Arbil cede expresamente el permiso de reproducción bajo premisas de buena fe y buen fin
Para volver a la Revista Arbil nº 122
Para volver a la tabla de información de contenido del nº 122


Congreso Internacional Provida Zaragoza 2009. 
Sensibilización, una sinfonia por la Vida

Pedagogía política y educación de las elites gobernantes: San Isidoro de Sevilla y sus obras de carácter histórico

por Jorge Martín Quintana

Algunos aspectos fundamentales para comprender y valorar adecuadamente la obra histórica de San Isidoro

Isidoro: una vida dedicada a la educación y la cultura

Isidoro nace en torno al año 550, siendo su padre Severiano, un funcionario de origen romano radicado en Cartagena que, ante la ocupación bizantina de 554, huiría con su familia para instalarse en la ciudad de Sevilla.

No mucho después, en torno al 562, murieron los padres de Isidoro, por lo que su hermano mayor, Leandro, se encargará del cuidado y formación de sus hermanos, decidiendo fundar dos monasterios, uno para hombres, – a cuyo frente se pondría él mismo como abad –, y otro para mujeres, en el que ingresaría su hermana Florentina, fundando además una escuela monacal donde se enseñaría el trivium y el cuadrivium , y donde el joven Isidoro se formaría.

En torno a los años setenta, Leandro sería aclamado como obispo de Sevilla, precisamente en el momento en que Hermenegildo, hijo de Leovigildo, es enviado a la ciudad del Betis, donde habría de convertirse al catolicismo por mediación de su esposa Ingunda, católica y franca, y del obispo hispalense que, a raíz de éste acontecimiento se vería obligado a abandonar su sede metropolitana en dos ocasiones.

Sin embargo, Leovigildo era consciente de que, para conseguir la unidad y la fortaleza del reino, era necesario homogeneizar ideológicamente a sus súbditos romanos y germanos, homogeneización que no podría producirse desde el arrianismo, sino a través del mayoritario catolicismo, especialmente arraigado en las más pobladas y ricas regiones meridionales, y entre la culta y todavía poderosa aristocracia territorial y de servicio de origen hispano-romano. Así, el monarca godo, decidido a fortalecer al reino, acabará por designar a Leandro como consejero de su hijo Recaredo, el cual procederá a proclamar la unidad religiosa al convocar en 598 el III Concilio de Toledo, al que asistiría el joven sacerdote Isidoro acompañando a su hermano.

La designación de Leandro como consejero del rey será fundamental para Isidoro, dado que su hermano se veía obligado a pasar la mayor parte del tiempo en la corte de Toledo, lejos por tanto de Sevilla, lo que permitiría a Isidoro desarrollar sus capacidades sin quedar eclipsado por su hermano. Tampoco podemos ignorar que dicha designación sería decisiva para introducir a Isidoro en el ámbito de la corte y de la alta política.

Sin embargo, el autor de las Etimologías, aunque desarrolle a lo largo de su vida una destacada actividad intelectual en los planos filosófico y político, parece inclinarse más bien hacia una vocación educativa:

Como abad del monasterio fundado por su hermano, manifestará una profunda preocupación por la formación y la cultura, incidiendo tanto en la formación de los clérigos, como en la de los alumnos de las escuelas monacales.

Para mejorar la formación de los clérigos escribirá De officiis eclesiasticis, así como una Regla, inspirada en autores como San Benito, San Agustín, San Jerónimo o San Cesáreo de Arlés, autores que, por tanto, conocería sobradamente. Y es que, la recopilación y copia de textos y códices de autores clásicos y cristianos, será una actividad fundamental que Isidoro estimulará con gran celo. Se ocupa además, de organizar adecuadamente la educación y los planes de estudio de la escuela monacal, escribiendo algunos libros de texto para los alumnos, actividades todas éstas que nos revelan cuál es su auténtica vocación: La enseñanza.

Al morir Leandro en 599, Isidoro le sucederá tanto en la silla episcopal hispalense, como en su función de consejero del rey Recaredo, si bien el violento acceso al poder del tirano Witerico, en detrimento del hijo de Recaredo, Liuva II, parecen llevar a Isidoro a un prudente segundo plano, replegándose a su sede y desarrollando una actividad política mucho más limitada, lo cual resulta lógico si tenemos en cuenta la estrecha relación existente entre el padre del depuesto Liuva II y el obispo sevillano.

Será con la llegada al trono de Sisebuto, el «carísimo hijo» del que había sido preceptor, cuando San Isidoro emprenda una febril actividad intelectual que se proyectará en obras como el Chronicon (escrito en 615), Las Historias de los godos, vándalos y suevos, escritas durante los reinados de Sisebuto y Suintila, las Sententias y, por supuesto, las Etimologías, compuestas al final de su vida, obras todas éstas cuya finalidad sería fundamentalmente educativa y divulgativa.

Es esta vocación por la enseñanza y la pedagogía, en su sentido etimológico, y en la línea de Cristo-Maestro – imagen muy popularizada durante la Antigüedad Tardía según Henri Marrou – la clave para entender la obra de San Isidoro, en cualquiera de sus aspectos.

Pedagogía política en las obras de carácter histórico de San Isidoro

Junto con la Filosofía, la Filología o las Ciencias, la Historia es una de las disciplinas que Isidoro cultiva con mayor dedicación, habiéndonos dejado dos importantes obras de carácter histórico: El Chronicon y Las Historias de los godos, vándalos y suevos, donde se incluiría la Recapitulación, obra en la que se exalta a los godos, y De Laude Spaniae o Alabanza de España.

Como hemos venido repitiendo, la vocación por la enseñanza va a marcar el carácter de la obra intelectual isidoriana, lo cual se manifiesta con bastante claridad en los diferentes estilos empleados en cada una de las obras de carácter histórico por él escritas: Así, el Chronicon parece anticipar, en su concepción, a las Etimologías dado el carácter enciclopédico que presenta, pues ésta obra es un compendio de todo el saber histórico de la época, cuyo objeto parece ser el de servir de manual o texto de referencia para el estudiante de las escuelas monacales.

De bien distinto carácter son Las Historias de los godos, vándalos y suevos, que parecen estar más bien dirigidas a la educación de los monarcas. No en vano, como señala Rodríguez Alonso con respecto al Laus Gothico, éste sería «un canto de exhortación en el que el elogio se utiliza como acicate para la acción futura y para la conservación de la gloria y del honor» [1], de manera que dichas historias no tendrían tanto un valor meramente erudito, como un objeto pedagógico, de tal forma que casi podría considerarse como uno de los primeros “espejos de príncipes”, fecundo género que florecería siglos después.

Esta diferencia de finalidad, se manifiesta también en la estructura y el estilo de los textos: Mientras que en el Chronicon el propio San Isidoro señala que su obra se inspira en autores como Julio Africano, que «fue el primero en redactar, en tiempos del emperador Marco Aurelio Antonio, un compendio del encadenamiento de los tiempos por generaciones y reinados», o San Jerónimo y Eusebio de Cesaréa, «quienes publicaron, en forma de tablas cronológicas, una historia múltiple, ordenada simultáneamente por reinados y por épocas»[2]en Las Historias, según Rodríguez Alonso, Isidoro «no es fiel al orden expositivo y cronológico de las actuaciones de un determinado reinado» [3], y no ofrece apenas datos, escribiendo con un estilo más vago y literario, y prefiriendo transmitir anécdotas de carácter religioso a informaciones de carácter político, institucional, diplomático, etc.

Para Rodríguez Alonso, San Isidoro se remite a Dios para explicar la Historia, incidiendo en la actuación de la Providencia en los acontecimientos humanos y el devenir histórico. Indudablemente, para el obispo hispalense, Dios es motor de la Historia, participa en la Historia y ésta misma no es sino la Historia de la Salvación, mas, sin embargo, esta realidad no nos puede llevar a considerar que San Isidoro y su obra no pasa de ser una interpretación teocéntrica  simplista. De nuevo, es fundamental no obviar que la obra de San Isidoro no puede entenderse sin tener en cuenta su vocación educativa y pedagógica.

Efectivamente, si el Chronicon serviría más bien de manual de referencia para los alumnos de las escuelas monacales, las Historias parecen estar más bien dirigidas a la formación de los reyes, dado que no podemos olvidar que San Isidoro fue consejero y preceptor de varios monarcas. Así, cuando hace referencia a las malas conductas de ciertos reyes y sus dramáticos finales, no está más que transmitiendo a las futuras generaciones de gobernantes, que las malas conductas conllevan la ruina y el castigo: Es, nada más y nada menos, que una historia ejemplarizante que viene a recordar, de una manera didáctica, el principio de si recte faces rex eris,  si non faces non eris, que expresa toda una elaboración ideológica sobre el ordenamiento político, basada en el principio de que los gobernantes ejercen un ministerio encargado por Dios mismo para llevar la justicia y la piedad a sus reinos. San Isidoro, en vez de elaborar complejos y eruditos tratados filosóficos o de teoría política o jurídica, decide transmitir dichos conceptos y principios a través de una historia ejemplar y de una manera didáctica. Se trata pues, como ya comentamos a propósito del De Laude Spaniae, de textos de carácter educativo que han de servir para la acción futura, y no tanto de una obra de erudición histórica.

Por su parte, este modelo presenta grandes similitudes con el supuesto Discurso de Constantino ante el Concilio de Nicea, reproducido por Eusebio de Cesarea, por cuanto, tanto en uno como en otro caso, se señalan a gobernantes que, por no cumplir con los designios de Dios, acaban sus días de manera dramática. Ahora bien, aunque ambos textos tienen un carácter ejemplarizante, el de Eusebio de Cesarea parece que pretende ser una obra de Historia, – por eso reproduciría un documento –, mientras que el texto de San Isidoro tiene una marcada intencionalidad educativa.

Otro de los aspectos más sobresalientes de la obra isidoriana sería la armónica conexión que hace de distintas tradiciones historiográficas, generando un modelo que quizás tiene su antecedente en las Historias de Eusebio de Cesarea, el cual consigue hacer de la Historia de Roma parte de la Historia de la Salvación; así, en el Chronicon, aparecería la historia bíblica de tradición judía y la historia universal de tradición clásica. Sin embargo, en las Historias, «la crónica isidoriana nos presenta una visión universal y providencialista de la Historia en el marco de la cual se ensamblarán la historia particular y nacional de los godos» [4]

Para Rodríguez Alonso esto, es decir, la aparición de una historiografía de carácter “nacional”, constituiría una de las más sobresalientes novedades historiográficas de la época, al marcar el fin del universalismo greco–romano y el inicio del “particularismo nacional” de los reinos germánicos.

Pero, ¿podemos afirmar que estamos ante una historiografía de carácter nacional ligada al nacimiento de los reinos germánicos?. Para Rodríguez Alonso, la Historia de los Godos, Vándalos y Suevos constituye «el primer monumento claro de historiografía de concepción nacional»,  afirmación que vendría a ser confirmada por los términos en los que se expresa el De Laude Spaniae. Ciertamente, el contexto histórico favorece la generación de una historiografía nacional: Ya vimos que Leovigildo lleva a cabo una intensa labor de unificación territorial que habría de culminar con la unificación religiosa, una homogeneización cultural, política y étnica cuyo objetivo era acabar con cualquier elemento disgregador y debilitador de la unidad y fortaleza del reino. Ante la fuerza del catolicismo, Leovigildo preparará el proceso de conversión del reino a dicha confesión, acto simbolizado en 589 con la conversión del rey Recaredo, en el marco de la celebración del III Concilio de Toledo.

Ahora toda la población del Reino de Toledo podía tener en el rey visigodo a su monarca, compartía una misma fidelidad y unos mismos intereses: Si a principios del S. V la conciencia «nacional» goda cristaliza [5], - en un fenómeno que se ha venido llamando etnogénesis - en este momento se estarían poniendo las bases para la cristalización de una nueva comunidad nacional, la hispano–goda, diferenciada de los demás reinos germánicos y, lo que es más importante, de Bizancio.

De hecho, es Leovigildo el que inicia la imitatio imperii, que no es una mera imitación de algunos aspectos formales relacionados con el Imperio, sino un plan consciente que tiene como fin dejar muy claro, tanto de cara al interior como de cara al exterior, que el Reino de Toledo, siendo continuador directo y heredero de Roma, es ya un reino soberano y por eso, plenamente independiente, en el que el rey ejerce todas las prerrogativas propias de la soberanía que hasta ese momento eran exclusivas del poder imperial, – como por ejemplo, acuñar moneda con la efigie propia –. Así, el rey visigodo deja de sentirse vicario del poder imperial, pues entiende que su poder soberano no deriva ya del emperador, sino de Dios, por lo que su soberanía no es delegada sino independiente de cualquier poder temporal al estar sólo ligado a Dios.

El III Concilio de Toledo pondría las bases ideológicas de este proyecto político, al hacer de la monarquía visigoda, una monarquía católica cuyo fundamento sería la idea de que el poder procede de Dios, un poder que habría sido otorgado por la divinidad para combatir la impiedad, la injusticia y el pecado y defender a la Iglesia.

Ya Gregorio I habría escrito al rey Childerico que «ser rey no tiene nada en sí de maravilloso, puesto que otros lo son, lo que importa es ser un rey católico», de manera que el propio Papado estaba relativizando la figura del emperador de Bizancio, ya que lo que legitimaba a un príncipe era su sincera adhesión al catolicismo y su defensa de la Iglesia: No es de extrañar que, a tenor de la protección dada por Carlomagno al Papado, León III acabara coronándole como emperador, desconociendo la autoridad del emperador constantinopolitano, cuyo trono además, se consideraría poco menos que vacante o indigno, al estar ocupado en ese momento de forma interina por la emperatriz Irene.

Pero, ¿estamos ante una ruptura, o más bien ante una reorientación del modelo historiográfico?, es decir, San Isidoro y su pretendido modelo historiográfico “nacional”, ¿supone una ruptura con la idea de Imperio y con el modelo ideológico e historiográfico vigente durante la Antigüedad Tardía?.

Habíamos dejado dicho que la Iglesia, empezando por el papa Gregorio I Magno, está profundizando en una doctrina política según la cual el monarca recibe un ministerio de Dios para defender la Iglesia, la justicia y la piedad, radicando su dignidad regia precisamente en el cumplimiento de esta tarea encargada por la divinidad. Pues bien, el Imperio Romano de Oriente estaba perdiendo la consideración de defensor de la Iglesia, dado que los emperadores bizantinos estaban presionando a la misma para someterla a su control y además, ante las numerosas convulsiones político–religiosas y teológicas que sacudían Oriente, los gobernantes constantipolitanos se habían mostrado en ocasiones condescendientes con las actitudes y tendencias heterodoxas.

Ante tal situación, Isidoro quiere hacer de la monarquía visigoda la nueva defensora de la Iglesia, tarea que el Imperio Romano de Oriente no estaría cumpliendo. Por eso, no se está cuestionando la dignidad imperial en favor de las soberanías nacionales, sino que se está cuestionando el que los gobernantes bizantinos sigan teniendo la dignidad imperial, dado que ésta es un ministerio basado en la defensa de la Iglesia y la piedad, y los gobernantes orientales no están cumpliendo la tarea encomendada por Dios. Así, de la misma manera que los romanos fueron elegidos por Dios para expandir y defender el cristianismo, – como lo serían los francos siglos más tarde –, ahora es el pueblo visigodo el elegido por Dios para defender a la Iglesia y la ortodoxia. Aunque suevos o francos eran también católicos, los visigodos manifestarían indicios más claros de ser el pueblo elegido, no sólo porque su monarca fuera considerado vicario imperial, o hubieran conservado más elementos de la Romanidad, sino que también a tenor de los éxitos militares de Leovigildo.

Por eso decimos que no hay una ruptura contundente, si acaso una reorientación del modelo historiográfico:

Por un lado, siguiendo a Paulo Orosio, San Isidoro plantea que, de la misma manera que la Providencia había propiciado la constitución del Imperio Romano para extender el cristianismo por todo el mundo conocido, ahora habría ayudado al pueblo visigodo a acabar con los vándalos y alanos, a someter a los suevos y a otros pueblos indígenas peninsulares y, sobre todo, a expulsar a los bizantinos, a fin de propiciar la formación de un poderoso reino en Hispania que habría de garantizar la defensa de la Iglesia, la ortodoxia, la piedad y la justicia, especialmente ahora que se veían atacadas muy especialmente por Constantinopla.

En definitiva, aunque podamos estar ante un programa de justificación del desligamiento de los godos respecto de Bizancio, de la expulsión de los bizantinos de Hispania y del carácter plenamente soberano del monarca visigodo, desde un punto de vista historiográfico, no estamos ante una ruptura radical del modelo greco–latino, y menos aún se puede afirmar que se pase de un modelo universalista a un modelo “nacional” o particularista, como defienden Menéndez Pidal o Rodríguez Alonso.

Al fin y al cabo, este último autor señala cómo, desde Adrianópolis, los cristianos barruntan la translatio potestatis del pueblo romano a los bárbaros, pueblos que habrían de regenerar a la decadente Roma. Por tanto, estamos ante el mismo planteamiento de Polibio, que considera que Roma no es más que la sucesora de Grecia sin solución de continuidad: La «moral» que había generado la Civilización griega habría sido asumida por el más digno pueblo romano cuando el griego entró en decadencia por olvidar los principios morales... Ahora era el pueblo godo el que encarnaría los valores de Roma, en este caso los valores romano–cristianos, ante la decadencia del pueblo latino.

Por lo tanto, San Isidoro no está cuestionando el concepto de Roma Aeterna para defender el concepto de “reino nacional”, sino que está actualizando esa Roma Aeterna en los visigodos, que no serían más que continuadores de la grandeza de Roma y de los valores que encarna, en detrimento de un decadente y consumido pueblo romano que habría dejado de ser protagonista de la Historia. De hecho, es muy interesante notar que la Continuatio Hispana explica la destrucción del reino visigodo en 711, precisamente en base a que los visigodos habían dejado de ser un pueblo santo, para caer en todos los pecados e indignidades, siguiéndose pues, y todavía en la segunda mitad del S. VIII, dicho modelo.

Rodríguez Alonso considera que San Isidoro pretende ligar el destino del pueblo visigodo a la tierra de Hispania, lo que contribuiría a reforzar la idea de que está creando una historiografía nacional, incluso nacionalista, frente a los romanos y bizantinos, que casi recibirían la consideración de extranjeros en un territorio peninsular que pertenecería por derecho a los visigodos. Sin embargo, ese programa de justificación al que antes hacíamos referencia, no se basa en un supuesto nacionalismo godo anti–romano de San Isidoro: Su supuesta animadversión hacia lo romano–bizantino tiene que ver más con la impiedad e indignidad en la que este pueblo habría caído, que en un supuesto racismo anti–romano o exaltación nacionalista o étnica de los godos.

Efectivamente, la lectura atenta de la propia Historia no revela una especial animadversión hacia los romanos o bizantinos, no al menos con un sentido nacionalista o racista – él mismo era hispano-romano - : Para San Isidoro, los romanos sencillamente habrían quedado sumidos en la decadencia y el error, pues ya no asumían ni defendían los valores de la Roma Eterna y Cristiana. No hay, pues, una defensa de la “nación” goda, como nación, sino del pueblo godo como defensor de la “moral”, como continuador de la obra de Roma y pueblo elegido por Dios para desempeñar dichas tareas. Así, considero que la tesis de Rodríguez Alonso sobre el supuesto alborozo de San Isidoro ante las victorias godas sobre los romanos, es inexacta y está mal enfocada: El obispo hispalense celebra y se deleita por la gran victoria obtenida por Constantino, el emperador que cumple con los designios de la Providencia, sobre los visigodos, victoria por la que habría restaurado Roma[6].

Y es que los romanos sólo reciben críticas cuando arremeten contra la Iglesia, se muestran paganos o herejes o no cumplen con la moral o la piedad cristiana: Así, Valente recibe duras críticas, no por ser romano, sino porque “valiéndose de vil persuasión, asoció a los godos al dogma de su error e infundió en tan ilustre pueblo el virus pestífero de funesta semilla” , es decir, la herejía arriana, de manera que el emperador, que tan alta responsabilidad tenía en cuanto a la evangelización de los pueblos, no sólo no cumplió con su deber, sino que además los llevó a la herejía: Como no podía ser de otra manera, Valente recibió su castigo y “mereció ser quemado en vida por un fuego temporal aquel que había entregado al fuego eterno almas tan bellas” [7].

Tenemos el caso de otro romano, el general Litorio, cuya derrota y muerte parece efectivamente alegrarle, pero no por ser romano y haber sido derrotado por los godos, sino por haber consultado a los harúspides u oráculos ligados a la religión pagana, y haber sido derrotado por un pueblo, que aunque confundido a causa de la perfidia de Valente, aunque hereje, era cristiano. La enseñanza, por su parte, es clara: su derrota y muerte “hizo ver (...) cuánto provecho podía haber obtenido de aquella multitud que sucumbió con él, si hubiese querido hacer uso de la fe más que de los engañosos portentos de los demonios” [8].

Los visigodos no dejan de recibir acervas y duras críticas por parte de San Isidoro, como es el caso de Atanarico, que “promovió una cruelísima (sic) persecución contra la fe” [9] o Ragadaiso, “entregado al culto de la idolatría”, inhumano, fiero y bárbaro, que había prometido ofrecer la sangre de los romanos a sus dioses, “por desprecio de Cristo”, y cuyos seguidores morirían “más por el hambre, que por la espada” [10], es decir, de una manera mucho más dramática y lenta. Pero, aunque “los godos permanecieron en la maldad de esta blasfemia (el arrianismo) en el correr de los tiempos y el sucederse de los reyes, durante 213 años. Finalmente, acordándose de su salvación, renunciaron a la arraigada perfidia y llegaron por la gracia de Cristo a la unidad de la fe católica” [11], es decir, que mientras que los romanos decaen, el pueblo visigodo está en tránsito hacia su conversión, de manera que sus éxitos sobre los cada vez más indignos romanos no están sino preparando la constitución de un poderoso reino godo defensor de la Iglesia y la fe.

Así, la simpatía que manifiesta San Isidoro hacia el pueblo visigodo tiene poco que ver con una suerte de nacionalismo godo, sino en base a que éstos manifiestan una profunda y fervorosa piedad y temor a Dios. De ahí que se detenga a contar el caso de Alarico que, aunque “cristiano sólo de nombre” – dado que profesaba la herejía arriana –, es ejemplo de piedad y fervor, signo que anuncia la elección divina del pueblo visigodo como nuevo defensor de la fe. Así, aunque Alarico arremete contra Roma en 410, sus huestes cumplieron con la promesa hecha antes de entrar en la Ciudad Eterna de perdonar a todos aquellos que se refugiaran en iglesias o “pronunciaran el nombre de Cristo o de los santos”[12], mostrando más piedad que muchos romanos que eran todavía paganos, y que sólo se declararon cristianos y se refugiaron en iglesias para salvar su vida, de manera que los bárbaros godos demuestran ser más dignos y puros que los cada vez más corrompidos romanos, en un texto que, por cierto, nos recuerda mucho al pasaje del Libro XXII de la obra de San Agustín De civitate Dei.

Cuenta San Isidoro, además, una anécdota sobre el encuentro de un jefe godo con una virgen consagrada, a la que el primero exigiría la entrega de unos valiosos vasos que habrían sido utilizados por San Pedro, ante lo cual, Alarico, advertido del hecho, no sólo no los tomó, sino que ordenó su devolución y organizó una procesión ritual, puesto que, y es este un fragmento profundamente significativo, “había hecho la guerra contra los romanos, no contra los apóstoles”[13]. Aquí tenemos una clave fundamental para entender la actitud de San Isidoro respecto a los visigodos: El pueblo visigodo, aún siendo arriano, es cristiano y muestra una piedad y un celo ejemplar que ni los propios romanos parecen tener. De hecho, muestran, un reverencial respeto hacia las reliquias e incluso observan con mayor celo que los bizantinos los preceptos de la Iglesia, puesto que en Ceuta los godos son derrotados al deponer las armas para respetar el domingo [14]. Significativa es también la siguiente cita: “Este (Teudis), aunque era hereje, concedió, sin embargo, la paz a la Iglesia, hasta el punto de que (sic) permitió a los obispos católicos celebrar un concilio en la ciudad de Toledo (...)”.

La historia de los godos manifiesta, pues, que éstos constituyen un pueblo honrado y digno, inmerso en un proceso de Salvación, que habría de culminar con su conversión, proceso dirigido por la Providencia y cuyo fin era la aparición de un nuevo pueblo elegido que se encargaría de defender la Iglesia y la fe, la “moral”, en la línea de la historiografía greco–romana. No de otro modo hubiera Dios permitido la derrota de los suevos, el primer pueblo germano peninsular que se convierte al catolicismo: La destrucción del Reino suevo, como la constitución del Imperio, es voluntad de Dios, dado que dicha destrucción contribuirá a la posterior constitución de un poderoso y esplendoroso reino católico, auténtica renovación de la Roma Eterna.

Ahora bien, los visigodos pueden ser favorecidos por Dios para culminar el proceso de conversión al catolicismo y constitución de una entidad política fuerte que garantice la libertad de la Iglesia y la difusión de la piedad, pero Dios siempre está por encima, y es el Él quien concede el poder: Los reyes y jefes godos nada pueden contra los santos de la Iglesia, como ilustra el caso de Teuderido, el cual, decidido a saquear Mérida, huye “aterrado ante los milagros de la mártir santa Eulalia” [15] o de Agila que por haber cometido sacrilegio en la tumba san Acisclo, sería duramente castigado con la muerte de su hijo y la pérdida el tesoro real, es decir, con la imposibilidad de perpetuar su linaje en el trono y con la pérdida del que era considerado símbolo de legitimidad en el mundo visigodo, siendo finalmente asesinado.

Conclusiones

A lo largo del presente artículo, hemos intentado argumentar dos aspectos que consideramos fundamentales para comprender y valorar adecuadamente la obra histórica de San Isidoro:

a) Dicha obra está profundamente marcada por su intencionalidad educativa, formativa y pedagógica, manifestando un tono didáctico, más que erudito o académico.

La elección de temas o el estilo expositivo empleado pueden servir de argumentos para reforzar esta afirmación, tal y como hemos desarrollado más arriba.

b) No podemos hablar de una ruptura radical del modelo historiográfico greco–latino tardo–antiguo en favor de un modelo de historiografía “nacional” o “nacionalista”, por cuanto, estamos en realidad ante la actualización o reorientación del primero.

Efectivamente, las obras históricas de San Isidoro no pretenden tanto justificar una “realidad nacional” hispano–goda, como argumentar a favor de la idea de que el pueblo visigodo estaba llamado a cumplir un ministerio como pueblo elegido por Dios, una tarea que era la de conservar la “moral”, defender los valores superiores, encarnados ahora por la Iglesia.

Dicha elección no supone una ruptura, en ningún plano, con la tradición greco–latina, sino la continuación de la tarea a la que Roma sirvió hasta que su decadencia condujo a una translatio potestatis del pueblo romano al godo, como antes había pasado del pueblo griego al romano, y después pasaría del pueblo godo al franco, e incluso de los carolingios a los otónidas, fenómeno que significativamente ha sido llamado translatio imperii.

·- ·-· -······-·
Jorge Martín Quintana

Notas

[1] Pág. 60, Rodríguez Alonso, C.. Las Historias de los Godos, Vándalos y Suevos de Isidoro de Sevilla

[2] Pág. 139 , Sánchez Herrero

[3] Pág 21, Rodríguez Alonso

[4] Pág. 19, ibid.

[5] veáse Valverde Castro

[6] Pág. 179, Rodríguez Alonso

[7] Pág. 187, ibid

[8] Pág. 211, ibid.

[9] Pág. 181 ibid.

[10] Pág. 193 ibid.

[11] Pág. 185 ibid.

[12] Pág. 195 ibid.

[13] Pág. 199 ibid.

[14] Pág. 243 ibid.

[15] Pág. 223 ibid.

Bibliografía

Marrou, H. I., ¿Decadencia romana o Antigüedad Tardía? Madrid 1980

Orlandís, J.. Historia de España. Época visigoda (409 – 711) Madrid 1999

Quiles, I.. San Isidoro de Sevilla. Madrid 1965

Rodríguez Alonso, C. . Las Historias de los Godos, Vándalos y Suevos de Isidoro de Sevilla León 1975

Sánchez Herrero, J. Pensamiento histórico, escriturístico, teológicos y eclesiástico o litúrgico y ascético de San Isidoro en San Isidoro, doctor de las Españas

Valverde Castro, Mª. R. Ideología, simbolismo y ejercicio del poder real en la monarquía visigoda: un proceso de cambio Salamanca 2000



Acceso a la página de Anotaciones de Pensamiento y Crítica

***


Visualiza la realidad del aborto: Baja el video
Video mostrando la realidad del aborto
Rompe la conspiración de silencio. Difúndelo.

Grupos de Google
Suscribirte a Información Revista Arbil
Correo electrónico:
Consultar este grupo

 

Para volver a la Revista Arbil nº 122
Para volver a la tabla de información de contenido del nº 122

La página arbil.org quiere ser un instrumento para el servicio de la dignidad del hombre fruto de su transcendencia y filiación divina

"ARBIL, Anotaciones de Pensamiento y Crítica", es editado por el Foro Arbil

El contenido de estos artículos no necesariamente coincide siempre con la línea editorial de la publicación y las posiciones del Foro ARBIL

La reproducción total o parcial de estos documentos esta a disposición del público siempre bajo los criterios de buena fe, gratuidad y citando su origen.

Foro Arbil

Inscrita en el Registro Nacional de Asociaciones. N.I.F. G-47042954
Apdo.de Correos 990
50080 Zaragoza (España)

ISSN: 1697-1388