| “A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ése es
el punto al que hay que llegar”.
Franz Kafka.
Mucho se ha escrito acerca de José Donoso Yánez (1924 –
1996), las más de las veces, líneas que no conducen a buen puerto en el afán de
informarnos verazmente sobre su persona y creación literaria. La envidia y el
prejuicio que afloran en nuestra patria hispanoamericana, ante cualquier
muestra de superioridad espiritual, es la principal causa de esa deuda que
tiene el medio literario en español para con Donoso.
En octubre del año pasado (2004), el escritor chileno más
célebre de la generación del 50, hubiese cumplido ochenta años de edad. De esta
manera, se nos presenta una buena ocasión para rendirle un atrasado, pero justo
y especial tributo, a su memoria.
Ya en líneas anteriores la generación literaria chilena del
50 ha sido un tema de interés para estas páginas. Cítese como prueba un
artículo conmemorativo apreciando la figura de Luis Alberto Heiremans (ver Arbil
n°78). Queden dichas estas palabras y advertencias, para precisar la
importancia que le otorgamos a la última gran pléyade de talentos humanistas
nacida en Chile. Negada, salvo contadas excepciones, por la cultura dominante
hoy en día.
Pues bien, regresemos a José Donoso. En este ensayo, no
caeremos en el lugar común de catalogar a nuestro escritor como una figura
central del boom latinoamericano, ni decir que se ubica en primera fila
entre los grandes narradores en lengua castellana de la centuria pasada. Nada
más alejado de la verdad, ni desproporcionado. Pero tampoco le restaremos sus
méritos al autor de El obsceno pájaro de la noche, que, dicho sea de
paso, son generosos y abundantes.
Delineando una vida
Nace José Donoso, el día 5 de octubre de 1924, en Providencia,
Santiago de Chile. Estudia en The Grange School, donde comparte aulas con su
gran amigo, el mexicano Carlos Fuentes y Luis Alberto Heiremans. Después de
rebeldías y huídas, que le llevan a la Patagonia -donde trabaja de ovejero- y
Buenos Aires, ingresa a estudiar en 1947 la carrera de Inglés en el Instituto
Pedagógico de la Universidad de Chile. En 1949, una beca le facilita la estadía
en la Universidad de Princeton, en los Estados Unidos. En dicho lugar se
intensifica su inclinación y preferencia estética por los autores ingleses y
norteamericanos, principalmente por Henry James, James Joyce y William
Faulkner. Durante esa estadía en el país del norte, se decide seriamente su
vocación literaria. Comienza a escribir sus primeros cuentos. Publica “China”
en la Antología del nuevo cuento chileno (1954), editada por Enrique
Lafourcade. Al año siguiente entrega a la imprenta su primer libro propiamente
tal, Veraneo y otros cuentos (1955), que obtiene el Premio Municipal de
Cuento de Santiago.
Dos años después, aparece Coronación (1957), su
primera novela y que le lanza definitivamente a la “fama”. El libro es elogiado
sin reservas por Alone y Ricardo Latcham, los críticos más respetados de la
época. Por esos años conoce a la que sería su esposa, la periodista y pintora
chileno-boliviana, María Esther Serrano (María Pilar Donoso). En 1960, publica
el libro de relatos El charlestón; e ingresa a trabajar como redactor de
la revista Ercilla, situación que se mantendría por cinco años.
Ejerciendo dicha labor, en un viaje a Italia, logra entrevistar al poeta Ezra
Pound.
A mediados de la década de los sesenta viaja a México a
participar de un congreso de escritores, alojando en la casa de Carlos Fuentes,
estrechándose la amistad que tenían siendo adolescentes. Desde el otrora
virreinato de Nueva España, remite a Santiago Este domingo (1966), su
segunda novela, y que le permite saldar una antigua deuda con la editorial
Zig-Zag. Con la ayuda y recomendación de Fuentes, publica en México El lugar
sin límites (1966), proclamada unánimemente, por críticos y escritores,
como su mejor obra. Un libro sobre la desesperación y sobre la precisión, según
Roberto Bolaño. Elogiada sin reservas por escritores tan disímiles como los
cubanos Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante y el peruano Mario Vargas
Llosa. Novela que sería trasladada al cine por el director mexicano Arturo
Ripstein, basado en un guión escrito por el novelista y cinéfilo argentino
Manuel Puig. Se ha producido el lanzamiento internacional y nuevas proyecciones
laborales. Viaja a Estados Unidos como profesor visitante, luego a Portugal,
para concluir su periplo en España. Ahí permanece hasta comenzada la década de
los ochenta.
Asentado en España, echa a volar El obsceno pájaro de la
noche (1970), obra ambiciosa e irregular, en la senda de la gran novela
totalizadora que propiciaban la teoría y postura literaria imperantes. Con este
monumental trabajo, concluye su ciclo de la Decadencia o su particular visión
de la clase alta chilena, conformando una tetralogía con sus tres novelas
anteriores. Finaliza, igualmente, una temática de su novelística como lo eran
la degradación –en sus facetas de fragilidad espiritual y material-, el
enmascaramiento esquizofrénico con su derivado represivo, y los laberintos de
la identidad.
Se expresan estos cambios con la publicación de un ameno y
ágil ensayo titulado Historia personal del boom (1972) y la colección de
nouvelles Tres novelitas burguesas (1973). Dejamos constancia,
igualmente, que en el península ibérica edita una colección con sus volúmenes
de cuentos hasta ese instante impresos, titulada, valga la redundacia, Cuentos
(1971).
Transcurren cinco años, hasta que aparece en librerías Casa
de campo (1978), Premio de la Crítica española, y considerada por muchos
una parodia en clave acerca de la situación en que se encontraba Chile por
aquel período. En un signo de vitalidad, entrega La misteriosa desaparición
de la marquesita de Loria (1980), breve novela, cuyos elementos son el
Madrid aristocrático de principios de siglo y un romanticismo siniestro. Al año
siguiente, nos regalaría su último gran libro, El jardín de al lado (1981), historia
de un escritor hispanoamericano enfrentado al minotauro del fracaso. Texto que
coincide con su regreso definitivo a la patria natal.
Instalado en Chile, desarrolla un taller literario
determinante en la formación de nuevos escritores. En ese entorno, de miedo y
toques de queda, escribe La desesperanza (1986), compleja y difícil
novela, cuya lectura, constantemente, pone trampas al lector embarcado en ella.
Con el fin del régimen militar, recibe el Premio Nacional de Literatura, y
enseña Taratuta. Naturaleza muerta con cachimba (1990). Otro lustro, y
el silencio se rompe con Donde van a morir los elefantes (1995) y su
libro de memorias Conjeturas sobre la memoria de mi tribu (1996). Muere
el 7 de diciembre de ese mismo año en la capital chilena. La novela El mocho
(1997), es de publicación póstuma.
La fascinación por la derrota
Ya hablábamos de una separación temática que divide aguas
en la obra de José Donoso. Señalada por el ciclo de cuatro novelas que
comprende su primera producción, y la venida inmediatamente después. Para
nuestros propósitos, resulta vital ese novel período, el más logrado y
estructurado, en palabras del propio autor de Coronación. Precisamente,
la novela recién mencionada, inicia la tetralogía que nos interesa, que incluye
además a Este domingo, El lugar sin límites y El obsceno pájaro de la
noche. Su impulso central: la decadencia de la denominada aristocracia
castellano-vasca u oligarquía, la clase dominante de Chile, dueña sin
contrapeso del prestigio social, económico y político del país, desde tiempos
imperiales (coloniales según nos manda repetir la historiografía oficial).
En esta ocasión, nos valdremos de la novela Este domingo,
poco considerada en los estudios dedicados a Donoso, sin por eso prescindir de
las tres restantes, claro está. La razón es muy simple: lo mejor de nuestro
autor lo componen sus obras breves; donde su talento se desenvuelve con mayor
soltura y maestría, quedando la sensación, de un facilidad para el género del
cuento poco aprovechado, sino desperdiciado, por Donoso. Ahí se encuentra, como
rastro de aquella virtud, esa pieza maestra que es el relato “El charlestón”.
La segunda de las novelas de José Donoso, irrumpe cuando el
nombre de su autor, comenzaba a ser largamente conocido en el ámbito de los
nuevos escritores en lengua castellana. Pues Coronación, ya había sido
traducida al inglés –con ediciones en Norteamérica e Inglaterra, respectivamente-,
al italiano y al checo. Así, Este domingo se esperaba con justificada
expectación.
El eje de la historia, son los domingos familiares en casa
del ficticio matrimonio Vives-Rosas; desplegados por uno de sus nietos ya en la
edad adulta, y un narrador omnisciente en tercera persona que nos explica todo
lo necesario para conocer a los personajes, sus motivaciones, y trágicos
desenlaces. El lirismo se apropia de la voz del nieto, la frialdad y el
detalle, del narrador sin nombre. Tópico característico del enfrentamiento
entre niño-ingenuidad y adulto-corrupción, presente en la obra de Donoso. La
reminiscencia referida, se remonta a un día domingo que sería decisivo en el
rumbo de la vida de Álvaro Vives y Josefina Rosas (Chepa). La muerte tantea la
suerte de ambos: Álvaro la palpa en un lunar que él detecta como mortal y
cancerígeno; Chepa, en el brutal asesinato de la sirvienta Violeta, cometido
por el favorito de sus protegidos.
Podríamos citar a León Tolstoi y su célebre frase “el
matrimonio es una enfermedad mortal”. Empero, la visión de Donoso está enfocada
a denunciar las apariencias generadoras de incomunicación en su afán de
preservarlas, y, que, a la postre, ahogan la posibilidad de cualquier lazo
afectivo honesto. Un castigo impuesto por sus padres en vacaciones, tiende las
redes para el encuentro entre –en ese entonces- el joven Álvaro y la soledad
aplastante de la bisoña criada Violeta. La infelicidad y frustración, derivadas
del autoengaño y la complacencia, impulsan a Chepa a evadirse en tareas de
caridad, en desmedro de sus obligaciones como esposa y madre. El egoísmo de
Álvaro, manifestado en sus innumerables amoríos extramaritales, hacen de Chepa
-no exculpada, sino cómplice- una aficionada a entregarse, por fines tan
ridículos y romos, como perseguir contra viento y marea, la libertad de un
presidiario desvalido. Sin embargo, el inventor de El jardín de al lado
escudriña aún más profundamente estas temáticas, remontando las causas
primigenias a un cinismo social extendido por todos las segmentos de la
comunidad, síntoma de un desplome y crisis social cercanos, a su entender.
Simbólico es el final de la casona que cobijara al
“modélico” matrimonio de la alta burguesía: la degradación y el derrumbe se
apoderan de todos sus rincones, puertas y ventanas, orificios y rendijas, para
terminar como un basural donde la existencia se hace inhóspita, utilizada nada
más que de guarida por vagabundos, niños de la calle, y sus animales. No
olvidemos que la decadencia para Donoso se expresa sobremanera en la
destrucción de un lugar físico, de preferencia una casa. Pruebas de ello, son
la mansión antigua de los Ábalos, en Coronación; el pueblo Estación El
Olivo y su burdel, en El lugar sin límites; y la Casa de Ejercicios
Espirituales y la Rinconada, en El obsceno pájaro de la noche. Llevado a
más altas esferas nuestro afán simbolista, se hace patente la analogía con la
gigante casa correspondiente a una nación. Bajo esta perspectiva, no podemos
dejar de aplaudir la clarividencia de Donoso al momento de fabular su
tetralogía: como los grandes poetas, vaticina las condiciones –quizás
inconscientemente- del quiebre de 1973, y el fin de un Chile, y estado de las
cosas, irreversiblemente fracturado.
Otro aspecto a destacar, es la vivencia de la locura tan
cara a José Donoso. Su padecimiento es el conducto escogido para graficar la
degradación en los seres humanos y la incapacidad que manifiestan para sostener
las riendas de sus destinos personales. Antes del fin, el desequilibrio
sicológico interpreta la derrota de una casta en sus estertores. De igual
manera, constituye la máscara predilecta para no afrontar la racionalización de
una realidad que los establece en el arroyo de los desechos. Ésa es la elección
de Chepa tras el fracaso de su propósito rehabilitador con el indigente Maya,
y, ante el reconocimiento desgarrador de su propia fragilidad, de cara a la
vida. Una locura lenta y caprichosa, que le quita el habla y transforma poco a
poco su esencia. Para cuando vuelva a contemplarse en el espejo, haber traspasado
el límite de la desolación, y mutado en otro ser, distinto e irreconocible.
Citamos, finalizando esta idea, al personaje Humberto Peñaloza, el Mudito de El
obsceno pájaro de la noche. Punto cúlmine en la inventiva de Donoso, y su
enmascaramiento de la identidad humana.
Un sendero inconcluso
Trazar líneas definitorias acerca del arte donosiano, es
más peligroso de lo que parece. Por una parte, su dominio y reinado en el
ámbito de los novelistas chilenos, es incontrarrestable: como pálidos rivales asoman
Joaquín Edwards Bello y Manuel Rojas, Augusto D’Halmar y Eduardo Barrios,
Francisco Coloane y Enrique Lafourcade. Sólo la sorprendente génesis de Roberto
Bolaño, en el último tiempo, le hace sombra y decrecer. En la calidad de la
prosa es distinto: Miguel Serrano y Jorge Edwards, por nombrar a los más
linajudos, son contrincantes de primera línea, a veces superiores si se quiere.
El tema discutido en el fondo, es la anorexia fatal de grandes novelistas en
las letras chilenas, en comparación, a los poetas de talla mundial que cierran
filas en nuestra literatura. Y cualquier juicio de valor literario que
realicemos, no puede ignorar esa verdad abrumadora.
Pero no nos desviemos.
Situar a José Donoso en su real y justa dimensión, es
nuestra preocupación en este trabajo. Por otro lado, pretender entronizar a
Donoso en una selecta lista de escritores paradigmáticos en la lengua de
Cervantes, por el sólo hecho de haber compartido posiciones con grandes del
denominado boom, es una posición que no resiste mayor análisis:
comparada con Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario
Vargas Llosa, la obra del chileno tambalea para desplazarse a un cómodo segundo
plano. Y en ese lugar secundario, sobrevive sin grandes dificultades; junto a
Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes y Alfredo Bryce Echenique, por señalar a
nombres cercanos.
La importancia del llamado “escritor de la destrucción”, se
explica en ser el primer novelista chileno provisto de alas que volaban
traspasando nuestras fronteras sin complejos de calidad. Abrió la puerta y
recorrió un camino hasta donde le fue permitido con el respaldo de sus textos.
Es un logro y por eso debe ser respetado, pero dista eternidades para
idolatrarlo sin mesuras y fundar una escuela de discípulos e imitadores.
Un comentario postrero, nos sugiere la idea si
efectivamente logró como ficcionador lo que perseguía: retratar con vida propia
los curiosos elementos conformantes de la chilenidad y las especiales
relaciones de jerarquía nacidas entre sus miembros. Sí y no, alumbró
situaciones y se le escaparon otras. No obstante, forjó talentosamente los
cimientos de una pequeña torre, un edificio que tendrá vida durante un buen
tiempo.
Conclusión: se esperan arquitectos dotados de técnicas y
miradas nuevas para construir otras y mejores.·- ·-· -···
···-·
Vicente Lastra
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