reduciéndola por el contrario a una faceta aislada y privada), por no hablar del descrédito presente y retroactivo de otras muchas ideas legítimas, como pueden ser la confesionalidad pública o las cruzadas.

¡Por no parecernos a nuestra caricatura nos arriesgamos a desprendernos de nuestro carácter! ¡De modo que nos apartaríamos de la verdad precisamente en aquello en que el islam la ha imitado... si bien con exageración y deformación [31] !

Cualquier análisis sereno puede mostrar como la Sagrada Escritura inspirada no es un Corán dictado, que el Emmanuel –Dios con nosotros– no existe en el islam, que la moral revelada que asume el derecho natural no equivale a la que lo ignora y contradice, que tampoco el fundamento cristiano de los estados desemboca en una forma de sharía, o que las cruzadas son muy diferentes en su planteamiento a la jihad, etc. Pero el mal efecto de la impresión perdura en muchos y será difícil de desarraigar.

Además, existen casos en que siendo la actitud común verdaderamente idéntica no cabe renunciar a ella, como sería el caso, por ejemplo, de la disciplina matrimonial.

Puesto que el matrimonio se orienta en última instancia a engendrar hijos para el Cielo, la Iglesia, que en última instancia siempre ha tolerado a sus hijos e hijas contraer nupcias con no cristianos [32] , ha exigido en sus cánones garantías de que los hijos que se engendren en tales uniones serán bautizados y educados en la fe católica.

Por imitación y con perfecta lógica, el islam, imbuido de ser la religión verdadera, da por hecho que todos los hijos de mahometano y no musulmana (no admite el matrimonio de las musulmanas fuera de la umma) lo han de ser también. Entre esas dos disciplinas el conflicto es irreductible: no cabe boda entre un musulmán coherente y una cristiana fiel.

¿Y qué debe hacer la Iglesia? ¿Renunciar al ‘maximalismo’ de reclamar el bautismo y la educación cristiana de los hijos que han de venir, para no parecernos a los islamistas?

Si existe una religión verdadera, la primacía de Dios exige semejante precepto, que sin embargo no será admisible a favor de una religión falsa. Como se ve, una y otra vez la cuestión de si existe una religión verdadera, y cuál sea, tiene consecuencias ineludibles como para haber dejado de abordarse abiertamente durante tanto tiempo. Lo que es monstruoso en aras de un falso dios es igualmente ineludible en orden al Dios verdadero.

Entretanto, retengamos que el islam, al tiempo que facilita nuevos pretextos al ataque del laicismo liberal contra la Iglesia, también induce un contagio liberal en su propio seno.

Entre el Sistema y el Islam

Pero aún ocasiona en nuestros días el islam un mal más entre los occidentales de estirpe cristiana: el filoislamismo por revancha.

En el mundo se perfila un complejo conflicto mundial entre el Islam y Occidente. Y quien rechaza esta constatación adopta la actitud de desoír a Casandra y matar al mensajero, porque el choque de civilizaciones no lo postuló Huntington, sólo lo describió; en todo caso su creador fue Mahoma, y no en vano todas las fronteras del mundo islámico hoy son de hecho zonas de guerra, como lo postula la división del mundo en Dar-al-Islam y Dar-al-Harb.

Cuando el islam, que no es un bloque, pero sí una ideología político-religiosa y una opinión pública extensa y extrañamente concorde, desafía a Occidente, muchos occidentales ‑sobre todo de izquierdas, pero también entre las extremas derechas, incluso las de matriz cristiana- simpatizan con él por el sólo deseo de que el ‘Sistema’ reciba su merecido de otras manos, ya que no puede ser por las suyas.

* * *

Sistema, con mayúscula, es el conjunto de males institucionales, sobre todo liberales, que corrompen y dominan Occidente hasta confundirse con él. Pero no se repara suficientemente en que el Occidente es, de hecho, algo mucho más complejo que eso. No es ya la Cristiandad, por supuesto. Pero tampoco corresponde plenamente a ninguno de los varios proyectos de Revolución anticristiana.

Occidente es hoy una realidad de raíz y herencia cristiana, aunque sea residual; de población todavía cristiana en buena parte, aunque con frecuencia se trate de una religiosidad sociológica, descaecida o desorientada; de leyes y gobiernos con principios liberales laicistas, correspondientes a mayorías de ese signo; y, en conjunto, una situación de hecho en equilibrio inestable entre principios y realidades ampliamente contradictorios entre sí. Y, con todo, Occidente no deja de ser nuestra patria carnal, y sus autoridades de hecho, ilegítimas por muchos conceptos, merecen adhesión cordial, solidaridad y obediencia, especialmente hacia fuera, en tanto no contradicen directamente nuestros deberes cristianos [33] .

* * *

Por la fortísima contraposición existente entre el relativismo occidental y el islamismo han nacido ciertos filoislamismos, vagamente formulados y mal justificados, que debemos criticar.

El más elemental de esos filoislamismos es el que arguye con el aforismo “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. La hegemonía liberal es atea, relativista, y sumamente inmoral; luego bienvenida sea la resistencia islámica de dimensión mundial, que cree en verdades indiscutibles y tiene sentido de Dios.

Pero tal planteamiento se descalifica por su odio e imprudencia. Las coincidencias puramente negativas no son sólidas, a más de envenenar el corazón. Y, por otra parte, no existe la menor oportunidad en un oportunismo cuando los presuntos aliados no son menos opresores y sí mucho más fuertes que uno mismo. La situación después del Guadalete de los vitizanos –a la postre godos y cristianos– debería hacer reflexionar algo más desde un principio sobre las ventajas e inconvenientes de buscarse tales aliados.

Las alianzas cristianas con musulmanes pueden establecerse –y también ser discutidas– en el terreno de lo circunstancial o geopolítico y por un provecho concreto, pero nunca en el terreno de la coincidencia intelectual, moral y ‘monoteísta’.

¿Alianza por la libertad religiosa?

Otros planteamientos filoislámicos son más graves aún, en cuanto su fundamentación quiere ser positivamente cristiana además de antiliberal.

Así, los cristianos deberíamos apoyar a los islámicos para salvaguardar del laicismo una libertad religiosa que a ambos ampara y beneficia. Vendría a ser una alianza defensiva estable de los creyentes frente a los incrédulos. Y sería altamente recomendable porque respaldar limitaciones a la libertad religiosa de los musulmanes en España se podría volver en contra de la Iglesia, por lo cual deberíamos inclinarnos por el máximo laxismo al respecto.

Y es que algunos cristianos pueden tender a identificarse con el “es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres” de los mahometanos como actitud religiosa, sin reparar suficientemente en la justicia de su demanda concreta. Ahora bien: si esa acitud la esgrime un mahometano contra el derecho natural ¿hemos de solidarizarnos con él por su apelación a la divinidad monoteísta presuntamente común?

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En primer lugar, no deja de ser curioso que los que desean rechazar el liberalismo por su indiferentismo religioso de estirpe masónica acepten como valioso sin más un cierto monoteísmo indiferenciado: es lo mismo que apreciaría un masón consecuente.

Es difícil que prospere una resistencia al laicismo liberal sobre la base de los principios indiferentistas de sus predecesores, a saber: toda religión es buena, lo importante es lo que nos une en la moral más allá de los credos concretos. Porque entonces, prescindido de toda referencia divina en la confirmación del derecho natural, sólo puede ser el estado –el presente, liberal- quien se erija en árbitro de la moral ciudadana obligatoria.

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 La confusión se encuentra en el concepto de libertad religiosa [34] . El Catecismo de la Iglesia Católica dice explícitamente que “El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado, ni limitado solamente por un ‘orden público’ concebido de manera positivista o naturalista”, para recordar con el Concilio que esos justos límites deben estar en “normas jurídicas conformes con el orden objetivo moral” (CEC § 2109).

La libertad religiosa del liberalismo oscila, de hecho, entre las promesas de tolerarlo absolutamente todo y las pretensiones de dictar una moral pública laica obligatoria. Y cuanto más insistan las minorías islámicas en occidente en establecer su jurisdicción religiosa entre nosotros, pasado el inicial optimismo multicultural, más se excitará la tentaciónde dictar un laicismo rigorista que también perjudicará a la Iglesia.

Ahora bien, el interés cristiano se encuentra en la verdad. Y por la verdad que es nuestro interés no podemos consentir, ni menos favorecer, la equiparación de Cristo con Mahoma, ni de las prácticas cristianas y mahometanas, como tampoco podemos aceptar la ‘nueva generación’ de pretendidos derechos humanos como el aborto o el llamado matrimonio homosexual.

Hay que recordar que la religión cristiana y la religión mahometana, cuando son coherentemente vividas en todos sus extremos, producen frutos opuestos. Y hay que atreverse a decir que el musulmán que convive pacíficamente es el religiosamente tibio, mientras que el paso obligado para convertirse en peligro público es la recuperación rigurosa del Corán. De otro modo: es cierto que a la Iglesia van –vamos- muchos pecadores, pero todos los santos, clamorosos u ocultos, las frecuentan; en cambio, no todos los que frecuentan las mezquitas son terroristas, pero todos los terroristas islamistas empiezan por frecuentar determinadas mezquitas [35] .

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No sería de recibo, en suma, que, para defender la libertad de ciertas mujeres ‑las monjas- a constituir comunidades femeninas autónomas, identificadas por sus hábitos, los católicos debiéramos defender en el mismo lote la imposición a todas las mujeres musulmanas de ropas específicas que significan su posición subordinada respecto a los varones [36] . Además de la conciencia cristiana, que debe ser lo primero, la imagen cristiana padecería enormemente amparando con la libertad religiosa ésa y otras prácticas islámicas.

Y no se diga que si hemos permitido que la ley occidental legalice el divorcio y las uniones sodomitas no hay motivo para rechazar el repudio unilateral o la poligamia: el argumento es inconcluyente, porque la vigencia de un mal social no puede justificar que se le añadan otros, cuando lo que se impone es esforzarse por la remoción de los ya existentes.

Del mismo modo que no abogamos por la libertad para el aborto para que pueda gozar de libertad la causa provida, no nos hace falta proteger la falsa libertad religiosa de promover la yihad (¡contra los cristianos!) para que se nos reconozca la libertad de predicar y vivir el Evangelio.

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Al paso de estas consideraciones sobre el islam, resulta muy importante comprobar y resaltar que la táctica de reducir el mínimo político exigible por la Iglesia a la libertad religiosa no suprime el conflicto que se pretendería evitar: la Iglesia no puede satisfacerse con cualquier ‘libertad religiosa’, sino sólo con la ‘auténtica’, como acostumbran a añadir los documentos eclesiales. Y una libertad religiosa limitada por el orden moral objetivo sólo es dable mediante el reconocimiento del mismo, que resulta, en la práctica, de la aceptación del Magisterio por la autoridad civil.

En conclusión, una neoconfesionalidad mínima sigue siendo la consecuencia lógica ineludible de la moral católica en la vida pública [37] .

No falta el mal menor

Finalmente, se llega a los argumentos de mal menor, siempre tan perniciosos a la larga, porque en el orden de la percepción parecen convertir el  mal considerado menor en un bien desde el momento en que no es el ‘mayor’, y en el orden de la acción desmovilizan cualquier iniciativa cristiana, renunciando a cualquier género de reconquista radical y justificando el conformismo.

Además, para comparar un mal con otro y concluir cual es peor existen docenas de perspectivas distintas, por las que se obtienen conclusiones contrapuestas. ¿Qué es peor, una música desafinada o un color chillón?

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¿Es el islam un mal menor que el liberalismo?

Esa es la cuestión verdadera, que no es exactamente la misma que se argumenta cuando se escuchan preferencias esteticistas del género ‘prefiero un adversario radical coherente que un tibio inconsecuente’. Hoy se puede escuchar aplicado a islamistas y liberales, como ayer pudo serlo a comunistas ateístas y a burgueses materialistas.

Pero una cosa es que el el creyente islámico esté o no incurso en un error menor que el incrédulo relativista occidental, y otra que en realidad lo prefiramos como mal que nos azote y persiga. Porque una cosa es la preferencia apreciativa por la persona de algún modo admirable, o su menor culpa moral, y otra la preferencia práctica por lo que nos acarree una menor dificultad. En la guerra hay que honrar la valentía del enemigo sin dejar de desear que esté desmoralizado y huya.

En toda esa perspectiva de presunto mal menor que busca el ‘mejor perseguidor’, se comete el olvido de preguntar ¿mejor para quién?

Es posible que, objetivamente, la religión falsa sea un mal menos alejado que el ateísmo de la fe cristiana (¡siendo los dos en sí pecados igualmente mortales!).

También es posible que, subjetivamente, un perseguidor activo de buena fe, como San Pablo, sea menos culpable ante el tribunal divino que un acomodaticio neutral.

Pero tales cosas no pasan de posibilidades, enunciadas con un cierto intento de escrutar y sustituir el juicio divino.

Con todas esas verdades que no vienen a cuento se está perdiendo de vista lo principal: el bien de la religión cristiana y de sus fieles.

¡Lo que nos interesa es quién sea el adversario menos dañino para los cristianos! Y ése es, sin duda, el de principios laxos e incoherente con ellos [38] , es decir, el liberalismo cotidiano, mientras no recrudezca su práctica retomando sus principios.

León XIII, el papa que condenó expresa y continuadamente el liberalismo en varias encíclicas (con una específicamente dedicada a la cuestión: Libertas praestantissimum, 1887), ciertamente enseñó que un régimen liberal, permaneciendo inaceptable en orden de principio, podía ser aceptado y deseado como alternativa más tolerante a un régimen más opresivo y crudamente perseguidor [39] . Valía para el comunismo y vale para el mahometismo.

Se habrá observado de qué modo, en el fragor de la polémica, se esgrimen argumentos en que se confunden el mal menor para los cristianos con el menor mal que estarían cometiendo sus adversarios, abstractamente considerado. Y por otra parte, en la práctica, no se trata tanto de la posibilidad de sustituir uno por otro, cuanto de añadir a los males del liberalismo imperante los de parcelas de poder reconocidas al islam.

Maldad y malicia

Llegados a este punto, es donde cabe reflexionar en qué consiste la maldad intrínseca del islam y en qué reside el peligro de su malicia.

No cabe duda de que por sus dogmas, su moral, su naturaleza histórica, la posesión de una escritura titulada sagrada y sus pretensiones de continuidad de los judíos y cristianos, la religión mahometana es la más próxima que existe a la cristiana.

Luego si la maldad como ‘cualidad de malo’ se considera como la distancia metafísica al bien habrá que decir que la religión mahometana es la menos mala de todas [40] . Habrá que alabarla, y hasta favorecerla en condiciones de mal menor.

Pero si se considera la malicia como ‘intención perversa’, atendiendo al origen falsificado y a sus frutos, el juicio es completamente inverso: el islam aparece como un perfecto designio anticristiano del que guardarse muy seriamente. Lo cual es perfectamente congruente con la experiencia histórica y cotidiana.

Y es que el mero parecido, incluso en igual grado, merece muy distintas calificaciones cuando es espontáneo y cuando es buscado; y cuando es deliberado la intención que ha guiado la imitación resulta determinante. En una reproducción artística se aprecia el parecido con el original como su mejor cualidad, en cambio, en un billete de banco el mayor parecido de una falsificación con el auténtico lo hace más peligroso.

La semejanza del islam con la religión cristiana sería laudable en grado sumo si fuera espontánea, como en el caso de la convergencia de dos descubridores de una misma verdad científica, pero deja de serlo si es intencionada, como en el caso del investigador plagiario. Y su caso es, ciertamente, el de una reproducción que pretende recibir el mérito de un original.

El islam es una buena aproximación –y sólo hasta cierto punto– de la religión cristiana, que no reconoce haberla imitado, que pretende ser auténtica, y que busca su suplantación.

¿Nos fijaremos sólo en lo mucho que nos une y lo ‘poco’ que nos separa (esa menor maldad intrínseca)? ¿O atenderemos a la indudable y enorme malicia que propicia precisamente el parecido buscado y no bien confesado?

La aproximación a las religiones por sus ‘valores’, reduciéndolas a ellos, se conforma con la primera perspectiva e ignora la segunda, histórica y global: el origen de la coincidencia, que nos habla de su intención. La pregunta clave sigue siendo ¿de dónde proviene esa extraña coincidencia? En última instancia: ¿las pretendidas revelaciones de Mahoma proceden del único Dios? [41]

Todos los males provocados por el islam a la religión cristiana que hemos ido examinando: competencia, persecución, confusión y distanciamiento, no son producto de múltiples factores aunados por el tiempo, sino frutos de una invención humana concreta, y llevan siglos sirviendo perfectamente a un muy eficaz designio anticristiano, como para no querer ver en ello un instrumento diabólico en que la propia religiosidad humana se aprovecha y revuelve contra la religión verdadera.

A la vista de todo ello, es más que admisible sugerir que la coincidencia de tantas manifestaciones de maldad en el islam esconde una malicia intencionada. Y aun si las falsas revelaciones de Mahoma no fueron sugestiones diabólicas, parece que el islam ha sido un instrumento del que se ha valido Satanás contra la difusión del Evangelio o la perseverancia en él. ¿Cómo habríamos de creer que el poderoso ángel caído se vale sólo de sectas satánicas marginales y no sabe ver ni emplear las grandes posibilidades que le daba y le da el islam para entorpecer la Fe y perseguir a los santos?

¿Un mal providencial?

Pero el Demonio nunca tiene la última palabra: la Divina Providencia nunca es vencida.

Decir que la misteriosa realidad del islam oculta un signo providencial es falso si se quiere significar con ello que, por ser providencial, también es bueno en sí mismo, sólo que de otra manera. Pero sí es verdad cuando consideramos que nada escapa a la Divina Providencia, y que ésta tolera los males y saca de ellos bienes inesperados para nosotros.

Por supuesto, los designios ocultos de la Providencia se nos escapan hasta que se cumplen, pero algo de ellos podemos intentar elucubrar.

Ante los males que el islam causa a la Religión y los fieles, la primera consideración, siempre válida, es la de nuestros mayores y las Escrituras: Dios lo permite por nuestros pecados, no tanto como castigo –que también-, sino para que no nos creamos merecedores de lo que nos da por Gracia.

En otro orden, la llamada de atención del islam se dirige a la tibieza de la inmensa mayoría de los cristianos. ¿Cómo sorprendernos humanamente de que la seriedad y el compromiso en la conducta de los musulmanes no sea premiada con éxitos naturales? Si lo verdaderamente sorprendente es que los cristianos, pese a nuestra tibieza en seguir plenamente nuestra Fe, pervivamos. El islam es un recordatorio, pese a ser una mala copia, de lo que debería ser la primacía de Dios y de la Religión en nuestras vidas.

Y también parece muy claro que el islam es una llamada de atención sobre la cuestión de la verdad a un cristianismo demasiado contagiado de liberalismo.

Hemos insistido en que lo que nos separa es la disyuntiva irreductible entre la veracidad de Jesús y de Mahoma.

Pero lo que más nos debe llamar la atención es la problemática de la religión verdadera: las consecuencias de la verdad.

Las palabras de una revelación verdadera deben ser observadas en obsequio de Dios, las de una falsa revelación no pueden ser respetadas incondicionalmente. Una misma actitud no merece el mismo juicio en servicio de la verdad o del error. Lo que es tolerable, lamentable o inadmisible para una falsa religión es loable e ineludible en orden al Dios verdadero.

Por lo que la cuestión de la verdad, de nuestra religión y de las otras, es de la máxima importancia. Y, en último término, ¿sabemos apreciar debidamente la gracia de haber conocido la verdadera religión que pudimos no haber tenido, se la agradecemos a Dios profundamente, y la procuramos compartir con nuestros semejantes que no la conocen? La existencia del islam es un recordatorio providencial a hacerlo. Es ésta una conclusión eminentemente positiva; procuremos concretarla un poco más.

La victoria sobre el mal

1.- Para vencer al mal lo primero es reconocerlo. Llamar bien al bien y mal al mal. El islam es un mal. Un mal cuya raíz está en la falsa revelación sobre la que se sustentan sus errores morales, que son sólo secundarios. Y un mal cuya proximidad y semejanza a la religión cristiana no lo hace menor, sino más dañino.

Por supuesto, tener claras estas nociones en el interior de la Iglesia no significa espetarlas sin más a los musulmanes. Existen motivos de prudencia y caridad para que, incluso conscientes de estar incursos en un mal, se busque hacia ellos una aproximación respetuosa, dialogante y generosa.

2.- Tampoco simplificar el doble conflicto existente. Existe un conflicto entre la religión cristiana y el liberalismo y otro entre la religión cristiana y el islam que no son reducibles a uno. Ni rehuír los defectos de la religiosidad desviada del islam nos puede llevar a comulgar con el liberalismo, ni la animadversión a éste puede fundar una alianza de fondo con el islam, desvirtuando las graves diferencias existentes.

3.- Se dice que el problema y el mal son ciertos musulmanes. Es verdad sólo si se entiende bien: objetivamente considerados, los mejores musulmanes son aquellos que no son buenos musulmanes, en el sentido de cumplidores coherentes de la totalidad de su credo.

Por eso decimos que el mal es el islam, mientras no decimos que lo sean la inmensa mayoría de sus seguidores.

Esta es una diferencia fundamental entre la Religión verdadera y las falsas: en tanto que no todos los cristianos que van a Misa son santos, pero todos los santos van a Misa, con el islam ocurre todo lo contrario: no todos los mahometanos que van a la mezquita son terroristas suicidas, pero todos los islamistas, salafitas, yihadistas y terroristas suicidas han pasado por ciertas mezquitas antes de su encuadramiento definitivo como tales.

El ya citado periodista italiano Magdi Allam dedicó buena parte de sus controversias a defender la existencia de un islam humano, argumentándolo con su propia experiencia en su Egipto natal. En ese sentido su ya citado libro Vencer el miedo constituye la instantánea de un estado intermedio de su conversión. A la postre, tras tantos años intentando sostener esa postura, se bautizó en la Fé católica ante la imposibilidad de salvar el islam en sí mismo [42] .

Es un error, de naturaleza indiferentista y de gravísimas consecuencias prácticas, el pensar y difundir que la solución es que los musulmanes sean buenos musulmanes. La única solución verdadera y definitiva es que los musulmanes se bauticen, lo cual sólo ocurrirá si les predicamos la Fe, para lo cual debemos entender primero que ése, precisamente, es nuestro deber.

Por otra parte se hace necesario advertir que los musulmanes influenciados por los peores rasgos del islam no son pocos: un sondeo reciente en Inglaterra arrojaba la cifra de más de un treinta por ciento de estudiantes mahometanos británicos que consideraba justificado asesinar en nombre del islam [43] .

4.- Los cristianos debemos pensarnos y presentarnos ante los demás con perfecta independencia del islam.

Es cierto que el espejo del Islam nos indica a veces una verdadera actitud religiosa que nunca debimos olvidar, y otras, en cambio, distorsiones sutiles que debemos evitar a toda costa. Pero, precisamente porque en él se dan ambas circunstancias mezcladas, su valor como guía, positiva o negativa, es equívoco. Se impone volver a plantear las cuestiones cristianas desde las raíces de la tradición católica exclusivamente, y tomar del Islam las ilustraciones a favor o en contra sólo a posteriori.

Como ejemplo concreto de evitar la presentación ante los ajenos de la fe cristiana como ligada al islam merece la pena recordar este pasaje del Catecismo de la Iglesia Católica: “Sin embargo, la fe cristiana no es una ‘religión del Libro’” (CEC § 108). Del mismo modo, tampoco debemos presentar la Fe cristiana como pertenenciente a la familia de las religiones monoteístas abrahámicas, porque no existe tal familia, sino la categoría que por sus características externas agrupa al original y las imitaciones fraudulentas.

5.- Se habrá observado que el primer resultado de considerar los males del islam se refiere a correcciones que los cristianos debemos acometer en nuestro interior. Errores, incoherencias y falta de firmeza en nuestros planteamientos de Fe y en las consecuencias lógicas que de la verdad se infiere, y carencias, incongruencias y tibiezas en nuestro compromiso, que debería ser ardiente, decidido y total. Éste si es un bien, indirecto, que el islam nos hace y nos hará siempre.

Y respecto a los creyentes mahometanos, ¿cuáles han de ser las consecuencias de lo considerado?

Ante todo, comprender las graves dificultades que surgen con quienes son coherentes y comprometidos con los errores mahometanos. Y limitarnos con ellos a contactos pacificadores en materias en las que pueda haber convergencia y concordancia, como la defensa de ciertos valores comunes.

Aparentemente, éste era el punto de partida que criticábamos en un principio, pero no es así: se trata de emprender dicho camino no por creer en su bondad intrínseca, sino por la dificultad de encontrar otro, y con el conocimiento de las dificultades subyacentes. Esta última frase se encuentra con cierta frecuencia en los escritos cristianos que animan a dialogar con el islam, pero falta siempre la exposición previa suficiente acerca de esas dificultades, los males del islam, que hemos procurado desarrollar aquí como preparación de la parte cristiana a tales contactos.

6.- El postrer mal que origina el islam es que su naturaleza sectaria distorsiona y deteriora de tal modo la buena voluntad de los musulmanes hacia los ajenos (presupuesto básico de la convivencia o el mero trato humano) que más parece convertirla en mala voluntad [44] .

En esas condiciones, bien advertidos, en los tratos y diálogos con el mundo islámico organizado (a diferencia del particular musulmán abierto), deben evitarse indebidos optimismos y concesiones. La palabra clave es reciprocidad. Una reciprocidad entendida en su sentido estricto, y no como una ‘inversión’ unilateral de generosidades que, se espera, fomentarán una correspondencia más adelante.

Es particularmente prudente no favorecer positivamente la institucionalización del islam en Occidente en torno a asociaciones y mezquitas. No son los musulmanes aislados los problemáticos por ‘incontrolados’, sino precisamente los que son controlados por entidades ocupadas de una mayor coherencia coránica. Si cualquier estudioso, musulmán o no, nos dirá que en la religión de Mahoma no es necesario un clero intermediario entre el fiel y Alá, no se entiende bien la obsesión por la ‘mezquitización’ de los musulmanes en occidente, y menos la colaboración a la misma de los cristianos o de los gobiernos.

Y también debe exigirse a las partes musulmanas, desde un principio, la reciprocidad en los países con leyes islámicas en la libertad para convertirse sin represalias del islam al cristianismo, o para que entren las Sagradas Escrituras, escritos cristianos y sacerdotes.

El problema de la reciprocidad es, en su mayor parte, un problema de cortedad por parte de los cristianos en su propio perjuicio:

+ Cortedad, primero, para aludir al concepto mismo de reciprocidad estricta, como si fuera algo ineducado en lugar de justo.

+ Cortedad de ánimo, porque la exigencia de reciprocidad entraña la posibilidad de que se haga necesaria una retorsión del mal padecido para conseguir que se vuelva a una reciprocidad positiva; si el cristiano cree ‑erróneamente- inmoral practicar cualquier género de presión enérgica como retorsión, y no resulta creíble al respecto, queda desarmado para reclamar reciprocidad, y no la obtendrá.

+ Y cortedad de imaginación, porque desde un concepto cristiano de igualdad de derechos para todos los hombres sin distinción de religión (el que es desconocido en el islam) es cierto que a primera vista no parece que se pueda ejercitar una retorsión por las injusticias inferidas a los cristianos en otros países sobre los musulmanes españoles o residentes en España. Pero sí se puede ejercitar una restricción sobre las ayudas, financieras o de otro género (envíos de libros o de imanes), para los grupos islámicos en occidente procedentes de países que no respeten una mínima reciprocidad con los cristianos. Y sin tales ayudas la problematicidad musulmana en occidente disminuiría enormemente.

7.- En última instancia, la solución del problema del islam es una, y sólo una: seguir el mandato final de Nuestro Señor, procurando con empeño, mediante la oración, la predicación y el ejemplo, que los mahometanos se bauticen.

Su Santidad Benedicto XVI nos ha dado ejemplo bautizando en público a un destacado converso proveniente del Islam, Magdi Allam, nada menos que en el día y lugar más señalados: la Vigilia de Pascua de 2008 en San Pedro del Vaticano. En potencia, es un gesto tan simbólico como el viaje de Juan Pablo II a Polonia en 1979: no hay que tener ni reparos ni miedo en bautizar a los que vienen del islam.

Y no es algo imposible: la Gracia de Dios viene cuando la solicitamos, y se bautizan los musulmanes menos pensados, no sólo un egipcio instalado en Italia desde hace casi cuarenta años como Magdi Cristiano Allam, sino también, más recientemente aún, Masab Yousef, hijo del líder Hassa Yousef de Hamas (es decir, la sección palestina de los Hermanos Musulmanes), incluso sabiéndose condenado a muerte por ello [45] .

·- ·-· -······-·
Luis María Sandoval



[1] La pregunta natural es: ¿por qué hay que enfatizar más lo que nos une que lo que nos separa? De lo que pretendamos es de lo que depende atender a ello o a lo contrario.

Y la respuesta implícita, nunca enunciada, es: porque previamente se ha decidido buscar argumentos en un sentido determinado y sólo en ése, a conveniencia de la decisión política adoptada de un apaciguamiento incondicional. Se ha desterrado a priori cuanto no sea optimismo o rendición.

[2] Vid. nuestro trabajo “Teopatía cristianista”, publicado en el número 114 de Arbil (enero de 2008): http://www.arbil.org/114sand.htm

[3] Recientemente la prensa titulaba “Hay que hablar de Jesús a los jóvenes, cansados de que les hablen de valores” refiriéndose a unas palabras del Cardenal Primado de las Españas, monseñor Cañizares, en la Jornada Mundial de la Juventud de Sidney (La Razón de 22-VII-2008). Éste no había hecho sino reiterar una idea de su homilía en la ordenación de sacerdotes y diáconos de 6-VI-2008: “Si uno se queda detenido en ideales y valores por muy atractivos que sean, y no se encuentra con la persona misma de Jesucristo, la ama por encima de todo, y se confía enteramente a Él, como a su Señor y Dueño, como a su Salvador, no es en sentido estricto un cristiano”.

[4] También aquí hay que precisar. Historicidad entendida como inserción en la historia, con un origen temporal concreto de ambas religiones. Pero así como un verdadero cristiano afirma la realidad de la Encarnación, Muerte y Resurección de Cristo como hechos, no puede conceder con la palabra histórico la realidad del descenso del Corán celeste a Mahoma, sea de una sola vez en en la gruta del monte Hira, la  ‘noche del destino’ (laylat al-qadr), sea de nuevo en cada sucesivo trance.

[5] Se alaba demasiado la ‘nueva’ posición de la Iglesia Católica sobre el islam que representaría la Declaración Nostra aetate (1965) sin haberla considerado en lo que omite tanto como en lo que dice:

“La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma, como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian la vida moral y honran a Dios, sobre todo, con la oración, las limosnas y el ayuno” (Nostra aetate, 1965, § 3).

Si se observa con atención percibiremos que el Concilio se refiere a los musulmanes, pero no al Islam; y que alaba ciertas creencias suyas, pero omite cualquier reconocimiento de Mahoma y del Corán, que se cuida de no mencionar siquiera. Un musulmán no se puede sentir perfectamente reconocido en tales condiciones, como no lo puede sentir un cristiano a quien se alabe su religión por ser portadora de amor, paz y de atención a los pobres sin mencionar a Jesús ni a la Resurrección que prueba su divinidad.

[6] Víd. nuestro trabajo “Esencia y papel del Islam”, publicado en el número 55 de Arbil (marzo de 2002): http://www.arbil.org/(55)sand.htm, y luego publicado como “Crítica esencial del islam” en Verbo nº 405-406 (2002) págs 417-447.

[7] Propiamente el ecumenismo se refiere a las relaciones entre cristianos en orden a su unidad, no a las relaciones interreligiosas con los no cristianos, donde no cabe posibilidad ni de unión sincretista ni de ‘retorno a la unidad’.

[8] El dios de Mahoma no sólo no es Trino, tampoco es Padre, y ni siquiera es esencialmente Amor: es misericordioso con los hombres –lo que es algo menos que amarlos-, pero podría no serlo. Alá “perdona a quien quiere y castiga quien quiere” (Corán, Sura 5, aleya 18, 20 ó 21 según las traducciones). Sobre la manera radicalmente diferente de concebir a Dios de musulmanes y cristianos véase todo el capítulo segundo de Antoine Moussali, prêtre de la mission, La croix et le croissant. Le christianisme face a l’islam (‘Editions de Paris, 1998).

[9] Medítese la conclusión del Evangelio de San Mateo: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).

[10] Hablamos del monoteísmo islámico en sí mismo, y de quien lo fundara conscientemente, no de sus seguidores contemporáneos.

[11] Pero incluso la más elaborada religiosidad oriental no está exenta de gravisimos defectos, como muy dulcemente mencionó Juan Pablo II respecto del budismo, al recordar que la soteriología del budismo constituye el punto central, si no único, de su sistema, que es “ateo”, y es contraria a la soteriología del cristianismo, por lo que aquélla tiene de negativa consideración del mundo. Vid. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, (Barcelona, Plaza & Janés, 1994, págs. 99-103). Por cierto, que la publicación en su libro de ese pasaje  ‑meramente descriptivo por otra parte - le costó a Juan Pablo II un desaire de las autoridades budistas en su viaje a Sri Lanka inmediatamente posterior.

[12] A lo largo de la historia y en el presente se encuentran infinidad de sectas de influencia cristiana nacidas en torno a la predicación de las misiones, o como flecos desprendidos de las mismas.

[13] Abordamos tan ilustrativa semejanza en “La secta de Mahoma: un mormonismo con éxito” publicado en Arbil nº 66 de febrero de 2003 (víd. http://www.arbil.org/(66)sect.htm).

[14] Con lógica superior a la de su fundador, los mahometanos atribuyen tradicionalmente a Mahoma numerosos portentos, pues comprenden que lo propio de un enviado divino es probar fehacientemente su condición. En este punto las tradiciones islámicas y el Corán son fáciles de poner en contradicción.

[15] El argumento estético del ‘desafío’ acerca de la inimitabilidad del Corán (Corán, sura 17, aleya 88 ó 90) ha sido muy desarrollado por los autores musulmanes, pero también recibió críticas, y alguno llegó a intentar escribir una imitación del Corán. De Abú-l-Alá al-Marri (muerto en 1058), uno de ellos, se dice que replicó con agudeza a los que le mostraban sus defectos “Dejad que lo lean durante cuatro siglos en los púlpitos de las mezquitas y después decidme si hace efecto” (Vid. Juan Vernet, Los orígenes del islam, Barcelona, El acantilado, 2001, págs. 61-62).

[16] Conviene saber que mientras el sobrino, ahijado y yerno de Mahoma, Alí, que se consideraba su heredero natural, estaba junto al cadáver y terminó enterrándolo, Abú Béquer dirigía la oración colectiva y se constituía en califa, aunque aquel en principio no le reconoció: la guerra civil en el mahometanismo procede de la misma muerte de Mahoma ‑que el Corán no había profetizado ni prevenido-, del cual en un primer momento el que sería califa Omar llegó a pronosticar la inmediata resurrección (Víd. Maxime Rodinson, Mahoma, Barcelona, Península, 2002, págs. 403-408; Martin Lings, Muhammad, Madrid, Hiperión, 1989, págs. 381-386, o Juan Vernet, Los orígenes del islam, Barcelona, El acantilado, 2001, págs. 123-124).

[17] El caso más suave es el de Samir Khalil Samir (Cien preguntas sobre el Islam, Madrid, Encuentro, 2003, págs. 161-162), que, pese a concluir recordando que “Desde el punto de vista cristiano no hay profecía después de Juan el Bautista ni hay revelación después de Cristo”, no da un juicio de qué es lo que fue Mahoma, y se limita a repetir descriptivamente el planteamiento islámico: “La lectura del Corán y de los hadices presentan a Mahoma ...” como sujeto de una experiencia extraordinaria, y luego a aseverar de su subjetividad sin mayor fundamento que “en cada ocasión piensa que recibe de Dios”, sin llegar a cuestionarse de dónde procedían sus pretendidas revelaciones.

[18] Tres ejemplos muy distintos servirán:

Dante, en su Divina Comedia, sitúa a Mahoma como al primer personaje que reconoce en el noveno círculo del Infierno, el de los sembradores de divisiones, y con ellas de cismas y herejías.

Precisamente, el publicista británico Hilaire Belloc, en su ensayo sobre Las grandes herejías (1936), dedicó uno de sus cinco capítulos al islam, insistiendo en que se trataba de una herejía cristiana simplificadora, aunque no surgiera en el seno de la Iglesia sino en su periferia, y planteando extensamente entonces, con el califato recién abolido y la práctica totalidad de sus pueblos bajo dominación extraña, la posible, y aun probable, resurrección del islamismo.

Y es curioso que en 1942, igualmente en la época más baja de la historia del islam, cuando nada hacía presagiar su actual recuperación, el escritor católico argentino Hugo Wast, en su novela apocalíptica Juana Tabor (Capítulo VII, Visión del porvenir), coincidiera en identificar el islam con aquella de las cabezas de la Bestia que, estando herida de muerte, se recuperó (Apo 13,3).

La tradición católica nunca ha perdido de vista la singularidad anticristiana de Mahoma y sus seguidores.

[19] Los sunnitas reprochan a los chiítas que justifiquen la mutaa o matrimonio de placer (que se contrae por una duración determinada, incluso muy breve) basándose en Corán 4,24, aleya que consideran posteriormente abrogada. Pero los árabes saudíes y del golfo –sunnitas- justifican hoy mismo el misyar, matrimonio por el que la mujer renuncia a determinados derechos, como el de que su marido las sostenga y conviva con ellas, con lo que en la práctica tal ‘matrimonio’ se vive ocultamente. Ciertamente que hay musulmanes que repudian una y otra práctica, pero el islam da pie a ellas, y nadie puede desautorizar el criterio de unos musulmanes más que el de otros.

[20] Esa es la conclusión que se extrae, aunque la autora no lo escriba explícitamente, del libro de Fátima Mernissi El harén político. El profeta y las mujeres (Madrid, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2002).

[21] Y por eso ni alargamos la enumeración ni facilitamos notas.

[22] Ello procede del énfasis exclusivo en la omnipotencia divina. Por el mismo motivo, el libre albedrío humano tropieza con grandes dificultades para ser aceptado entre los musulmanes, lo cual también lastra gravemente la moralidad islámica en general.

[23] Aunque se haga hoy poco hincapié en ello, esta verdad de la predicación mahometana como reducción de la Revelación cristiana se ha seguido predicando. Reproducimos un pasaje inequívoco de un autor de nota:

“Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la Divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de Sí mismo, primero en el Antiguo Restamento por medio de los profetas y luego de modo definitivo en el Nuevo Testamento por medio de Su Hijo. Toda esa riqueza de la autorrevelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en el islamismo ha sido de hecho abandonada.”

“Al Dios del Corán se le dan unos nombres que están entre los más bellos que conoce el lenguaje humano, pero en definitiva es un Dios que está fuera del mundo, un Dios que es sólo Majestad, nunca el Emmanuel, Dios-con-nosotros. El islamismo no es una religión de redención. No hay sitio en él para la Cruz y la Resurrección. Jesús es mencionado, pero sólo como profeta preparador del último profeta, Mahoma. También María es recordada, Su Madre virginal: pero está completamente ausente el drama de la Redención. Por eso, no solamente la teología, sino también la antropología del Islam, están muy lejos de la cristiana”.

Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, (Barcelona, Plaza & Janés, 1994, pág. 106) Las cursivas están en el original.

[24] Esta última afirmación procede de la experiencia histórica, y, en particular, de la contemplación de la suerte de los mozárabes toledanos, a la postre liberados merced a los astur-leoneses-castellanos, y no por ninguna evolución interna del califato mediante el crecimiento de la influencia mozárabe (cuya historia comienza por la sumisión forzada de la totalidad de la población, es decir, por la situación de máxima influencia social posible). Lo más próximo a la autoliberación de los mozárabes andalusíes... fue, subráyese, la insurrección armada del muladí Omar ben Hafsún, que terminó retornando a la religión de sus antepasados cristianos antes de ser derrotado.

[25] No se resalta suficientemente la cruel fisonomía que presenta una religión en que las normas “Conviértete o sométete (si perteneces a una religión del libro)”, “Conviértete o muere (si eres pagano o ateo)”, y “El apóstata del islam debe morir” no son excesos, sino principios cuya pertenencia al cuerpo doctrinal del islam nadie niega, y acerca de los cuales tan sólo se puede argumentar –si acaso- que la práctica de los mismos se relaja de hecho.

De la consideración de dichas normas se sigue fácilmente una conclusión como ésta:

El islam no ha aprendido nunca a ser una religión. Por naturaleza es una tiranía. Hasta que aprenda a dejar que la puerta oscile hacia ambos lados, y permita que los musulmanes decidan no ser musulmanes sin ser castigados, el mundo no tendrá más remedio que luchar contra ellos para ser libre [...] Mientras los musulmanes corrientes piensen que es su deber matar a cualquier musulmán que intente dejar de serlo, mientras piensen que tienen el sagrado deber de empuñar las armas para obligar a los que no son creyentes a obedecer la ley islámica... no podrás liberalizar eso, no podrás convertirlo en un sistema decente para nadie. Ni siquiera para los musulmanes”.

Incluso si se considera este juicio demasiado severo como para compartirlo, al menos debería ser debatido en los tratados acerca del islam. Pero la otra tiranía de lo políticamente correcto hace que tal idea sólo se pueda imprimir ¡en una novela de ciencia ficción! (Orson Scott Card, La sombra del gigante, Barcelona, Ediciones B, 2006, págs. 262-263).

[26] Cabe pensar muy seriamente que la rigidez amenazadora de la sharía recubra una realidad de incredulidad interior y fingimiento externo no muy diferente, ni menos extendida, de la que se puso de manifiesto en la Polonia comunista con las masivas concentraciones de recibimiento a Juan Pablo II en junio de 1979, que supusieron el comienzo del fin del bloque soviético.

[27] Al respecto, compárese con el protestantismo. Siempre ha habido, tanto entre los nacidos en el protestantismo, como incluso en los convertidos a él, quienes han completado la conversión a la Iglesia Católica. No existen experiencias análogas significativas entre musulmanes.

[28] Vietnam, Japón, China son tres casos diferentes que han conocido tales oscilaciones, incluso más de una vez.

[29] De pasada, no debe dejar de advertirse lo falso del presunto pacifismo de los politeístas, que acostumbran a entronizar en sus panteones dioses de la guerra. En cambio los monoteistas han de ver en sus enemigos a potenciales y deseables hermanos en religión, susceptibles de conversión, lo cual siempre atenuará algo los planteamientos hostiles de guerra de exterminio.

[30] Quizá este peligro es mínimo en el presente, pero históricamente se han producido contaminaciones de este género. La noción medieval de una sociedad dividida en comunidades religiosas, con sus consecuencias de desigualdad y segregación, parece un espejo de lo que en el mundo islámico no sólo fue y es una realidad, sino que era y es una consecuencia directa del Corán y los hadices.

[31] Recato y modestia en el vestir siguen siendo preceptos cristianos, pero una casuística imperativa como la del hiyab, el chador, el burka y la radical segregación de sexos son exageraciones caricaturescas que invitan a su repudio. Y, sin embargo, el tanga no puede convertirse en el estandarte de la libertad cristiana. La reivindicación de la minifalda y el bikini como justos emblemas de libertad, que a veces vemos en la prensa, vendrían a simbolizar en este terreno la reacción de los católicos contra la misma autenticidad cristiana por mirarla en el espejo deformante del islam.

[32] Decimos tolerado, que no permitido. Incluso en el nuevo y dulcificado Código de Derecho Canónico de 1983, el matrimonio de un católico con otro cristiano no católico está “prohibido” sin licencia expresa de la autoridad competente (Cánones 1124-1125), en tanto que el matrimonio de un católico con un no bautizado es, además, “inválido” (nulo, no llegaría a ser matrimonio), y sólo se puede celebrar mediante dispensa del impedimento (Canon 1086); en ambos casos mediando causa justa y razonable, y sometida a condiciones.

Por eso, en el precedente Código de Derecho Canónico de 1917 se añadía “Los Ordinarios y los demás pastores de almas: 1º Hagan cuanto esté en su mano para que los fieles cobren horror a los matrimonios mixtos ...” (antiguo Canon 1064), y esto, que se predicaba ya de los matrimonios con cristianos acatólicos, se aplicaba a los de disparidad de culto con mayor razón (antiguo Canon 1071).

[33] Sobre la cuestión víd. Luis María Sandoval, “¿Lenin o San Mauricio?” en Ahora información nº 55 de I/II-2002, págs. 6-10.

[34] Víd. la comunicación de Luis María Sandoval al IX Congreso Católicos y vida (Madrid, 17‑XI-2007) “Límites para el islam en España”, publicada en Arbil nº 116 (junio de 2008): http://www.arbil.org/116isla.htm .

[35] “Si bien es cierto que no todas las mezquitas son integristas, extremistas o terroristas, sin embargo, también lo es que todos los integristas, los extremistas y los terroristas se han convertido en tales dentro de una mezquita. He aquí por qué si se quiere derrotar al terrorismo es necesario erradicar los lugares físicos y mentales en que se forma la ideología de la muerte” (Magdi Allam, Vencer el miedo, Madrid, Encuentro, 2008, págs. 177-178)

[36] Una vez aceptado inicialmente el pretexto de la libertad religiosa para las desviaciones morales es luego muy difícil frenar en seco tal tendencia. Recordemos que la crueldad de la mutilación femenina es una realidad, incluso en España. Su origen no será musulmán, pero ciertos mahometanos, sobre todo africanos, la practican, echándose en falta las condenas efectivas de sus correligionarios, mientras que algunos de ellos incluso la justifican en base a algún hadiz de por sí ambiguo. (Al respecto, vid. Jean-Pierre Péroncel-Hugoz, Le radeau de Mahomet, Paris, Flammarion, 1984, pags. 177-183). ¿Qué haremos al respecto?

[37] Víd. la comunicación de Luis María Sandoval al IX Congreso Católicos y vida (Madrid, 17‑XI-2007) “¿Premisa o fruto? ¿Mínimo o ideal?”, publicada en Arbil nº 116 (junio de 2008): http://www.arbil.org/116luis.htm

[38] Algunos, teorizando desde la barrera, creen que la persecución abierta es un bien que garantiza la pureza de la Fe (sin duda de los que la mantienen hasta el final, pero no de los que puedan claudicar). El Evangelio, sin embargo, no parece aducible a favor de preferirla: “Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra.” (Mt 10,23).

[39] “Si comparamos esta clase de Estado moderno, de que hablamos [liberal], con otro Estado, real o imaginario, que persiga tiránica y abiertamente a la religión cristiana, podrá parecer el primero más tolerable que el segundo. Sin embargo, los principios en que se basa son tales, como hemos dicho, que no pueden ser aceptados por nadie” (León XIII, Immortale Dei, 1881, § 21).

“Donde exista ya o donde amenace la existencia de un gobierno que tenga a la nación oprimida injustamente por la violencia o prive por la fuerza a la Iglesia de la libertad debida, es lícito procurar al Estado otra organización política más moderada, bajo la cual se pueda obrar libremente. No se pretende en este caso, una libertad inmoderada y viciosa; se busca un alivio para el bien común de todos; con ello únicamente se pretende que donde se concede licencia para el mal no se impida el derecho a hacer el bien” (León XIII, Libertas praestantissimum, 1887,  § 31).

Es cierto que esta situación [separación Iglesia-Estado, indiferentismo religioso de éste] existe en algunos países. Pero esta situación de la Iglesia, si bien tiene muchos y graves inconvenientes, presenta, sin embargo, algunas ventajas, sobre todo cuando el legislador, con una feliz inconsecuencia entre la legislación promulgada y el propio legislador, se muestra imbuido de los principios cristianos y gobierna cristianamente. Estas ventajas no pueden justificar ni enmendar el falso e injusto principio de la separación ni autorizan a nadie para defenderlo. Sin embargo aquellas ventajas hacen tolerable un estado de cosas que prácticamente no es el peor de todos” (León XIII, Au milieu des sollicitudes, 1892, § 41).

Los principios liberales son inaceptables, pero una realidad liberal no radical puede ser un mal menor que una situación de menor libertad práctica para el bien.

[40] El caso del judaísmo es aparte, puesto que los últimos veinte siglos continúa la única religión verdadera, sólo que sin recibir a Cristo.

[41] Puede que la respuesta sea compleja, y que algunos oráculos de Mahoma no merezcan los mismos dictámentes que otros. Enfermedad mental, autoconvicción sincera, simulación consciente, influencia diabólica, son explicaciones que se han manejado en tiempos de mayor inquietud por indagar la verdad y sus causas, y que también podrían haberse conjugado en una misma persona y distintas ocasiones.

Para los cristianos que hoy insisten pertinazmente en la ‘incontestable’ autenticidad de la experiencia religiosa de Mahoma, convendría, además, considerar el juicio de un maestro de espiritualidad como San Ignacio de Loyola, que  prevenía no sólo “que es propio del ángel malo que se disfraza de ángel de luz entrar con lo que gusta al alma devota y salir con el mal que él pretende”, sino que incluso “cuando la consolación es ‘sin causa’, aunque en ella no haya engaño por ser de Dios nuestro Señor sólo, como está dicho, sin embargo, la persona espiritual a quien Dios da esa consolación debe mirar con mucha vigilancia y atención dicha consolación, y discernir el tiempo propio de la actual consolación del tiempo siguiente en que el alma queda caliente con el fervor y favorecida con los efectos que deja la consolación pasada; porque muchas veces en este segundo tiempo por su propio discurrir relacionando conceptos y deduciendo consecuencias de sus juicios, o por el buen espíritu o por el malo, forma diversos propósitos y pareceres que no son dados inmediatamente por Dios nuestro Señor; y por tanto hay que examinarlos muy bien antes de darles entero crédito o ponerlos por obra” (Ejercicios espirituales, Reglas para la discrección de espíritus para la segunda semana, reglas 4ª y 8ª).

Si tales cautelas se deben tener para las experiencias religiosas de las almas cristianas no se entiende por qué no habrían de aplicarse dichas reservas a algunas experiencias de Mahoma, sobre todo al principio, para dar algo más de luz sobre su vocación profética.

[42] “Pero hubo otros dos factores que incidieron en mi conversión: el primero fue el hecho de haber sido amenazado a partir de 2003. Esto me obligó a reflexionar no sólo sobre la realidad del extremismo y del terrorismo islámico, sino también sobre el islam como religión, a partir del momento en que estos extremistas y terroristas islámicos hacen lo que hacen en nombre del islam. Me vi obligado a analizar el Corán y la obra y el pensamiento de Mahoma y descubrí que hay profundas ambigüedades que permiten legitimizar la violencia y el terrorismo” [...]

“Hay que distinguir al islam como religión y a los musulmanes como personas. Si yo decidí convertirme, es totalmente obvio que lo hice porque maduré una valoración negativa del islam. Si yo pensara que el islam es una religión verdadera y buena, no me habría convertido, habría seguido siendo un musulmán. Pero nosotros vivimos en una Europa que está enferma de relativismo y que está sometida a lo políticamente correcto. Entonces hay que decir que todas las religiones son iguales, prescindiendo de sus contenidos, y no hay que decir nada que pueda hurtar la susceptibilidad de los demás. Pero yo rechazo esto porque creo que el ejercicio de la libertad de expresión no puede ser limitado. Y digo lo que pienso”.

(Entrevista para La Nación de Buenos Aires, publicada el 31-III-08, y reproducida por Aciprensa el 1-IV-08 en http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=20637)

[44] Desgraciadamente, se trata de una actitud con fundamentos estrictamente coránicos, así: “¡Creyentes! ¡No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos!” (Corán sura 5, aleya 51, 53,  54 o 56 según la edición) o “¡Creyentes! No toméis como amigos a quienes, habiendo recibido la Escritura antes que vosotros, toman vuestra religión a burla y a juego, ni tampoco a los infieles.” (Corán sura 5, aleya 57, 59,  60 o 62 según la edición). A lo largo del Corán se repiten las aleyas con esta indicación de no tomar como amigos a los infieles ni a los poseedores del Libro.

[45] Vid. Aciprensa de 15-VIII-08 en http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=22331


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