| Isidoro:
una vida dedicada a la educación y la cultura
Isidoro
nace en torno al año 550, siendo su padre Severiano, un
funcionario de origen romano radicado en Cartagena que, ante la
ocupación bizantina de 554, huiría con su familia para
instalarse en la ciudad de Sevilla.
No
mucho después, en torno al 562, murieron los padres de
Isidoro, por lo que su hermano mayor, Leandro, se encargará
del cuidado y formación de sus hermanos, decidiendo fundar dos
monasterios, uno para hombres, – a cuyo frente se pondría
él mismo como abad –, y otro para mujeres, en el que
ingresaría su hermana Florentina, fundando además una
escuela monacal donde se enseñaría el trivium
y el cuadrivium ,
y donde el joven Isidoro se formaría.
En
torno a los años setenta, Leandro sería aclamado como
obispo de Sevilla, precisamente en el momento en que Hermenegildo,
hijo de Leovigildo, es enviado a la ciudad del Betis, donde habría
de convertirse al catolicismo por mediación de su esposa
Ingunda, católica y franca, y del obispo hispalense que, a
raíz de éste acontecimiento se vería obligado a
abandonar su sede metropolitana en dos ocasiones.
Sin
embargo, Leovigildo era consciente de que, para conseguir la unidad y
la fortaleza del reino, era necesario homogeneizar ideológicamente
a sus súbditos romanos y germanos, homogeneización que
no podría producirse desde el arrianismo, sino a través
del mayoritario catolicismo, especialmente arraigado en las más
pobladas y ricas regiones meridionales, y entre la culta y todavía
poderosa aristocracia territorial y de servicio de origen
hispano-romano. Así, el monarca godo, decidido a fortalecer al
reino, acabará por designar a Leandro como consejero de su
hijo Recaredo, el cual procederá a proclamar la unidad
religiosa al convocar en 598 el III Concilio de Toledo, al que
asistiría el joven sacerdote Isidoro acompañando a su
hermano. La
designación de Leandro como consejero del rey será
fundamental para Isidoro, dado que su hermano se veía obligado
a pasar la mayor parte del tiempo en la corte de Toledo, lejos por
tanto de Sevilla, lo que permitiría a Isidoro desarrollar sus
capacidades sin quedar eclipsado por su hermano. Tampoco podemos
ignorar que dicha designación sería decisiva para
introducir a Isidoro en el ámbito de la corte y de la alta
política. Sin embargo, el
autor de las Etimologías, aunque desarrolle a lo largo
de su vida una destacada actividad intelectual en los planos
filosófico y político, parece inclinarse más
bien hacia una vocación educativa: Como
abad del monasterio fundado por su hermano, manifestará una
profunda preocupación por la formación y la cultura,
incidiendo tanto en la formación de los clérigos, como
en la de los alumnos de las escuelas monacales. Para
mejorar la formación de los clérigos escribirá De
officiis eclesiasticis,
así como una Regla, inspirada en autores como San Benito, San
Agustín, San Jerónimo o San Cesáreo de Arlés,
autores que, por tanto, conocería sobradamente. Y es que, la
recopilación y copia de textos y códices de autores
clásicos y cristianos, será una actividad fundamental
que Isidoro estimulará con gran celo. Se ocupa además,
de organizar adecuadamente la educación y los planes de
estudio de la escuela monacal, escribiendo algunos libros de texto
para los alumnos, actividades todas éstas que nos revelan cuál
es su auténtica vocación: La enseñanza. Al
morir Leandro en 599, Isidoro le sucederá tanto en la silla
episcopal hispalense, como en su función de consejero del rey
Recaredo, si bien el violento acceso al poder del tirano
Witerico,
en detrimento del hijo de Recaredo, Liuva II, parecen llevar a
Isidoro a un prudente segundo plano, replegándose a su sede y
desarrollando una actividad política mucho más
limitada, lo cual resulta lógico si tenemos en cuenta la
estrecha relación existente entre el padre del depuesto Liuva
II y el obispo sevillano.
Será
con la llegada
al trono de Sisebuto, el «carísimo
hijo» del
que había sido preceptor, cuando San Isidoro emprenda una
febril actividad intelectual que se proyectará en obras como
el Chronicon
(escrito en 615), Las
Historias de los godos, vándalos y suevos,
escritas durante los reinados de Sisebuto y Suintila, las Sententias
y, por supuesto, las Etimologías,
compuestas al final de su vida, obras todas éstas cuya
finalidad sería fundamentalmente educativa y divulgativa.
Es
esta vocación por la enseñanza y la pedagogía,
en su sentido etimológico, y en la línea de
Cristo-Maestro – imagen muy popularizada durante la Antigüedad
Tardía según Henri Marrou – la clave para
entender la obra de San Isidoro, en cualquiera de sus aspectos.
Pedagogía
política en las obras de carácter histórico de
San Isidoro
Junto con la
Filosofía, la Filología o las Ciencias, la Historia es
una de las disciplinas que Isidoro cultiva con mayor dedicación,
habiéndonos dejado dos
importantes obras de carácter histórico: El Chronicon
y Las
Historias de los godos, vándalos y suevos,
donde se incluiría la Recapitulación,
obra en la que se exalta a los godos, y De
Laude Spaniae
o Alabanza de España.
Como hemos
venido repitiendo, la vocación por la enseñanza va a
marcar el carácter de la obra intelectual isidoriana, lo cual
se manifiesta con bastante claridad en los diferentes estilos
empleados en cada una de las obras de carácter histórico
por él escritas: Así,
el Chronicon
parece anticipar, en su concepción, a las Etimologías
dado el carácter enciclopédico que presenta, pues ésta
obra es un compendio de todo el saber histórico de la época,
cuyo objeto parece ser el de servir de manual o texto de referencia
para el estudiante de las escuelas monacales.
De bien
distinto carácter son
Las
Historias de los godos, vándalos y suevos,
que parecen estar más bien dirigidas a la educación de
los monarcas. No en vano, como señala Rodríguez Alonso
con respecto al Laus
Gothico,
éste sería «un
canto de exhortación en el que el elogio se utiliza como
acicate para la acción futura y para la conservación de
la gloria y del honor» [1],
de manera que dichas historias no tendrían tanto un valor
meramente erudito, como un objeto pedagógico, de tal forma que
casi podría considerarse como uno de los primeros “espejos
de príncipes”, fecundo género que florecería
siglos después.
Esta
diferencia de finalidad, se manifiesta también en la
estructura y el estilo de los textos: Mientras que en el Chronicon
el propio San Isidoro señala que su obra se inspira en autores
como Julio Africano, que «fue
el primero en redactar, en tiempos del emperador Marco Aurelio
Antonio, un compendio del encadenamiento de los tiempos por
generaciones y reinados»,
o San Jerónimo y Eusebio de Cesaréa, «quienes
publicaron, en forma de tablas cronológicas, una historia
múltiple, ordenada simultáneamente por reinados y por
épocas»[2]en
Las
Historias,
según Rodríguez Alonso, Isidoro «no
es fiel al orden expositivo y cronológico de las actuaciones
de un determinado reinado» [3], y
no ofrece apenas datos, escribiendo con un estilo más vago y
literario, y prefiriendo transmitir anécdotas de carácter
religioso a informaciones de carácter político,
institucional, diplomático, etc.
Para
Rodríguez
Alonso, San Isidoro se remite a Dios para explicar la Historia,
incidiendo en la actuación de la Providencia en los
acontecimientos humanos y el devenir histórico.
Indudablemente, para el obispo hispalense, Dios es motor de la
Historia, participa en la Historia y ésta misma no es sino la
Historia de la Salvación, mas, sin embargo, esta realidad no
nos puede llevar a considerar que San Isidoro y su obra no pasa de
ser una interpretación teocéntrica simplista. De
nuevo, es fundamental no obviar que la obra de San Isidoro no puede
entenderse sin tener en cuenta su vocación educativa y
pedagógica.
Efectivamente,
si el Chronicon
serviría
más bien de manual de referencia para los alumnos de las
escuelas monacales, las Historias
parecen estar más bien dirigidas a la formación de los
reyes, dado que no podemos olvidar que San Isidoro fue consejero y
preceptor de varios monarcas. Así,
cuando
hace referencia a las malas conductas de ciertos reyes y sus
dramáticos finales, no está más que
transmitiendo a las futuras generaciones de gobernantes, que las
malas conductas conllevan la ruina y el castigo: Es, nada más
y nada menos, que una historia ejemplarizante que viene a recordar,
de una manera didáctica, el principio de si
recte faces rex eris, si non faces non eris,
que expresa toda una elaboración ideológica sobre el
ordenamiento político, basada en el principio de que los
gobernantes ejercen un ministerio
encargado por Dios mismo para llevar la justicia y la piedad a sus
reinos. San Isidoro, en vez de elaborar complejos y eruditos tratados
filosóficos o de teoría política o jurídica,
decide transmitir dichos conceptos y principios a través de
una historia ejemplar y de una manera didáctica. Se trata
pues, como ya comentamos a propósito del De
Laude Spaniae,
de textos de carácter educativo que han de servir para la
acción futura, y no tanto de una obra de erudición
histórica.
Por
su parte, este modelo presenta grandes similitudes con el supuesto
Discurso
de Constantino ante el Concilio de Nicea,
reproducido por Eusebio de Cesarea, por cuanto, tanto en uno como en
otro caso, se señalan a gobernantes que, por no cumplir con
los designios de Dios, acaban sus días de manera dramática.
Ahora bien, aunque ambos textos tienen un carácter
ejemplarizante, el de Eusebio de Cesarea parece que pretende ser una
obra de Historia, – por eso reproduciría un documento –,
mientras que el texto de San Isidoro tiene una marcada
intencionalidad educativa.
Otro de los aspectos más
sobresalientes de la obra isidoriana sería la armónica
conexión que hace de distintas tradiciones historiográficas,
generando un modelo que quizás tiene su antecedente en las
Historias de Eusebio de Cesarea, el cual consigue hacer de la
Historia de Roma parte de la Historia de la Salvación; así,
en el Chronicon,
aparecería la historia bíblica de tradición
judía y la historia universal de tradición clásica.
Sin embargo, en las Historias,
«la
crónica isidoriana nos presenta una visión universal y
providencialista de la Historia en el marco de la cual se ensamblarán
la historia particular y nacional de los godos» [4]
Para
Rodríguez Alonso esto, es decir, la aparición de una
historiografía de carácter “nacional”,
constituiría una de las más sobresalientes novedades
historiográficas de la época, al marcar el fin del
universalismo greco–romano y el inicio del “particularismo
nacional” de los reinos germánicos.
Pero,
¿podemos
afirmar que estamos ante una historiografía de carácter
nacional ligada al nacimiento de los reinos germánicos?. Para
Rodríguez Alonso, la
Historia de los Godos, Vándalos y Suevos
constituye «el
primer monumento claro de historiografía de concepción
nacional»,
afirmación que vendría a ser confirmada por los
términos en los que se expresa el De
Laude Spaniae.
Ciertamente, el contexto histórico
favorece la generación de una historiografía nacional:
Ya
vimos que Leovigildo lleva a cabo una intensa labor de unificación
territorial que habría de culminar con la unificación
religiosa, una homogeneización cultural, política y
étnica cuyo objetivo era acabar con cualquier elemento
disgregador y debilitador de la unidad y fortaleza del reino. Ante la
fuerza del catolicismo, Leovigildo preparará el proceso de
conversión del reino a dicha confesión, acto
simbolizado en 589 con la conversión del rey Recaredo, en el
marco de la celebración del III Concilio de Toledo.
Ahora
toda la población del Reino de Toledo podía tener en el
rey visigodo a su monarca, compartía una misma fidelidad y
unos mismos intereses: Si a principios del S. V la conciencia
«nacional» goda cristaliza [5],
- en un fenómeno que se ha venido llamando etnogénesis
- en este momento se estarían poniendo las bases para la
cristalización de una nueva comunidad nacional, la
hispano–goda, diferenciada de los demás reinos
germánicos y, lo que es más importante, de Bizancio.
De
hecho, es Leovigildo el que inicia la imitatio
imperii,
que no es una mera imitación de algunos aspectos formales
relacionados con el Imperio, sino un plan consciente que tiene como
fin dejar muy claro, tanto de cara al interior como de cara al
exterior, que el Reino de Toledo, siendo continuador directo y
heredero de Roma, es ya un reino soberano y por eso, plenamente
independiente, en el que el rey ejerce todas las prerrogativas
propias de la soberanía que hasta ese momento eran exclusivas
del poder imperial, – como por ejemplo, acuñar moneda
con la efigie propia –. Así, el rey visigodo deja de
sentirse vicario del poder imperial, pues entiende que su poder
soberano no deriva ya del emperador, sino de Dios, por lo que su
soberanía no es delegada sino independiente de cualquier poder
temporal al estar sólo ligado a Dios.
El
III Concilio de Toledo pondría las bases ideológicas de
este proyecto político, al hacer de la monarquía
visigoda, una monarquía católica cuyo fundamento sería
la idea de que el poder procede de Dios, un poder que habría
sido otorgado por la divinidad para combatir la impiedad, la
injusticia y el pecado y defender a la Iglesia.
Ya Gregorio
I habría escrito al rey Childerico que «ser rey no
tiene nada en sí de maravilloso, puesto que otros lo son, lo
que importa es ser un rey católico», de manera que
el propio Papado estaba relativizando la figura del emperador de
Bizancio, ya que lo que legitimaba a un príncipe era su
sincera adhesión al catolicismo y su defensa de la Iglesia: No
es de extrañar que, a tenor de la protección dada por
Carlomagno al Papado, León III acabara coronándole como
emperador, desconociendo la autoridad del emperador
constantinopolitano, cuyo trono además, se consideraría
poco menos que vacante o indigno, al estar ocupado en ese momento de
forma interina por la emperatriz Irene.
Pero,
¿estamos ante una ruptura, o más bien ante una
reorientación del modelo historiográfico?, es decir,
San Isidoro y su pretendido modelo historiográfico
“nacional”, ¿supone una ruptura con la idea de
Imperio y con el modelo ideológico e historiográfico
vigente durante la Antigüedad Tardía?.
Habíamos
dejado dicho que la Iglesia, empezando por el papa Gregorio I Magno,
está profundizando en una doctrina política según
la cual el monarca recibe un ministerio de Dios para defender la
Iglesia, la justicia y la piedad, radicando su dignidad regia
precisamente en el cumplimiento de esta tarea encargada por la
divinidad. Pues bien, el Imperio Romano de Oriente estaba perdiendo
la consideración de defensor de la Iglesia, dado que los
emperadores bizantinos estaban presionando a la misma para someterla
a su control y además, ante las numerosas convulsiones
político–religiosas y teológicas que sacudían
Oriente, los gobernantes constantipolitanos se habían mostrado
en ocasiones condescendientes con las actitudes y tendencias
heterodoxas.
Ante tal
situación, Isidoro quiere hacer de la monarquía
visigoda la nueva defensora de la Iglesia, tarea que el Imperio
Romano de Oriente no estaría cumpliendo. Por eso, no se está
cuestionando la dignidad imperial en favor de las soberanías
nacionales, sino que se está cuestionando el que los
gobernantes bizantinos sigan teniendo la dignidad imperial, dado que
ésta es un ministerio basado en la defensa de la Iglesia y la
piedad, y los gobernantes orientales no están cumpliendo la
tarea encomendada por Dios. Así, de la misma manera que los
romanos fueron elegidos por Dios para expandir y defender el
cristianismo, – como lo serían los francos siglos más
tarde –, ahora es el pueblo visigodo el elegido por Dios para
defender a la Iglesia y la ortodoxia. Aunque suevos o francos eran
también católicos, los visigodos manifestarían
indicios más claros de ser el pueblo elegido, no sólo
porque su monarca fuera considerado vicario imperial, o hubieran
conservado más elementos de la Romanidad, sino que también
a tenor de los éxitos militares de Leovigildo.
Por eso
decimos que no hay una ruptura contundente, si acaso una
reorientación del modelo historiográfico:
Por un lado,
siguiendo a Paulo Orosio, San Isidoro plantea que, de la misma manera
que la Providencia había propiciado la constitución del
Imperio Romano para extender el cristianismo por todo el mundo
conocido, ahora habría ayudado al pueblo visigodo a acabar con
los vándalos y alanos, a someter a los suevos y a otros
pueblos indígenas peninsulares y, sobre todo, a expulsar a los
bizantinos, a fin de propiciar la formación de un poderoso
reino en Hispania que habría de garantizar la defensa de la
Iglesia, la ortodoxia, la piedad y la justicia, especialmente ahora
que se veían atacadas muy especialmente por Constantinopla.
En
definitiva, aunque podamos estar ante un programa de justificación
del desligamiento de los godos respecto de Bizancio, de la expulsión
de los bizantinos de Hispania y del carácter plenamente
soberano del monarca visigodo, desde un punto de vista
historiográfico, no estamos ante una ruptura radical del
modelo greco–latino, y menos aún se puede afirmar que se
pase de un modelo universalista a un modelo “nacional” o
particularista, como defienden Menéndez Pidal o Rodríguez
Alonso.
Al
fin y al cabo, este último autor señala cómo,
desde Adrianópolis, los cristianos barruntan la translatio
potestatis del
pueblo romano a los bárbaros, pueblos que habrían de
regenerar a la decadente Roma. Por tanto, estamos ante el mismo
planteamiento de Polibio, que considera que Roma no es más que
la sucesora de Grecia sin solución de continuidad: La «moral»
que había generado la Civilización griega habría
sido asumida por el más digno pueblo romano cuando el griego
entró en decadencia por olvidar los principios morales...
Ahora era el pueblo godo el que encarnaría los valores de
Roma, en este caso los valores romano–cristianos, ante la
decadencia del pueblo latino.
Por
lo tanto, San Isidoro no está cuestionando el concepto de Roma
Aeterna
para defender el concepto de “reino nacional”, sino que
está actualizando esa Roma
Aeterna
en los visigodos, que no serían más que continuadores
de la grandeza de Roma y de los valores que encarna, en detrimento de
un decadente y consumido pueblo romano que habría dejado de
ser protagonista de la Historia. De
hecho, es muy interesante notar que la Continuatio Hispana
explica la destrucción del reino visigodo en 711, precisamente
en base a que los visigodos habían dejado de ser un pueblo
santo, para caer en todos los pecados e indignidades, siguiéndose
pues, y todavía en la segunda mitad del S. VIII, dicho modelo.
Rodríguez
Alonso considera que San Isidoro pretende ligar el destino del pueblo
visigodo a la tierra de Hispania, lo que contribuiría a
reforzar la idea de que está creando una historiografía
nacional, incluso nacionalista, frente a los romanos y bizantinos,
que casi recibirían la consideración de extranjeros en
un territorio peninsular que pertenecería por derecho a los
visigodos. Sin
embargo, ese programa de justificación al que antes hacíamos
referencia, no se basa en un supuesto nacionalismo godo anti–romano
de San Isidoro: Su supuesta animadversión hacia lo
romano–bizantino tiene que ver más con la impiedad e
indignidad en la que este pueblo habría caído, que en
un supuesto racismo anti–romano o exaltación
nacionalista o étnica de los godos.
Efectivamente,
la lectura atenta de la propia Historia no revela una especial
animadversión hacia los romanos o bizantinos, no al menos con
un sentido nacionalista o racista – él mismo era
hispano-romano - : Para San Isidoro, los romanos sencillamente
habrían quedado sumidos en la decadencia y el error, pues ya
no asumían ni defendían los valores de la Roma Eterna y
Cristiana. No hay, pues, una defensa de la “nación”
goda, como nación, sino del pueblo godo como defensor de la
“moral”, como continuador de la obra de Roma y pueblo
elegido por Dios para desempeñar dichas tareas. Así,
considero que la tesis de Rodríguez Alonso sobre el supuesto
alborozo de San Isidoro ante las victorias godas sobre los romanos,
es inexacta y está mal enfocada: El obispo hispalense celebra
y se deleita por la gran victoria obtenida por Constantino, el
emperador que cumple con los designios de la Providencia, sobre los
visigodos, victoria por la que habría restaurado Roma[6].
Y es que los
romanos sólo reciben críticas cuando arremeten contra
la Iglesia, se muestran paganos o herejes o no cumplen con la moral o
la piedad cristiana: Así, Valente recibe duras críticas,
no por ser romano, sino porque “valiéndose de vil
persuasión, asoció a los godos al dogma de su error e
infundió en tan ilustre pueblo el virus pestífero de
funesta semilla” , es decir, la herejía arriana, de
manera que el emperador, que tan alta responsabilidad tenía en
cuanto a la evangelización de los pueblos, no sólo no
cumplió con su deber, sino que además los llevó
a la herejía: Como no podía ser de otra manera, Valente
recibió su castigo y “mereció ser quemado en
vida por un fuego temporal aquel que había entregado al fuego
eterno almas tan bellas” [7].
Tenemos el
caso de otro romano, el general Litorio, cuya derrota y muerte parece
efectivamente alegrarle, pero no por ser romano y haber sido
derrotado por los godos, sino por haber consultado a los harúspides
u oráculos ligados a la religión pagana, y haber sido
derrotado por un pueblo, que aunque confundido a causa de la perfidia
de Valente, aunque hereje, era cristiano. La enseñanza, por su
parte, es clara: su derrota y muerte “hizo ver (...) cuánto
provecho podía haber obtenido de aquella multitud que sucumbió
con él, si hubiese querido hacer uso de la fe más que
de los engañosos portentos de los demonios” [8].
Los
visigodos no dejan de recibir acervas y duras críticas por
parte de San Isidoro, como es el caso de Atanarico, que “promovió
una cruelísima (sic) persecución contra la fe”
[9] o Ragadaiso, “entregado al culto de la
idolatría”, inhumano, fiero y bárbaro, que
había prometido ofrecer la sangre de los romanos a sus dioses,
“por desprecio de Cristo”, y cuyos seguidores
morirían “más por el hambre, que por la
espada” [10], es decir, de una manera mucho más
dramática y lenta. Pero, aunque “los godos
permanecieron en la maldad de esta blasfemia (el arrianismo) en el
correr de los tiempos y el sucederse de los reyes, durante 213 años.
Finalmente, acordándose de su salvación, renunciaron a
la arraigada perfidia y llegaron por la gracia de Cristo a la unidad
de la fe católica” [11], es decir, que
mientras que los romanos decaen, el pueblo visigodo está en
tránsito hacia su conversión, de manera que sus éxitos
sobre los cada vez más indignos romanos no están sino
preparando la constitución de un poderoso reino godo defensor
de la Iglesia y la fe.
Así,
la simpatía que manifiesta San Isidoro hacia el pueblo
visigodo tiene poco que ver con una suerte de nacionalismo godo, sino
en base a que éstos manifiestan una profunda y fervorosa
piedad y temor a Dios. De ahí que se detenga a contar el caso
de Alarico que, aunque “cristiano sólo de nombre”
– dado que profesaba la herejía arriana –, es
ejemplo de piedad y fervor, signo que anuncia la elección
divina del pueblo visigodo como nuevo defensor de la fe. Así,
aunque Alarico arremete contra Roma en 410, sus huestes cumplieron
con la promesa hecha antes de entrar en la Ciudad Eterna de perdonar
a todos aquellos que se refugiaran en iglesias o “pronunciaran
el nombre de Cristo o de los santos”[12],
mostrando más piedad que muchos romanos que eran todavía
paganos, y que sólo se declararon cristianos y se refugiaron
en iglesias para salvar su vida, de manera que los bárbaros
godos demuestran ser más dignos y puros que los cada vez más
corrompidos romanos, en un texto que, por cierto, nos recuerda mucho
al pasaje del Libro XXII de la obra de San Agustín De
civitate Dei.
Cuenta San
Isidoro, además, una anécdota sobre el encuentro de un
jefe godo con una virgen consagrada, a la que el primero exigiría
la entrega de unos valiosos vasos que habrían sido utilizados
por San Pedro, ante lo cual, Alarico, advertido del hecho, no sólo
no los tomó, sino que ordenó su devolución y
organizó una procesión ritual, puesto que, y es este un
fragmento profundamente significativo, “había hecho
la guerra contra los romanos, no contra los apóstoles”[13].
Aquí tenemos una clave fundamental para entender la
actitud de San Isidoro respecto a los visigodos: El pueblo visigodo,
aún siendo arriano, es cristiano y muestra una piedad y un
celo ejemplar que ni los propios romanos parecen tener. De hecho,
muestran, un reverencial respeto hacia las reliquias e incluso
observan con mayor celo que los bizantinos los preceptos de la
Iglesia, puesto que en Ceuta los godos son derrotados al deponer las
armas para respetar el domingo [14]. Significativa es también
la siguiente cita: “Este (Teudis), aunque era hereje,
concedió, sin embargo, la paz a la Iglesia, hasta el punto de
que (sic) permitió a los obispos católicos celebrar un
concilio en la ciudad de Toledo (...)”.
La historia
de los godos manifiesta, pues, que éstos constituyen un pueblo
honrado y digno, inmerso en un proceso de Salvación, que
habría de culminar con su conversión, proceso dirigido
por la Providencia y cuyo fin era la aparición de un nuevo
pueblo elegido que se encargaría de defender la Iglesia y la
fe, la “moral”, en la línea de la historiografía
greco–romana. No de otro modo hubiera Dios permitido la derrota
de los suevos, el primer pueblo germano peninsular que se convierte
al catolicismo: La destrucción del Reino suevo, como la
constitución del Imperio, es voluntad de Dios, dado que dicha
destrucción contribuirá a la posterior constitución
de un poderoso y esplendoroso reino católico, auténtica
renovación de la Roma Eterna.
Ahora bien,
los visigodos pueden ser favorecidos por Dios para culminar el
proceso de conversión al catolicismo y constitución de
una entidad política fuerte que garantice la libertad de la
Iglesia y la difusión de la piedad, pero Dios siempre está
por encima, y es el Él quien concede el poder: Los reyes y
jefes godos nada pueden contra los santos de la Iglesia, como
ilustra el caso de Teuderido, el cual, decidido a saquear Mérida,
huye “aterrado ante los milagros de la mártir santa
Eulalia” [15] o de Agila que por haber cometido
sacrilegio en la tumba san Acisclo, sería duramente castigado
con la muerte de su hijo y la pérdida el tesoro real, es
decir, con la imposibilidad de perpetuar su linaje en el trono y con
la pérdida del que era considerado símbolo de
legitimidad en el mundo visigodo, siendo finalmente asesinado.
Conclusiones
A lo largo
del presente artículo, hemos intentado argumentar dos aspectos
que consideramos fundamentales para comprender y valorar
adecuadamente la obra histórica de San Isidoro:
a) Dicha
obra está profundamente marcada por su intencionalidad
educativa, formativa y pedagógica, manifestando un tono
didáctico, más que erudito o académico.
La elección
de temas o el estilo expositivo empleado pueden servir de argumentos
para reforzar esta afirmación, tal y como hemos desarrollado
más arriba.
b) No
podemos hablar de una ruptura radical del modelo historiográfico
greco–latino tardo–antiguo en favor de un modelo de
historiografía “nacional” o “nacionalista”,
por cuanto, estamos en realidad ante la actualización o
reorientación del primero.
Efectivamente,
las obras históricas de San Isidoro no pretenden tanto
justificar una “realidad nacional” hispano–goda,
como argumentar a favor de la idea de que el pueblo visigodo estaba
llamado a cumplir un ministerio como pueblo elegido por Dios, una
tarea que era la de conservar la “moral”, defender los
valores superiores, encarnados ahora por la Iglesia.
Dicha
elección no supone una ruptura, en ningún plano, con la
tradición greco–latina, sino la continuación de
la tarea a la que Roma sirvió hasta que su decadencia condujo
a una translatio potestatis del pueblo romano al godo, como
antes había pasado del pueblo griego al romano, y después
pasaría del pueblo godo al franco, e incluso de los
carolingios a los otónidas, fenómeno que
significativamente ha sido llamado translatio imperii.
·- ·-· -······-·
Jorge Martín Quintana
Notas
[1]
Pág.
60, Rodríguez
Alonso, C.. Las
Historias de los Godos, Vándalos y Suevos de Isidoro de
Sevilla
[2]
Pág.
139 ,
Sánchez Herrero
[3]
Pág
21,
Rodríguez Alonso
[4]
Pág.
19,
ibid.
[5]
veáse
Valverde Castro
[6] Pág.
179,
Rodríguez Alonso
[7] Pág.
187, ibid
[8] Pág.
211, ibid.
[9] Pág.
181 ibid.
[10] Pág.
193 ibid.
[11] Pág.
185 ibid.
[12] Pág.
195 ibid.
[13] Pág.
199 ibid.
[14] Pág.
243 ibid.
[15] Pág.
223 ibid.
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Madrid 1980 Orlandís,
J.. Historia de España. Época visigoda (409 –
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I.. San Isidoro de Sevilla. Madrid 1965 Rodríguez
Alonso, C. . Las Historias de los Godos, Vándalos y Suevos de
Isidoro de Sevilla León 1975 Sánchez
Herrero, J. Pensamiento
histórico, escriturístico, teológicos y
eclesiástico o litúrgico y ascético de San
Isidoro
en San Isidoro, doctor de las Españas
Valverde
Castro, Mª. R. Ideología, simbolismo y ejercicio del
poder real en la monarquía visigoda: un proceso de cambio
Salamanca 2000
***
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