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Españoles en las cruzadas.
A pesar de que los principales intereses y las necesidades españolas estaban en la reconquista penínsular, los castellanos, los aragoneses, portugueses y navarros, lograron adquirir en la Siria y en la Palestina iguales laureles, que los que habían obtenido en España; cuya península había sido hasta entonces la escuela donde se doctrinaron en la ciencia militar muchos caballeros que tanto sobresalieron después en los mismos viajes y guerras de Ultramar.
Las guerras de Ultramar, conocidas
también con el nombre de las Cruzadas, proyectadas y propuestas
por un ermitaño llamado Pedro, natural de Amiens, que se
anunciaba como mensajero de Jesucristo: apoyadas fervorosamente
en los concilios de Plasencia y Claramonte: sostenidas con
admirable empeño e interés por la política de los pontífices
romanos, cuyas exhortaciones e indulgencias conmovieron a toda la
cristiandad; y ejecutadas por la devoción y condescendencia de
todos los príncipes cristianos y sus súbditos, con una
constancia, con un celo y valor dignos de mejor suerte y destino,
forman una época muy señalada en la historia de la Edad Media,
así por el espíritu religioso y militar, de piedad y de
caballería que las distingue, como por las grandes consecuencias
que tuvieron después en las costumbres, y en la cultura e
ilustración de los latinos o europeos occidentales.
Algunos escritores, como Paulo Emilio, Sandoval, que le sigue sin
examen, Vertot, Sueyro y otros, excluyen a nuestra nación del
número de las que tuvieron parte en aquellas santas
expediciones, bajo el honorífico pretexto de hallarse sus
soberanos de Castilla, de Aragón y de Navarra, demasiado
ocupados en combatir a los árabes y sarracenos de España(1); y
aunque sea cierto que esta digna y heroica ocupación no
permitió que aquellos reyes tomasen a los principios una parte
activa y directa, también lo es que partieron, sin embargo,
muchas tropas españolas y gran número de campeones, que se
distinguieron por sus proezas como era natural, si atendemos al
carácter caballeresco de aquellos siglos y a la condición o
clase de unas empresas, que reunían el espíritu de la religión
al valor y al entusiasmo militar. Para demostrar esta verdad nos
será preciso examinar los enlaces y conexiones de nuestros reyes
entre sí, y con los príncipes franceses que más se
distinguieron en las Cruzadas.
Mientras que el papa Urbano II convocaba a los señores y
prelados de todo el Occidente, para proponer y tratar en el
concilio de Claramonte cuanto convenía a la conquista de los
Santos Lugares de Jerusalén, libertándolos así de la
dominación de los infieles, y en tanto que a sus voces y
exhortaciones fervorosas se conmovían e inflamaban los ánimos
de todos los cristianos para una guerra que miraban como dictada
por la voluntad de Dios; en nuestra nación, como dice
Mariana(2),« las cosas empeoraban, y parece estaban cercanas a
la caída por la venida y armas de los Almorávides. Nunca ni con
mayor ímpetu se hizo la guerra, ni con mayor peligro de
España». Para salvarla de él, y contener los progresos de
aquellos mahometanos, no sólo había preparado Don Alonso VI en
sus dominios un ejército poderoso que se coligó con el del. rey
de Aragón, sino que condescendiendo con sus instancias, le
había enviado el rey de Francia, desde algunos años antes,
muchas tropas y caballeros distinguidos, entre los cuales se
contaban, principalmente, Don Ramón de Borgoña, Don Enrique de
Besanzon o de Lorena, y Don Ramón, conde de Tolosa, todos deudos
del rey Don Alonso, y a quienes después de haber combatido
valerosamente en Castilla y Andalucía, quiso remunerar sus
importantes servicios, casándolos con tres hijas suyas, dando al
de Borgoña a Doña Urraca, y el gobierno de Galicia con el
título de conde; al de Tolosa a Doña Elvira, con grandes
riquezas, por querer volverse a los estados que tenía en
Francia; y a Don Enrique a Doña Teresa, cediéndole con el
título de conde lo que en Portugal tenía ganado de los
moros(3). De estas alianzas resultó que habiendo regresado a
Francia el conde de Tolosa, y siendo allí de los primeros
cruzados que con más ardor tomaron el empeño de ir a la
Palestina, pasó los Alpes con cerca de cien mil hombres(4),
muchos de ellos catalanes y de todos los demás reinos de
España, como lo dice nuestra historia de Ultramar refiriendo su
llegada al Asia, y su reunión allí con el ejército cristiano
en los términos siguientes: «estos dos hombres honrados, el
conde de Tolosa y el obispo de Puy, de que ya dijimos, cuando
salieron de su tierra para ir a Ultramar movieron gran gente con
ellos de buenos caballeros de armas, de hombres honrados también
de Tolosa, como de Provencia, como de Alvernia y Sanonge, de
Lemozin, de tierra de Caors, del condado de Hédes, y de
Cartasés, y de Gascoña, y de Catalanes. Y como quiera que gran
guerra hubiesen con moros en España, desde los puertos adentro
que es llamada España la mayor, ca de la una parte Don Alfonso
el viejo, rey de Castilla, guerreaba con Toledo, y el rey Don
Ramiro de Aragón sacara su hueste para ir a cercar a Lerida; mas
por todo eso no cesó que todos los reynos de España que de
cristianos eran, no fuesen caballeros, y otras gentes, y de los
más honrados(5)». Entre estos se distinguía un tercio de
españoles veteranos, que constaba a lo menos de siete mil
hombres muy bien armados y de respetable presencia y ánimo
esforzado, de quienes la misma historia, recontando las tropas
que salían a la famosa batalla de Antioquía, y la descripción
que iba haciendo de ellas al rey Corvalan su privado Amegdélis,
se explica de este modo: «Y pasaron así la puente y pararon sus
haces cerca de una oliva que estaba en el campo. Y dijeron así
unos a otros: gran merced nos hizo nuestro señor Dios, y muchos
nos ama, que de tantos peligros nos ha librado y nos ayuntó
aquí ahora para conquerir la su heredad. Y vil y deshonrado sea
todo aquel de nos que huyere por moro. Catad la tienda de
Corvalan como es rica. Si los caballeros mancebos antes la
conquirieren, que nosotros, seremos escarnidos y alabarse han
ante nos: Y nosotros no osaremos parecer ante ellos en ningún
lugar do ellos sean». Entonces Corvalan, que estaba en su tienda
cuando vio aquella gente tan desemejada de la otra preguntó a
Amegdélis y díjole: ¿Sabes tú quien son aquellos que están
apartados? Nunca vi otros tales, ni otra tal gente, ni semejante
a ellos. Dijo Amegdélis: «señor, bien lo puedes saber que
aquellos son los muy buenos caballeros del tiempo viejo que
conquirieron a España por el su gran esfuerzo, que más moros
mataron ellos después que nacieron que vos no trajistes aquí de
toda gente: y aunque los otros huyan del campo, sepas que estos
no huirán por ninguna manera, que conocen que han logrado ya
bien sus días: y si les acaeciere querrán antes aquí morir en
servicio de Dios que tornar las cabezas para huir». Lo cual
causó gran desmayo de ánimo en Corvalan, resuelto a no esperar
allí tropas tan esforzadas y aguerridas(6).
Llevó además consigo el de Tolosa a Doña Elvira, su mujer,
teniendo la satisfacción de que en el castillo de Monte
Peregrino, que había levantado el conde delante de la ciudad de
Trípoli, le naciese un hijo, a quien por respeto sin duda al rey
de Castilla, su abuelo, llamaron Alfonso, así como después le
dieron el apellido de Jordan, por haber sido bautizado en las
aguas del famoso río conocido con este nombre(7). Tan ilustre
personaje, que es muy conocido en nuestra historia, llegó a ser
por sus altas conexiones uno de los magnates de la corte de
nuestros reyes, en donde había fijado su residencia por haberle
cedido su hermano Don Beltran, después de la muerte del padre,
los bienes y estados que gozaba en España. Entre los que
acompañaron a la condesa en esta expedición cuentan los
historiadores extranjeros(8) varios condes españoles, y aun el
arzobispo de Toledo Don Bernardo, en lo cual padecieron alguna
equivocación, pues aunque es cierto que después de haber
asistido al concilio de Claramonte, partió de Toledo en el año
de 1096, con la gente que se prevenía para la expedición de la
Tierra Santa, también lo es que habiéndose dirigido a Roma a
tomar la bendición del papa Urbano II, éste no le permitió
proseguir la jornada, estimando más útil su presencia entre las
ovejas de su grey que entre el estruendo de las armas de los
cruzados(9). Constante, sin embargo, en su propósito de visitar
los Santos Lugares, partió otra vez para Roma el 3 de marzo de
1105, con ánimo también de informar a Pascual II del estado de
la iglesia de España, al mismo tiempo que del objeto de su
viaje; pero extrañando el papa que abandonase su iglesia, cuando
corría tan inminente riesgo a vista del poder de los
almorávides y de los reyes de Marruecos, le dispensó del voto
mandándole volver a cuidar de sus diocesanos, tan necesitados
entonces de sus auxilios como de su doctrina.
Antes de esta época había partido para la Tierra Santa con
Guillermo IV, conde de Tolosa, en el año de 1092 Berenguer
Raymundo, que en calidad de conde de Barcelona y en la de tutor
de su sobrino Raymundo Berenguer III había gobernado aquellos
estados, de los cuales hizo donación por los años de 1090 a la
Iglesia romana en manos del legado Raynero, con la promesa así
por él como por sus sucesores de tenerlo en feudo de la Santa
Sede, con el tributo de un censo de 25 libras de plata; y
cediendo después al sobrino la parte que le pertenecía del
condado, emprendió su viaje a la Palestina, donde murió el año
siguiente sin dejar sucesión(10). Este celo y devoción por
visitar los Santos Lugares creció mucho más desde que se
publicó la Cruzada; y así los del ejército del conde Don
Ramón de Tolosa se apresuraron a reunirse en Lombardía, y desde
allí atravesando la Istria, la Dalmacia y la Grecia por las
cercanías de Salónica y de Macedonia, llegaron con infinitos
trabajos hasta Constantinopla, donde se embarcaron para terminar
en el Asia su expedición(11).
Además de los muchos españoles que fueron en estas tropas y en
la comitiva de la condesa Doña Elvira, consta por auténticos
testimonios que se hallaron también en aquellas expediciones
otros muchos príncipes y caballeros de estos reinos. Zurita
tratando de los de la corona de Aragón dice que: «era tan
grande la devoción de aquellos tiempos, que aunque tenían en
España los enemigos de la fe casi, como dicen, de sus puertas
adentro, y era tan fiera y obstinada gente en la guerra; pero por
mayor mérito se movieron muchos señores muy principales, para
ir a servir a Nuestro Señor en aquella tan santa expedición; y
entre ellos fueron los más señalados Guillén conde de
Cerdania, que murió en ella herido de una saeta, y por esta
causa te llamaron de sobrenombre Jordán, y Guitardo conde de
Rosellón su primo, y Guillén de Canet(12)». Los catalanes
cuentan sus primeros viajes marítimos a la Palestina desde el
año de 1096, cuando animados con el fervor de las primeras
cruzadas de Godofredo de Bullón, partieron para la Siria con los
señores nombrados por Zurita otros varones de Cataluña, cuyo
ejemplo abrió y facilitó el camino para la Tierra Santa a
muchas personas principales de la provincia, de diferentes sexos
y estados que quisieron señalar su piedad y su valor(13). Entre
estas personas se conserva la memoria de una insigne mujer
llamada Azalaida, que partiendo para la Siria el año de 1104 con
las tropas que se embarcaban en la cruzada, dejó hecho su
testamento declarando por último sucesor de sus bienes a la mesa
capitular de Barcelona(14). A 6 de julio de 1110 hizo también
testamento Guillermo Ramón, antes de emprender su viaje a la
Tierra Santa, dejando cuantiosas mandas para diversas obras pías
en muchas iglesias de aquella ciudad y del condado(15). Y en
aquel año otro caballero llamado Arnaldo Mirón, al tiempo de
partir para la Palestina restituyó a la iglesia de Barcelona una
viña sita en Monjuich(16). En el mismo paraje poseía otra
heredad el canónigo de Barcelona Guillermo Berenguer, de la que
hizo donación a favor de su iglesia en 3 de septiembre de 1111,
hallándose en Trípoli con deseo de servir a Dios en la guerra
santa, y satisfacer por sus pecados (como él mismo confiesa)
firmando la escritura varios caballeros catalanes que servían
entre los cruzados, como Guillermo Jofre de Servid, Cúculo su
hermano, Pedro Guerao, Arnaldo Guillén, Ramón Folch y Pedro Mir
o Mirón(17). Consta igualmente por otros documentos, que Arnaldo
Valgario, señor de los castillos de Flix, Conques, Figarola,
Vallbert, Calaf, etc., partía para la Siria en 1116; que San
Olegario obispo de Barcelona y metropolitano de Tarragona,
visitó también la Tierra Santa en 1124, habiendo recibido
honoríficos obsequios de los prelados del Oriente, en especial
del obispo de Trípoli y del patriarca de Antioquía; y que en
1143 su sucesor Arnaldo obispo de Barcelona, hizo viaje a
Jerusalén con el mismo objeto de religiosa devoción(18).
No se limitaron los catalanes a satisfacer sólo su piedad en
estas peregrinaciones, sino que contribuyeron también con su
valor a la recuperación de los Santos Lugares, como consta de
varios pasajes de nuestra historia de Ultramar. Además de lo que
hemos citado anteriormente es notable el que refiriendo el cerco
o sitio de Antioquía, y la distribución del ejército cristiano
para custodiar las puertas de la ciudad, dice: «Y en derecho de
aquella puerta que llaman del Can, posó Don Remón el conde de
Tolosa y el obispo de Puy y Don Gastón de Bearte, con todos los
provinciales y los gascones: y otrosí lemosines y santdogeses de
Alvernia, de Peregois y de Cahors. Eran también con ellos una
gran pieza de España la mayor. Y todos estos posaban juntos
porque se entendían mejor y se armaban de una manera: y fue muy
mucha gente cuando estos todos fueron ayuntados: así que tenían
bien hasta la otra gran puerta, que era cerca de esa, do posó el
Duque Gudufre, y Eustacio su hermano, etc.». Y más abajo: «A
la otra puerta cerca aquella do estaba un turco llamado Carcán,
posó el conde Don Remón de Tolosa y el obispo de Puy, y con
ellos Don Gastón de Bearte y todos los tolosanos y provinciales
y gascones. Y otrosí los de Cataluña y de todos los reinos de
España, que eran ahí gran pieza de ellos en la hueste (19).»
También cita la historia entre los hombres honrados que se
distinguieron en una batalla a Dalúpas de Castro un hombre rico
de Cataluña(20): y en el encuentro que, hallándose el ejército
sobre Antioquía, tuvo el conde de Flandes con un sobrino del
soldán de Persia, llamado Aliadan, murió peleando con este
valerosamente otro caballero de Cataluña llamado Dalmas(21).
Finalmente en el año de 1164 falleció en la ciudad de Tiro,
Pedro su arzobispo, natural de Barcelona, que había sido antes
prior del Santo Sepulcro y de quien la historia sacra de ultramar
dice que era «nobilis secundum carnem sed spíritu nobilior»; y
la castellana del rey Don Alonso expresa, que era «hombre bueno
y entendido de buena vida, y que hizo muchas buenas obras en la
tierra»(22).
Ni era menor en Castilla el
fervor religioso, ni el espíritu marcial que animaba a sus
naturales, para acudir todos personalmente a la conquista de los
Santos Lugares. La crónica latina de Don Alonso VII escrita por
un anónimo coetáneo refiere, que el conde Don Rodrigo González
Girón, que había combatido heróicamente contra los agarenos de
España, hallándose gobernando la ciudad de Toledo y otros
pueblos, cayó en la desgracia de aquel monarca, y no pudiendo
sobrellevar este disgusto dimitió el mando que le había
confiado, y que se proveyó en Rodrigo Fernández, nombrándole
alcaide de aquella ciudad hacia el año de 1134. El conde
inmediatamente besó la mano al rey, se despidió de sus
parientes y amigos, y marchó a Jerusalén, donde se distinguió
en muchas batallas que se dieron contra los infieles. Allí
labró un castillo muy fuerte llamado Torón, situado frente de
Ascalona, el cual guarneció con tropa de infantería y
caballería, y proveyéndolo de muchos víveres le entregó a los
soldados del Temple. Volvió el conde a España, pero no pudiendo
lograr ver al rey, ni entrar en posesión de sus bienes
patrimoniales, se mantuvo sucesivamente al servicio de Don Ramón
conde de Barcelona, de Don García rey de Navarra, y de Abengaman
príncipe de los sarracenos en Valencia, hasta que dándole
éstos una bebida que le ocasionó una lepra, regresó a
Jerusalén, donde permaneció hasta su muerte(23). Por el mismo
tiempo pasó también en dos ocasiones a la conquista de la
Tierra Santa el conde Don Fernando de Galicia, hijo del conde Don
Pedro de Trava, ayo del emperador don Alonso VII: caballero tan
señalado en armas como en virtud, y que sin duda ejercitó allí
su valor, puesto que databa como época muy señalada la de su
regreso de Jerusalén según se observa en la donación que hizo
al monasterio de Sobrado, de la orden de san Benito, el día
primero de mayo del año de 1153 añadiendo: «Anno quo ego comes
Ferrandus, secundo Hierosolyman perrexi»(24).
Nuestra historia de Ultramar refiere que caminando en una
ocasión el ejército de los cristianos tan fatigado de la sed,
como acosado de los turcos, que no le perdían de vista, se
consolaban aquéllos con la próxima esperanza de descansar en
Damasco, cuando supieron que los enemigos estaban ya en posesión
de esta ciudad. Desanimados con tal noticia resolvieron la
retirada creyéndose perdidos, y para salvar al rey le
aconsejaron que tomando la cruz en la mano cabalgase en el
caballo de Juan Gómez, que era muy bueno; y de este modo
consiguieron libertarse, combatiendo con tanto valor y acierto
que causó suma admiración y terror a los mismos enemigos(25).
Durante el cerco de Antioquía, teatro de lucidos y gloriosos
hechos de nuestros cruzados, se fabricó un puente de barcas en
el río que mediaba entre la ciudad y el ejército. Fuéronle a
ver concluido los hombres honrados de la hueste, y entre ellos
Golfer de las Torres, que le pasó corriendo en un hermoso
caballo, llevando la lanza sobre el brazo; y luego que estuvo a
la otra parte se encontró con cinco turcos que venían a todo
correr a incomodar a los cristianos que pasasen. El denso polvo
que levantaron en su carrera no les dejó ver al español que los
esperaba, hasta que estuvieron junto a él. Entonces «hirió de
la lanza al primero que halló, sobre un escudo que traía, tan
de recio por los pechos, que se la sacó bien un codo a la otra
parte de las espaldas, y después sacó la lanza sana e hirió al
otro a sobre mano de una tan gran herida que ambos costados le
falsó; y de esta manera los mató a ambos dos. Y los otros tres
turcos cuando vieron sus compañeros muertos comenzaron a huir, y
él, como iba cerca de ellos, hirió al primero de la lanza por
las espaldas cabe el pescuezo de tan gran herida, que se la sacó
por los pechos: así que luego cayó muerto en tierra. Y los
otros dos cuando esto vieron desampararon los caballos y
metiéronse a pie por un postigo (en la ciudad); y Golfer de las
Torres cogió los cinco caballos ante sí y comenzolos a traer
contra la puente por do pasara, y veníase con ellos lo más paso
que él podía, porque no perdiese algunos de ellos; pero traía
el caballo herido de cuatro saetadas». Viendo esto salieron los
moros de la ciudad y corrieron en pos de él para alcanzarle, y
los de la hueste hicieron lo mismo para defenderle; empeñándose
así por ambas partes una batalla muy sangrienta, en que vencidos
los moros y encerrados en la ciudad, dejaron en el campo más de
mil muertos, entre ellos cuatrocientos de a caballo y dos
almirantes, y otros muchos de los más valientes y
principales(26). En la batalla que tuvo el conde de Tolosa con un
almirante, hijo del soldán de Niquea, llegó a verse aquel
caudillo en el mayor apuro, lleno de heridas, maltratado el
caballo, que apenas podía sostenerle, perdidas las armas propias
para su defensa, y sin remedio pereciera si no llegaran a
socorrerle dos caballeros, de los cuales fue el primero Golfer de
las Torres, que mató a uno de los almirantes y otros soldados
enemigos, libertando así al conde, a quien hallaron entre quince
moros que yacían en derredor suyo muertos por sus manos.
También se distinguió en aquella facción Juan de Mesa «y una
compañía de caballeros españoles que allí había, que
aguardaban al conde de Tolosa, de que él hiciera caudillo a Don
Pero González el Romero, que era muy buen caballero de armas, y
era natural de Castilla, e hizo mucho bien aquel día; así que
tres de los mejores caballeros que había entre los moros mató
por sus manos de lanza y de espada(27)»
De este valiente caballero vuelve a hacer honorífica mención
nuestra historia de Ultramar. Hallábanse los cristianos sobre
Antioquía, cuando resolvieron los moros quemar de noche un
puente de barcas que aquéllos habían fabricado. Apercibiose de
ello el conde de Flandes, que estaba de guardia, y aunque echó
menos a su escudero, que tenía gran parte de sus armas, picó a
su caballo, revolvió un mantón en su brazo, sacó la espada,
pasó el puente entre las llamas, mató, hirió y persiguió los
turcos que le defendían, hasta que viéndole solo al amanecer,
cargaron éstos con tal ímpetu y en tanto número que le mataron
el caballo, rompiéronle el mantón de su defensa, hiciéronle
muchas heridas, «él quedó de pie (dice la historia)
defendiéndose con su espada mucho a manera de bueno, llagando y
matando caballeros y caballos, y haciendo golpes muy maravillosos
hasta que le vino el socorro de la hueste, Y los primeros dos
caballeros que a él llegaron fue el uno de ellos de España, que
había nombre Don Pero González Romero, y el otro era de Francia
y llamábanle Drongo de Monte Mírante; más el español que
llegó primero, dio tan gran golpe a un moro por las espaldas con
una lanza que traía a sobre mano, que se la sacó por los pechos
más de un codo y dio con él muerto en tierra: en esto fueron
dando vagar ya cuanto al conde(28)». Teniendo Saladino cercada
la ciudad de Sur, intimó la rendición a Conrado el marqués,
que la desechó con gallardía, prometiendo defenderla hasta el
último trance. Entonces, el Saladino, haciendo traer de Acre
algunas galeras para que los cristianos no pudiesen ser
socorridos por la mar, comenzó a batir la plaza de día y de
noche con catorce ingenios, que hacían poco daño por la
industria de los sitiados: «y no pasaba día (dice la historia)
que no saliesen de la ciudad fuera a las barreras dos o tres
veces con un caballero de España que era en la ciudad y traía
las armas verdes, y cuando aquel caballero salía fuera todos los
turcos de la hueste se alborotaban(29)». Es prueba del buen
concepto que allí se habían grangeado los españoles la acción
de Licoradín, soldán de Damasco, que prendado del valor y
virtud de un caballero de España, miembro del Temple, le dejó
por su muerte encomendados sus hijos y su estado «porque vio que
los guardaría bien y lealmente (dice nuestra historia), que
tiempo había que le sirviera sin engaño, y mantuviera muy bien
su ley como buen cristiano, salvo en la guerra cuando iba contra
cristianos(30)».
También concurrieron a la primera Cruzada varios personajes de
la alta jerarquía del reino de Navarra, de los que nos han
quedado piadosas y recomendables memorias. Garibay, tratando de
esta sagrada expedición dice: «Con todo lo que en España
pasaba, no faltaron algunas personas de cuenta del reino de
Navarra, que allá pasaron (a Jerusalén), porque no faltan
autores que dicen que el infante Don Ramiro Sánchez, hijo del
rey Don Sancho Garcia, pasó allá cuando en el año 1096
partieron por mar y tierra los príncipes occidentales, cuyas
gentes con caballería e infantería pasaba de trescientos mil
combatientes, el cual número hay algunos que doblan, y todos
iban poniendo en sus pechos la salutífera señal de la santa
cruz, por lo cual aquellos católicos soldados se llamaron
cruzados(31)». Moret, hablando de uno llamado Don Aznar Garcés,
que estando de partida para Jerusalén en el año de 1094, dejó
toda su hacienda de Oteiza al monasterio de Leyre, si su hijo
falleciese sin sucesión legítima, añade que no es de este
caballero solo, sino de otros y no pocos el ejemplar de dejar la
guerra sagrada en casa para buscarla lejos de ella(32). De este
número fue sin duda Saturnino Lasterra, natural de Artajona en
la merindad de Olite, donde existe a corta distancia del pueblo
una basílica titulada de Nuestra Señora de Jerusalén, que es
muy celebrada y concurrida. La imagen es igual en el tamaño y
figura a la del sagrario de Toledo; y en un cajón que forma el
asiento de la silla hay una cajita de plata que contiene, según
dicen, una porción de tierra del santo Sepulcro, y un pergamino
escrito, por cuyo contenido(33) se cree comúnmente que Saturnino
Lasterra, hijo de aquella villa, estuvo en la conquista de
Jerusalén como capitán de las tropas de Don Ramiro infante de
Navarra, y que Godofredo de Bullón le regaló en premio de sus
servicios aquella imagen, la porción de tierra del santo
Sepulcro, y un «Lignumcrucis» muy precioso, que se conserva en
la iglesia parroquial. En los primeros tiempos se llamó esta
imagen Nuestra Señora del Olivo, por estar situado su santuario
en un olivar del mismo Saturnino Lasterra, hasta que visitando el
docto obispo de Pamplona, Fr. Prudencio de Sandoval, año de
1614, quiso titularla de Jerusalén en memoria de su origen; lo
que prueba que la antiquísima tradición que se conservaba en el
pueblo le hizo más fuerza que el carácter de la letra de la
citada inscripción, que ciertamente parece muy posterior al
siglo XI(34).
Algún fundamento da a la verdad de este viaje el que hizo a la
Tierra Santa el infante don Ramiro de Navarra por el mismo
tiempo; pues aunque Sandoval, Moret y otros historiadores
desconfíen con bastante razón de la legitimidad de la
escritura, que corre con el nombre de testamento de este infante,
otorgado en San Pedro de Cardeña el 13 de noviembre de la era
1148, que es el año de Jesucristo 1110, y que defienden Berganza
y algunos otros(35), todos convienen en que viajó a Jerusalén
acompañado de muchos caballeros y soldados cuando la primera
Cruzada; que concurrió a la guerra y conquista de aquella
ciudad, que visitó los Santos Lugares, tan venerables por las
maravillas que en ellos obró nuestro Redentor, y los santuarios
que allí había, en especial la sagrada Piscina, a cuya
semejanza mandó edificar cuando volvió a España una iglesia
con su territorio en honra de la Beatísima Virgen María, y en
memoria de su devota peregrinación; dejándola, según expresa
el testamento y se ha conservado hasta nuestros días, a sus
descendientes, así reyes como soldados, que proviniesen de su
sangre, con tal que guarden la policía y leyes de caballería.
Las revueltas de aquellos tiempos, las alteraciones que encontró
en su familia, la ocupación de su reino al regreso de
Jerusalén, y las persecuciones que de resultas padeció, le
obligaron a retirarse a Cardeña, donde parece que otorgó su
testamento y terminó su vida. Pero como hasta el año de 1134,
en que ciñó la corona de Navarra su hijo don García el
restaurador, no quedó libre el territorio que habían ocupado 58
años los perseguidores de don Ramiro, no pudo el abad de
Cardeña, don Pedro Virila, su pariente, albacea y ejecutor de su
testamento, fundar la iglesia, como dejaba ordenado en él, a
honra y gloria de María Santísima, con la advocación de la
Piscina. Viendo entonces que don García iba recuperando el
reino, a la primera entrada que hizo por el territorio llamado la
Sonsierra de Navarra, eligió sitio conveniente para cumplir la
voluntad del testador; y confome a ella hizo fabricar la iglesia
en la era 1174, que es año de Jesucristo 1136, y la consagró en
el siguiente el obispo de Calahorra y Nájera, Don Sancho de
Fúnes, según consta de las inscripciones y memorias que hemos
visto y copiado con detención, y que por ser poco conocidas
damos a luz(36), como una prueba de haber el infante concurrido a
la primera Cruzada y conquista de Jerusalén, con otros
caballeros y militares de Navarra.
Los portugueses, animados de su
religiosidad y valor, e impelidos de las exhortaciones del Sumo
Pontífice y del ejemplo de los demás pueblos cristianos,
pospusieron con igual generosidad los riesgos domésticos a la
gloria de contribuir a la recuperación de los Santos Lugares. Es
verosímil que el conde Don Enrique de Lorena, yerno de Alfonso
VI de Castilla, viendo el fervor con que en su país nativo se
emprendía esta memorable jornada, y el empeño que tomaban por
llevarla al cabo sus cuñados los condes de Tolosa, de Flandes y
de Borgoña, y otros príncipes franceses y alemanes, concurrió
también a ella con no menor esfuerzo y devoción; pero ni faltan
historiadores que lo nieguen (37), ni otros que lo aseguren, y
aun algunos que dupliquen las jornadas de Don Enrique a la
Palestina. El doctor Alexandro Ferreyra, que examinó este punto
muy de propósito con presencia de los antiguos diplomas y
crónicas de Portugal(38), es de opinión que el conde fue a la
Tierra Santa con los demás príncipes católicos el año de
1096: que asistió y contribuyó con su valor a la conquista de
Jerusalén, verificada en 15 de julio de 1099; que en esta
gloriosa empresa se adquirió por su valor el concepto de
aquellos príncipes y caudillos; que visitó con mucha ternura y
devoción los Santos Lugares, y que llamándole a Portugal las
atenciones y riesgos de sus estados amenazados continuamente de
los moros, se despidió del ilustre Godofredo, que en testimonio
de su aprecio le regaló varias sagradas reliquias, con las
cuales regresó a fines del mismo año; acompañado del venerable
Giraldo, arzobispo de Braga, por la vía de Constantinopla,
donde, obsequiado del emperador Alejo, obtuvo de él entre otras
reliquias un brazo del evangelista San Lucas, que todavía se
venera en la iglesia catedral de Braga. Añade el doctor
Ferreyra, siguendo en esto el parecer de Manuel de Faria y
Sousa(39), que pocos años después y probablemente en el de
1103, volvió Don Enrique a la Tierra Santa en compañía del
obispo de Coimbra Don Mauricio y del arcediano Don Tello,
embarcados en una armada genovesa que llevó grandes socorros a
los cruzados: que Balduíno, ya rey de Jerusalén y deudo del
conde, le empleó en varias empresas militares, especialmente en
la toma de Tolemaida, el año de 1104, la cual facilitó mucho el
socorro de los genoveses que sitiaron la plaza por mar con
setenta navíos; y, finalmente, que condescendiendo Don Enrique a
las instancias de su mujer, de sus hijos y de sus estados estaba
ya de vuelta en ellos a fines de 1105. Sin embargo, de este
resultado que saca el doctor Ferreyra del examen de los
documentos que cita, no son convincentes ni decisivas todas sus
conjeturas y deducciones. Contradícenlas poderosamente el
silencio de los escritores coetáneos de esta primera Cruzada; su
omisión de no citar jamás a un personaje tan ilustre, cuando
sus enlaces y su carácter militar le hacían tan distinguido; y
la incertidumbre del poderoso socorro que se supone envió a sus
órdenes don Alfonso VI para la guerra de Ultramar,
circunstancias que haciéndonos más recatados y circunspectos
para seguir el dictamen del doctor Ferreyra y Manuel de Faria,
dan a lo menos alguna mayor consideración a la autoridad de
varios historiadores portugueses, entre ellos Fr. Bernardo
Brito(40) y Fr. Antonio Brandaon(41), y otros castellanos como
Esteban de Garibay(42) y Juan de Mariana(43), que sólo atribuyen
al conde un viaje a la Palestina después de la muerte de
Godofredo, acaecida en 8 de julio del año de 1100, reuniendo en
él algunos de los sucesos que los otros dividen, como el regreso
por Constantinopla y los obsequios y dádivas de aquel emperador.
De todos modos es muy natural que si el conde tuvo parte en esta
primera Cruzada llevase consigo muchos caballeros y militares
portugueses, o por ostentación y decoro de su dignidad, o por el
lisonjero empeño de que compitiesen en hazañas con los ilustres
guerreros de las demás naciones.
Cónstanos en efecto por el testimonio del arzobispo de Tiro,
autor coetáneo, que en la conquista de Jerusalen se distinguió
por su valor el caballero lusitano Tomás de Faria acompañado de
sus paisanos Guillermo Carpintero y Mendo Laude(44). Las
historias de aquel tiempo hacen mención de otro insigne
portugués llamado Pelagio o Payo de Brito, que dejó noble fama
y honrosa estimación entre los valientes que militaron en la
Palestina(45). Glorioso es para Portugal que un hijo suyo llamado
Arnaldo de Rocha fuese uno de los nueve primeros caballeros que
concurrieron a la institución del orden de los templarios,
siendo probable que cuando Don Gualdin Páez, natural de Braga,
pasó a Siria, donde tomó el hábito de aquella orden militar,
asistiendo cinco años a la guerra santa hasta la toma de
Ascalona, regresase a su patria con Arnaldo a continuar en ella
los empeños y obligaciones de su instituto(46). En el año de
1191 Don Sueiro Raymundo o Raymondes, rico-hombre de Portugal,
acompañó al rey Ricardo de Inglaterra en su expedición a la
Tierra Santa, adquiriendo claro renombre en la expugnación de
Chipre, y en cierto asalto que suponen se dio a Jerusalén por la
parte del muro llamado Mello, por cuyo buen éxito tomó para sí
este apellido, y aun le dio a una quinta que labró en la sierra
de la Estrella al regreso a su patria, donde murió siendo
alférez mayor del rey Don Alfonso II (47); pero en la última
circunstancia parece haber alguna equivocación, pues aunque el
rey Ricardo intentó sitiar a Jerusalén no llegó a verificarlo,
ni aquella santa ciudad, desde que Saladino se apoderó de ella
en el año de 1187, volvió a poder de los cristianos hasta que
la recuperó el emperador Federico II en 1228. Muchos fueron los
caballeros portugueses que en las ilustres órdenes del Hospital
y del Temple militaron en la Tierra Santa: habiendo sido gran
maestre de la primera en el año de 1195 el señor Don Alfonso de
Portugal, hijo del primer rey Don Alfonso Henríquez(48). Más
adelante tomó la cruz Don Alfonso III para mandar socorros a la
Palestina, concediéndole para esto el sumo pontífice Clemente
IV los diezmos sobre los bienes de la Iglesia y de los
eclesiásticos(49). Finalmente no pudiendo el rey Don Dionisio
concurrir personalmente a la Cruzada, a que exhortaba Nicolás IV
a todos los príncipes y católicos de Occidente, para recobrar
los Santos Lugares que acababan de ocupar los infieles, mandó en
su testamento tres mil libras para que un caballero fuese por él
a la guerra santa de Ultramar, y que permaneciese allí dos años
sirviendo a Dios en sufragio de su alma. En consecuencia de esta
disposición hecha en el año de 1299, nombró el mismo rey al
Merino Mayor de su casa Don Juan Simaon, por la gran confianza y
conocimiento que tenía de su valor y cristiandad(50). Estos
hechos prueban suficientemente que los españoles de la antigua
Lusitania, pese a ser los europeos más occidentales, y a estar
rodeados de infieles, con quienes tenían que combatir de
continuo para propagar el culto de la religión de Jesucristo y
asegurar la paz interior del país y el goce de sus bienes y
propiedades, no pudieron sofocar los estímulos de su valor y
religiosidad, hallando medios para distinguirse por sus hazañas
en el Asia, mientras que en Europa coronados de laureles y
victorias echaban los fundamentos de una monarquía, que han
ilustrado y ennoblecido después con hechos tan gloriosos y
memorables.
Merece también nuestra memoria el cardenal Pelagio o Pelayo
Galván, obispo abanense, natural de la ciudad de León en
España, o de alguno de los pueblos vecinos, a quien el papa
Honorio III hizo su legado para la expedición a la Tierra Santa
a donde condujo en el año de 1218 un refuerzo considerable de
tropas y muchos príncipes y señores principales de la
cristiandad. Dirigió por sí mismo durante dieciocho meses el
sitio de Damieta, y debiósele enteramente la toma de esta
importante plaza que se verificó en 5 de noviembre de 1219. Era
hombre de mucho espíritu y muy hábil, aunque de un carácter
fiero y tenaz; pero así pudo hacerse respetar de los infieles,
sabiendo al mismo tiempo conciliarse el amor de los cruzados. Ya
estaba de vuelta en Roma el año de 1224, y según las memorias
de la iglesia de León falleció a 29 de febrero de 1230(51). A
principios de aquel siglo pasó también a visitar los santos
lugares de Roma y Jerusalén el famoso Don Lucas, después obispo
de Tuy, con cuyo motivo estuvo en Francia, en Italia, en Grecia,
en Armenia, en Constantinopla, en Tarso de Cilicia, en Nazareth y
en otras varias partes del Oriente, como él mismo refiere;
adquiriendo en estos viajes aquel caudal de erudición y
conocimientos que le proporcionó las mayores dignidades de la
Iglesia de España, y que la gran reina Doña Berenguela, madre
de San Fernando, le nombrase su historiador por el reino de
León, para perpetuar las hazañas de los
Todos estos hechos comprueban el entusiasmo que desde los
principios se apoderó de los españoles de todas clases para ir
a la conquista de Tierra Santa: entusiasmo que llegó a ser furor
y exceso tan perjudicial que fue necesario que los mismos papas,
que por todas partes exhortaban e inducían a la continuación de
aquellas guerras y que parece querían arrancar Europa entera
para trasladarla a Asia, estos mismos se vieron obligados a
expedir sus breves para contener la emigración de los
españoles, a fin de que defendiesen sus propios hogares
combatiendo con los moros de la península; concediéndoles para
esto las mismas gracias e indulgencias que habían dispensado a
los cruzados de la Palestina. Así consta de la bula del papa
Pascual II, expedida en San Juan de Letrán a 8 de abril del año
de 1109, en que repite las amonestaciones hechas anteriormente a
los vasallos de Alonso VI a instancia de este soberano en los
años de 1100 y 1105, para que bajo el pretexto de ir a
Jerusalén no desamparasen sus domicilios, dejándolos en riesgo
de ser presa de los moros, cuyas incursiones amenazaban la
pérdida de los países occidentales de Europa. Por tanto mandaba
no sólo que desistiendo del viaje a la Tierra Santa regresasen
todos a su patria, sino que ninguno fuese osado a infamar o
calumniar a los que así lo hiciesen; antes bien, resistiendo en
el propio país con todas sus fuerzas a las que presentaban los
moros, y cumpliendo así sus penitencias, obtendrían con el
favor de Dios los mismos perdones y gracias que los demás
cruzados(53).
Desde entonces la guerra de España contra los mahometanos ocupó
seriamente, no menos que la de los Santos Lugares, la atención
de los concilios de la Iglesia y de los sumos pontífices: y por
esto cuando el rey de Aragón Don Alfonso I procurando extender
sus dominios se apoderó de Zaragoza después de largo asedio en
el año de 1118, el ejército sitiador solicitó del papa Gelasio
II algunas gracias espirituales; y su Santidad concedió desde
luego entre otras indulgencia plenaria y remisión de sus pecados
a cuantos muriesen en aquella empresa o perseverasen hasta
concluirla, y a los que sirviesen con algo al ejército y a la
reparación de la ciudad y de su iglesia. En Tolosa hubo concilio
en el mismo año de 1118 para alentar a la guerra sagrada de
España contra los sarracenos; y el concilio general Lateranense
I, celebrado en 1123, mandó que volviesen a la cruzada de
Jerusalén o de España los que habiendo tomado las cruces las
habían dejado después. Al mismo tiempo el papa Calixto II,
procurando fomentar eficazmente la guerra sagrada de nuestra
península, manifestó sus deseos de alentar al ejército con su
misma presencia, y no pudiendo cumplirlo sustituyó por su
persona a San Olegario arzobispo de Tarragona, nombrándole su
vicario y legado a látere, y dirigiendo a todos los fieles una
bula en que exhortaba a los reyes, príncipes, obispos, condes y
toda la cristiandad a la guerra de España contra los infieles,
concediéndoles las mismas indulgencias que a los defensores de
Jerusalén y encargándoles procediesen en todo con acuerdo y
resolución de aquel venerable prelado. Este se halló también
en el concilio de Claramonte, celebrado con asistencia de
Inocencio II a 18 de noviembre del año de 1130, en el cual se
impuso a los incendiarios después de la excomunión la
penitencia de que concurriesen por un año a la guerra santa de
Jerusalén o de España: siendo probable, como ya lo notó el
padre Florez, que San Olegario promoviese semejantes decretos por
el anhelo que tenía de ver libre y purificada su patria de la
secta mahometana. Lo cierto es que estimulados de semejantes
llamamientos y gracias concurrieron a militar en estos reinos
muchos varones ilustres, especialmente normandos y franceses, de
los cuales unos volvieron a sus tierras y otros perseveraron, y
aún se avecindaron en nuestra península(54).
El copioso fruto que produjeron estas amonestaciones y gracias de
los concilios y de los sumos pontífices, no sólo por lo que
alentaban a los españoles, sino por el gran concurso de
extranjeros que venían en su auxilio, hizo que los reyes de España
solicitasen en adelante de la Santa Sede la dispensación de la
cruzada para toda empresa de alguna importancia que se intentase
contra los moros establecidos en sus dominios. Así la obtuvo Don
Alonso VIII de Castilla del papa Inocencio III para la memorable
jornada de las Navas de Tolosa en 1212: así la dispensó
Clemente IV en 1265 a instancia de Don Alonso el Sabio y de Don
Jaime I de Aragón para evitar los daños que amenazaba la reunión
de los moros de Murcia y Granada con la multitud que venía del
Africa: así la concedió Gregorio IX al mismo Don Jaime de Aragón
en 1229 para la conquista de Mallorca y en 1232 para la de
Valencia y aun para la de Ibiza: así a San Fernando en 1247 para
la de Sevilla; y del mismo modo la solicitaron y obtuvieron todos
sus sucesores para continuar la guerra de España hasta la total
expulsión de los moros en 1492, quedando después perpetuada
esta bula para el goce de varias gracias e indulgencias, hasta
haberse erigido el consejo de Cruzada en el año de 1534 con un
comisario general, para cuyo nombramiento concedió facultad el
papa Paulo III al emperador Carlos V, que nombró en virtud de
ella al obispo de Palencia Don Francisco de Mendoza. Desde
entonces se han ido prorrogando estas gracias, y establecídose
por regalía de la corona la de proponer a su Santidad persona
para la comisaría general de cruzada en sus vacantes(55).
En Portugal no conocieron la cruzada hasta después de mediado el
siglo XV, cuando Mahomet II conquistó a Constantinopla y a todo
el Imperio de Oriente. Entonces el papa Calixto III para contener
los progresos de los turcos y salvar la cristiandad, convocó a
varios príncipes cristianos, y envió cruzada a Don Alonso V de
Portugal para más animarle en esta empresa. «Lucida flota (dice
el historiador Manuel de Faria y Sousa) salió de nuestro reino
para juntarse con las de la Liga: llegó a los puertos de Italia,
de donde volvió sin efecto, siendo la causa principal el poco
celo de Pío II, que publicando la expedición hizo tesoro para
sus intentos de lo que los príncipes cristianos le enviaron para
aquel. así que el ofrecimiento fue muy de ellos, y muy de Italia
aquella resolución.» Con este motivo hizo fabricar Don Alonso
la moneda que llamó cruzados, y unas doblas con el nombre de
cruzadas, que valían 150 y 200 maravedís(56). Tal suele ser el
término aún de aquellas benéficas instituciones, que desviándose
progresivamente de las causas de su origen, llegan a ser objeto
de los intereses o pasiones particulares de los hombres.
Mientras que tantos españoles viajaban a la Palestina en el
siglo XII a satisfacer su valor y devoción, un judío de Tudela
en el reino de Navarra, llamado Benjamín, de singular discreción
y muy instruido en la sagrada escritura, inflamado de su amor a
la ley de Moisés, resolvió ir a visitar a sus hermanos del
Oriente, creyendo hallarlos en tal grado de crédito y
prosperidad, que fuese capaz de hacer revivir el honor y la
dilatación de su secta. Con este designio salió de España en
1160, fue por tierra a Constantinopla, y atravesó los países
que están al norte del Ponto Euxinc: y del mar Caspio, hasta la
Tartaria china. De allí tomó su dirección hacia el Sur; y
después de haber atravesado diferentes provincias del interior
de la India, se embarcó en el Océano Indico, visitó muchas de
sus islas, y con las observaciones propias y las noticias que
recogió de otras personas fidedignas, volvió al fin de trece años
por Egipto a España, con grandes conocimientos sobre una porción
considerable de nuestro globo, desconocida entonces de los
pueblos occidentales. Su relación o itinerario ha tenido muchos
impugnadores, y también doctos apologistas sobre la verdad de su
narración; y entre éstos merece distinguido lugar nuestro célebre
Arias Montano, que fue el primero que la tradujo en latín a
instancias del ilustre obispo de Segovia Don Martín de
Ayala(57).
El origen y establecimiento que tuvieron a principios del siglo
XII en la Palestina las órdenes militares y hospitalarias de San
Juan de Jerusalén y del Temple, para defender de facinerosos en
los caminos a los cristianos que iban en peregrinación, para
asistirlos en los hospitales y curarlos de sus enfermedades y
dolencias, y para guerrear de continuo contra los enemigos de la
fe, dieron causa e impulso a los españoles, ya para incorporarse
en unos institutos tan análogos a su espíritu militar y a su
devoción, ya para procurar su engrandecimiento y propagación
por todos los estados cristianos de Europa. Los reyes, y
especialmente la nobleza, que tanta consistencia adquirió con
las nuevas religiones, se apresuraron sin término ni límite a
dar ejemplo de su piadosa generosidad. Por contemplación a San
Bernardo, de quien era muy devoto, determinó el emperador Don
Alfonso de Aragón dejar grandes heredamientos y posesiones a los
caballeros del Temple: y en efecto, cumplió este propósito
cuando muriendo a vista de Fraga en una batalla con los moros el
año de 1131, después de hacer otras mandas piadosas y notables
a varias iglesias y monasterios, dedaró por herederos y
sucesores de todos sus reinos y señoríos, en toda propiedad y
absoluto dominio, a aquellos religiosos y a los del Santo
Sepulcro de Jerusalén: donación que no pudo tener efecto por
circunstancias que obligaron a las mismas órdenes a renunciar
sus derechos, con algunas reservas y condiciones(58). Don Ramón
Berenguer, conde de Barcelona, tomó el hábito de San Juan, y su
hijo el príncipe Don Ramón, que fue muy apasionado de los
templarios, los hizo traer a Cataluña desde la Palestina, a
persuasión de San Olegario, quien como metropolitano celebró un
concilio en Barcelona a 15 de abril de 1134, en el cual se
determinó la inmunidad que debían gozar estos caballeros, se
les ofreció la protección de la Iglesia, y se promulgaron penas
y censuras contra quien los injuriase. Dióles entonces aquel príncipe
la villa de Monzón y muchos castillos, y otras rentas(59). En 21
de febrero de 1132 murió Don Pedro Atares, caballero muy
principal del reino de Aragón, y por no dejar hijos pretendieron
los religiosos del Hospital y del Temple suceder en el señorío
de la villa, ahora ciudad de Borja que les había cedido en vida;
y en tal concepto la dieron ellos en feudo a Doña Teresa madre
del donador, por cuya causa Don Ramón Berenguer, príncipe de
Aragón, se apoderó de aquella villa y de la de Magallón, dándoles
en recompensa otros pueblos(60). Hallándose en Huesca el rey Don
Alonso II por marzo de 1193 dio la villa de Caspe a la religión
de San Juan y en su nombre a Fr. Armengol de Aspa, maestre que
entonces llamaban en España de Amposta, y en 1196 los pueblos y
castillos de Alhambra, Orrios y la Peña del Cid a los
templarios. Después de la muerte de este rey heredaron los
hospitalarios de San Juan, como lo dejó mandado en su
testamento, la villa y castillo de Samper de Calanda en el año
de 1197(61).
Los reyes de Navarra y sus vasallos queriendo acreditar su devoción,
y el aprecio que hacían de las proezas y servicios importantes
con que se distinguían en la guerra santa de Ultramar los
religiosos de ambas órdenes, los colmaron también de riquezas,
exenciones y prerrogativas. A 18 de noviembre del año de 1135,
reinando Don García el Restaurador, donaron Lope Iñiguez y su
mujer Sancha Aznarez al Hospital de San Juan de Jerusalén la
iglesia de San Miguel de la villa de Zizur, en el obispado de
Pamplona(62). El mismo rey Don García donó en enero de 1142 a
la orden de San Juan las villas de Cavanillas y Fustiñana, para
sufragio de su alma, la de la reina Doña Margarita su mujer y la
de sus padres(63). En 1149 hallándose aquel rey en Tudela
concedió privilegio de exención de leuda a la religión del
Temple, y a su maestre Rigaldo Suger(64). El rey Don Sancho el
Sabio concedió en marzo de 1160 a los templarios facultad para
construir una presa y acequia en términos de Fontellas y tomar
el agua del Ebro; y en diciembre de 1173 les concedió además
las aguas sobrantes de los prados de Mosquera y Fontellas,
reservando a los de este pueblo y los de Tudela la facultad de
regar sus heredades(65). Así se enriquecieron estas órdenes, de
manera que a mediados del mismo siglo de su institución, no sólo
contaban los templarios en España doce conventos principales,
sino que eran dueños de muchas villas y castillos; y Don Alonso
VII les donó a Calatrava, que sostuvieron y defendieron de los
moros por tiempo de ocho años con grandes gastos de su hacienda
y peligro de sus personas(66). Fundaron además en Segovia un
convento con el título de Veracruz: obtuvieron en Toledo para sí
el monasterio de San Servando; y en el obispado de Astorga la
villa de Ponferrada que fortificaron y muchas iglesias y derechos
en los valles de Tavara y de Salas(67). Estas concesiones que se
multiplicaron en Castilla, fueron más extensas y repetidas en el
siglo inmediato; y si en ellas se ve un testimonio indeleble de
la piadosa protección y generosidad con que los monarcas españoles
y sus súbitos promovían las santas expediciones de Ultramar, se
descubre también el origen de la amortización de muchas
propiedades territoriales, de cuyas rentas salía gran parte
fuera de estos reinos, y en pos de ellas muchos nobles
castellanos, aragoneses y navarros, que hallaron en las nuevas
instituciones una carrera honorífica y ventajosa para su valor,
su piedad y su decorosa subsistencia.
Para contener los daños que de uno y otro podían resultar a
estos reinos, y convertir el celo y el valor de sus naturales a
objetos de más cercano interés y utilidad, dictó acaso la política
la institución de las órdenes militares de España, a imitación
y según el modelo de las establecidas en la Palestina, con tanta
gloria y aceptación universal: instituciones que exigía también
la necesidad, cuando divididos entre sí los príncipes
cristianos y sumergidos en querellas particulares, se
aprovechaban los moros con diligente sagacidad de estas
disensiones domésticas, para extender sus conquistas y su
dominación. Después de mediado el siglo XII comenzó a
levantarse esta nueva milicia religiosa para defender de las
invasiones y ataques de los sarracenos las fronteras de los
estados cristianos de la península. La orden de Calatrava
instituida el año 1158 por el rey Don Sancho el Deseado, y
aprobada por Alejandro III en 1164, estableció su convento en la
villa de Calatrava la Vieja contra los moros de Andalucía. La de
Santiago fundada o constituida de nuevo por Don Fernando II el año
de 1170, y aprobada por aquel papa cinco años después, fijó su
convento en la villa de Cáceres contra los moros de Extremadura,
y posteriormente en Alharilla y Uclés contra los de la Mancha y
Cuenca. La de San Julián de Pereiro, que despues se llamó de
Alcántara, creada también por el rey Don Fernando poco antes de
1177, en que fue aprobada por el mismo pontífice Alejandro, tuvo
su convento en el lugar de San Julián de Pereiro, que era en el
obispado de Ciudad-Rodrigo, y después en la villa de Alcántara
contra los moros de Extremadura y del reino de Sevilla. La orden
de Avis, según las crónicas portuguesas, se fundó el año de
1147, y se llamó entonces la caballería de Evora, por haber
establecido su convento en la ciudad de este nombre(68).
Los reyes, mirando en estas religiones militares el mejor apoyo
de sus tronos, el más poderoso escudo de sus estados, y el medio
más eficaz para dilatar y sostener la religión cristiana, les
favorecieron magníficamente desde su institución, honrándolas
y enriqueciéndolas, ya con prerrogativas y exenciones de toda
clase, ya con donaciones de territorios, villas y castillos:
consideraciones y riquezas que se aumentaron cuando su cooperación
y auxilio contribuyó tan poderosamente a las conquistas de los
reinos de Jaen, Córdoba, Sevilla y Granada, llegando el poder y
autoridad de los maestres a causar más de una vez celos y
rivalidad a los mismos príncipes a quienes servían, dejándolos
necesitados o menesterosos de su auxilio: lo cual pudo
probablemente influir en la determinación política de Fernando
el Católico de unir a su corona los maestrazgos de estas órdenes,
cuando ya por la conquista de Granada quedaba España libre
enteramente de la dominación mahometana(69). Pero no porque se
instituyesen estas órdenes en España cesó ni se amortiguó la
devoción y el fervor de sus naturales para distinguir y fomentar
las de Jerusalén; pues además de las notables adquisiciones que
hicieron en la península, y de los muchos nobles que tomaron su
hábito y profesaron su instituto, cuando se verificó la extinción
de los templarios a principios del siglo XIV, se repartieron sus
bienes entre las otras órdenes de caballería, especialmente la
de San Juan, y con los que tenían en Portugal y en Valencia
establecieron y dotaron los reyes Don Dionisio y Don Jaime las órdenes
de Jesucristo y de Montesa, habiendo ésta sido filiación de la
de Calatrava(70).
Este mismo espíritu de piedad y devoción, que a unos incitaba a
tomar las armas contra los infieles en Palestina y a contribuir
con sus donaciones y limosnas para la conservación de los Santos
Lugares, estimulaba a otros a visitarlos personalmente o por
penitencia y expiación de sus propios pecados, o por sufragio de
otros que se lo hubiesen encomendado con el mismo objeto. Las
peregrinaciones a Jerusalén eran muy antiguas, aún habiendo de
transitar por los mayores riesgos y peligros; pero cuando los
cristianos allanaron este camino con la conquista de aquella
santa ciudad, se multiplicaron a lo sumo en toda la cristiandad.
Era el año de 1112 cuando San Juan de Ortega, disgustado de las
revueltas que causaban en su país, cerca de Burgos, las guerras
entre Don Alonso el Batallador rey de Aragón y su mujer Doña
Urraca reina de Castilla, vendió sus propios bienes y
distribuyendo parte de ellos entre los pobres, emprendió con el
resto su viaje a Jerusalén con intención de visitar los Santos
Lugares. Permaneció allí algún tiempo con no poca tranquilidad
de su espíritu, hasta que creyendo sosegadas las turbaciones de
su patria, regresó a ella por mar sufriendo grandes y peligrosas
tormentas(71). Apenas había entonces en esta península persona
pudiente o de consideración, que ya por sí no hubiese hecho
este viaje en romería, no dejase a lo menos encargado en su
testamento que otro fuese en peregrinación a visitar por él la
Tierra Santa y ofrecer sufragios por su alma y las de sus
parientes: piedad que se hizo costumbre y continuó en los siglos
inmediatos como he reconocido en varias escrituras, especialmente
en un testamento otorgado en la villa de Navarrete a 1 de junio
de la era 1394, que es año de Jesucristo 1356, por Doña Toda
Martínez, donde se encuentran estas notables cláusulas: «Y
mando por mi ánima y por el ánima de Pero Martínez mi marido
que envíen un romero a pie a mi costa y misión a la casa santa
de Jerusalén; y mando por mi ánima envíen un romero a pie a
Santiago de Galicia y vaya por San Salvador de Oviedo... Y mando
que sepan los mis cabezaleros cuantos clérigos hay en la casa
santa de Jerusalén que dicen misas, cuando fuere allá el romero
que mando ir, y ofrezcan sendos florines de oro a cada clérigo
de mis bienes(72).»
Estas romerías tan continuadas, estas mandas y limosnas tan
crecidas y generales, y otras fundaciones piadosas de mucho valor
y consideración, para conservar el culto cristiano en los Santos
Lugares, dejándolos accesibles a los peregrinos aún despues que
aquel país estaba bajo la dominación de los infieles, probarán
siempre el fervor y empeño con que los españoles procuraron
mantener las comunicaciones que establecieron en el Asia en
tiempo de las cruzadas, contribuyendo entonces con sus personas y
bienes a sostener las guerras de ultramar, cuando tantos riesgos
y el temor y desconfianza de unos dominadores bárbaros, enemigos
del nombre cristiano, no sofocaron su celo y su piedad para
continuar en los siglos inmediatos estas devotas peregrinaciones.
Pero lo que más acrecentó el número de los españoles en las
guerras de Ultramar, fue el establecimiento de la dinastía
francesa reinante en Navarra en el primer tercio del siglo XIII,
pues instado Don Teobaldo I por las exhortaciones del papa
Gregorio IX, y animado del ejemplo doméstico, sacó de Navarra
(que entonces comprendía algunos pueblos ahora de Castilla)
muchas tropas de infantería y caballería, y cuatrocientos
caballeros navarros de solar conocido y sus armas en blasón para
guarda de su persona, y para valerse de ellos en los lances más
arrestados. Con esta lucida comitiva hizo su ostentosa entrada en
Paris en 1239; y reuniendo allí la mucha gente que había
aprestado en sus estados de Champaña y Bria, y los muchos
caballeros de otras naciones que llamó a su sueldo, se embarcó
con todos en Marsella, tocó en Sicilia, y tomó tierra por fin
en algunos puertos de Asia Menor que conservaban los cristianos y
los emperadores de Constantinopla.
Así fue a la verdad y así lo refieren Moret y otros clásicos
historiadores(73); pero Garibay, asegurando que por hallarse
ocupadas a la sazón las repúblicas marítimas de Italia en
guerras y alianzas no pudieron facilitar al rey de Navarra las
naves necesarias para transportarle, y que forzado a marchar por
tierra se dirigió con toda su comitiva por Alemania y Hungría a
Constantinopla, desde donde atravesando el Bósforo de Tracia
desembarcó en los puertos del Asia Menor(74), confundió los
hechos de un modo que nos parece conveniente esclarecerlos ahora.
Reunido el lucido ejército que había de mandar el rey de
Navarra con destino a la Tierra Santa, ocurrió que los
emperadores latinos de Constantinopla para sostener su vacilante
Imperio, combatido continuamente por los griegos y los búlgaros,
solicitaron los auxilios del sumo Pontífice, y este les
proporcionó entre otros el de los nuevos cruzados que iban a
partir para la Palestina. Casi al mismo tiempo, desavenido su
Santidad con el emperador Federico de Alemania sobre el dominio
del reino de Cerdeña, vió amenazados sus estados por un
poderoso ejército imperial, y publicando una nueva cruzada llamó
a su socorro a los demás príncipes cristianos y a los cruzados
reunidos a disposición del rey de Navarra. Estos dos
acontecimientos debilitaron considerablemente la expedición;
pues unos por defender los estados de la Iglesia creyeron cumplir
y satisfacer su voto empleándose en estas desavenencias y
querellas entre príncipes cristianos, Pero los que más
escrupulosos y delicados quisieron terminar su peregrinación en
los Santos Lugares, se vieron precisados a retardarla porque los
venecianos empeñados en transportar tropas a Constantinopla, y
los genoveses necesitando todas sus fuerzas navales para defender
al Papa, oponiéndose a la armada de los pisanos que favorecían
al emperador, no pudieron por entonces emplearse en conducirlos;
y así obligados a hacer su viaje por tierra con muchos trabajos,
pereció la mayor parte de hambre y de miseria, y los pocos que
llegaron a la Palestina se hallaron tan extenuados y débiles que
no pudieron ser de utilidad alguna.
Sólo las tropas que con el rey Teobaldo se embarcaron en
Marsella y Aguasmuertas, llegaron felizmente y fueron de gran
consuelo a los habitantes de Tolemaida y a los caballeros del
Temple. Pero las desavenencias que estos tenían con los
oficiales del emperador, cuyas tropas mandaba Rainaldo de
Baviera, hicieron que este general con el pretexto de mantener la
tregua que tenían hecha, rehusase atacar a los sarracenos en unión
con los nuevos cruzados, a quienes los soldados tudescos miraban
con esquivez y manifiesta aversión. Aquellos sin embargo,
guiados por los templarios, se pusieron en campaña y destruyeron
el país llano del rey de Damasco y del soldán de Egipto, cuando
por estar desavenidos entre sí estos príncipes infieles hubiera
sido más político y favorable promover sus discordias y
acalorar sus guerras particulares. Esta falta de discreción fue
muy perjudicial a los cristianos, porque el soldán de Egipto
informado de sus fuerzas e intenciones, además del ejército que
tenía contra su enemigo el de Damasco, levantó otro para
defender la ciudad de Gaza y su provincia. Los cruzados
intentaron inútilmente apoderarse de Ascalona; y llenos de celos
y rivalidades asolaron los campos a su antojo con las tropas que
cada uno mandaba separadamente. El aplauso y las riquezas que se
habían grangeado en estas correrías el duque de Bretaña y
otros señores, estimularon al rey de Navarra y al duque de Borgoña
a seguir su ejemplo; y unidos con otros caudillos, aunque contra
el dictamen de los templarios, corrieron y destruyeron sin
oposición las cercanías de Gaza, lo cual les dió ánimo para
intentar sorprender la plaza. Con este objeto emprendieron una
marcha tan acelerada que sin descansar durante la noche, y sin
conocimiento del terreno dieron al amanecer en unos pantanos y
arenales profundísimos donde ni podía maniobrar la caballería,
ni variar el ejército de posición, mucho menos cuando el
gobernador de Gaza, que era gran militar, instruido de las
intenciones de los cristianos había situado con tal ventaja su
guarnición que los incomodaba y provocaba a su salvo imposibilitándoles
hasta la retirada. En tan estrecha y apurada situación, que
aumentaba la falta de alimento, pasaron un día y una noche; y al
amanecer del siguiente fueron atacados por las tropas del soldán
reforzadas con las que llegaron de Egipto, cuando la hambre, la
sed, la vigilia y el cansancio apenas les permitían sostener las
armas. Fue sin embargo notable su valor y su resistencia en medio
de la muchedumbre de enemigos que por todas partes los atacaba;
pero quedaron al fin tan completamente derrotados que solo se
salvaron el rey de Navarra y el duque de Borgoña, caminando
errantes dos días y dos noches hasta que llegaron a Jafa y al
campo de Ascalona, donde las nuevas de tan infaustos sucesos
consternaron al ejército cristiano, que inmediatamente tomó el
camino de Tolemaida(75).
Una conducta tan temeraria e imprudente disgustó mucho a los
templarios, y este disgusto creció cuando pocos días después
comenzaron el rey Teobaldo y otros señores cruzados a tratar de
su regreso a Europa, dejándolos solos expuestos al resentimiento
de los egipcios. Con este temor y recelo hicieron con suma
reserva los templarios alianza con el soldán de Damasco para
socorrerse recíprocamente contra el de Egipto su enemigo común.
Los hospitalarios sus émulos y rivales no tardaron en descubrir
este tratado, y en oposición a él hicieron por su parte liga
con el soldán de Egipto; dando unos y otros con estas alianzas
reprensibles y escandalosas motivo a la murmuración y a su
descrédito, con mengua de la opinión y de los progresos de las
armas cristianas en aquel país(76). Incomodado el rey Teobaldo
por el mal éxito de su expedición, la discordia que dominaba
entre las órdenes militares, y las perjudiciales alianzas que
acababan de hacer, se embarcó para Europa a fines de 1242,
después de haber visitado el Santo Sepulcro con otros señores
de su comitiva, conteniendo al mismo tiempo a los que querían
abandonar la empresa de la guerra santa, alentándolos entre
otras razones con la próxima llegada de Ricardo, hermano del rey
de Inglaterra, con un ejército de 40.000 hombres; y siguiendo su
viaje a Roma según parece y a sus estados de Champaña, estaba
ya gobernando Navarra en abril de 1243. Era este príncipe de un
carácter noble, liberal y magnífico, de un trato dulce y
agradable, y de un talento vivo y penetrante, que había
cultivado con una educación esmerada en la universidad de
París, donde estudió las buenas letras, y en especial la
poesía y la música en que fue muy sobresaliente. Los
historiadores franceses ponderan mucho la elegancia de sus
versos, y han conservado algunos para muestra y ejemplo; y este
buen gusto ni pudo dejar de perfeccionarse en sus viajes al
Oriente y con el trato de tan varias naciones, ni trascender y
difundirse en su corte y en sus estados, por el imperio que tiene
siempre para la imitación de los súbditos el ejemplo de los
reyes(77).
Bien sabido es el celo y empeño con que San Luis rey de Francia,
procuró contribuir a sostener la guerra santa de Ultramar,
solicitando para la segunda expedición que dispuso con este
intento la alianza y los auxilios de otros príncipes cristianos.
Sus vínculos y relaciones con los que dominaban en España le
facilitaron tenerlos enteramente a su arbitrio y devoción. Por
una parte su primogénito Felipe III de Francia, estaba casado
con Doña Isabel hija del rey Don Jaime de Aragón, y hermana de
Doña Violante mujer de Don Alonso el Sabio; y por otra sus dos
hijas Doña Blanca y Doña Isabel habían contraído matrimonio,
la primera con Don Fernando de la Cerda infante y heredero de los
reinos de Castilla y León, como hijo de Don Alonso X, y la
segunda con Don Teobaldo II de Navarra. Para unirse este
príncipe con su suegro en aquella empresa aprestó allí muchas
tropas, y a su ejemplo tomaron la insignia de la cruz para
seguirle muchos señores vasallos y dependientes suyos de Navarra
y de Gascuña, y algunos de Castilla y Aragón. Entre los
primeros cita Aleson a los señores de Agramont con los de su
bando de la parte de los vascos, y de las montañas el señor de
Lusa con los suyos; Don Corbarán de Lehet con su casa y
parientes; Don Juan de Ureta con los suyos; el señor de
Monteagudo y Don Diego Velázquez de Rada; el señor de Aybar con
las gentes de la ribera, Don Iñigo Vélez de Guzmán y Don
Ladrón de Guevara su hermano; Don Iñigo de Avalos con los de la
divisa, Don Martín de Avalos señor de Leiva, Don Aznar de
Torres señor de Cortés, Don Diego Fernández de Ayanz, Don
Pedro Pérez de Lodosa, Don Iñigo Vélaz de Medrano, Don Sancho
Ramírez de Arellano señor de la casa de Vidaurreta y tierras de
la Solana, y otros muchos nobles y caballeros de no menor
calidad, con Don Juan González de Agoncillo alférez(78).
Garibay nombra entre los de Castilla a Don Juan Núñez de Lara,
hijo mayor del conde Don Nuño González de Lara(79). Y como el
primogénito del rey de Francia llevó consigo en esta
expedición a su mujer, hija del rey Don Jaime; es natural
también que gran parte de la comitiva y servidumbre de aquella
princesa se compusiera de señores y caballeros aragoneses.
Salió la expedición de los puertos de Marsella y Aguasmuertas a
principios de julio de 1270 en buques, cuya marinería por ser la
mayor parte de genoveses fue mal recibida en Cálleri de
Cerdeña, cuya isla dominaban los pisanos sus émulos naturales.
Reparados allí de los descalabros y fatigas de las borrascas que
sufrieron en la navegación, trataron del objeto de su jornada, y
adoptando al fin el dictamen de San Luis se dirigieron a Túnez
donde desembarcaron después de mediado el mes de julio, quizá
demasiado confiados en las promesas e ideas favorables de aquel
rey mahometano. Mas enterados de su perfidia por dos soldados
catalanes que huyeron de los reales de los moros, debilitado el
ejército al cabo de tres meses con los continuos encuentros y
batallas, con el progreso de las enfermedades, de que fueron
víctima el mismo San Luis y otros caudillos principales, y con
la intemperie del país en tan rigurosa estación, se vieron
precisados los cristianos a ajustar treguas con los infieles y a
embarcarse para Europa, tan perseguidos de la mala fortuna, que
por efecto de las terribles tormentas que sufrieron en esta
travesía perdieron 18 naves grandes además de otras menores, y
en ellas como 4.000 personas de ambos sexos, logrando los reyes
de Francia y de Navarra salvarse con gran trabajo en el puerto de
Trápana, donde falleció Don Teobaldo a 5 de diciembre de 1270
de resultas de tantas fatigas y contratiempos. Su mujer la reina
Doña Isabel murió cuatro meses después en Hiéres en Provenza,
y el rey Felipe habiendo atravesado la Italia y la Francia hasta
San Dionisio, depositó allí las reliquias del santo rey su
padre(80).
Algunos historiadores franceses cuentan que el rey Don Jaime de
Aragón fue convocado para esta jornada, y que para el apresto de
su armada le anticipó el rey de Francia 30.000 marcos de plata,
y alguna gente el rey de Castilla su yerno; pero habiéndose
embarcado él mismo y sufrido una horrible tormenta, se vio
precisado a regresar a Barcelona, cumpliendo después su empeño
con enviar algunas tropas auxiliares(81). Ni falta escritor
extranjero que se propase a injuriar la buena memoria de aquel
ilustre monarca, atribuyendo a una pasión criminal y vergonzosa
el regreso a sus estados, y la mudanza del propósito de ir a la
Tierra Santa, con el pretexto de que conocía no era agradable a
Dios este viaje, y que le dispensaba de hacerlo oponiéndole
tantos obstáculos y contradicciones(82). Hallamos en esta
narración tan confundidos unos hechos, y tan equivocados otros
por ignorancia o por malicia, que hemos creído conveniente
ilustrar esta parte de nuestra historia, tomando el asunto desde
tiempo anterior, para dar mejor a conocer la conducta noble y
generosa del rey Don Jaime respecto a las cruzadas de Ultramar.
No pudo auxiliarlas en los primeros años de su reinado, según
el espíritu de aquel tiempo, por lo mucho que le ocuparon los
negocios de su reino y la conquista de Mallorca. Resuelto
después a hacer la guerra a los moros del reino de Valencia,
publicó en Monzón el año de 1232 la bula de la cruzada,
otorgada por el papa Gregorio IX a todos los que saliesen
cruzados a esta jornada para el año inmediato(83). Con este
llamamiento y aliciente concurrieron muchos caballeros y gente
granada de Aragón y Cataluña, de quienes hacen honrosa mención
nuestros historiadores, con cuyo auxilio sitió Don Jaime a
Valencia obligando a Zayen rey moro de aquella ciudad, a
capitular firmando un tratado en 28 de septiembre de 1238, por el
que le cedió además todo el territorio desde el Júcar para
Levante. Así pudo el rey de Aragón entrar triunfante con su
ejército en la ciudad el 9 de octubre día de San Dionisio
según antigua tradición, y continuar en los años siguientes la
conquista y reducción de lo restante de aquel reino(84). Apenas
había descansado de tan gloriosas fatigas cuando ya comenzó
Inocencio IV a instarle para que contribuyese con sus fuerzas a
la reconquista de la Tierra Santa, concediendo indulgencia
plenaria a todos los vasallos suyos que coadyuvasen a esta
empresa, como consta del breve expedido por aquel Papa a 25 de
enero de 1245, año segundo de su pontificado; pero otras
atenciones muy graves, ya domésticas, ya de sus súbditos y ya
de los príncipes comarcanos, que le ocuparon de continuo en los
años sucesivos hasta el de 1266 en que verificó la conquista de
Murcia, no le dejaron por entonces acudir a aquel llamamiento.
Entre tanto su hija tercera la infanta Doña Sancha pasó en
peregrinación a visitar los Santos Lugares el año de 1251, Y
murió en el Hospital de San Juan de Jerusalén, habiendo
residido en él mucho tiempo en traje desconocido, sirviendo a
los enfermos con indecible caridad y amor(85).
Ni del corazón de su padre faltó jamás el ánimo de verificar
aquella empresa, como lo manifestó cuando supo el buen
recibimiento que habían tenido sus embajadores del soldán de
Babilonia, con cuya amistad y auxilio contaba para llevarla a
efecto; y con iguales miras había enviado a Juan Alarich con
embajada al gran Kan emperador de los tártaros, para entender su
voluntad y determinación acerca de la conquista de Jerusalén, y
certificarse de su poder y forma que tenía en esta jornada(86).
Resolvió al fin ejecutarla, hallándose en Toledo a fines de
1268 para asistir a la primera misa de su hijo el infante Don
Sancho arzobispo de aquella iglesia metropolitana; porque allí
supo la llegada a Cataluña de dos embajadores de aquellos
príncipes de Oriente, y recibió al mismo tiempo las instancias
del emperador de Constantinopla Miguel Paleólogo para que no
retardase la ejecución de su empeño, el cual tomó desde
entonces con tal calor que, no pudieron apartarle de él ni las
reflexiones de su yerno Don Alonso el Sabio, ni las instancias y
lágrimas de sus hijos. Viéndole pues tan resuelto y obstinado
prometió ayudarle Don Alonso con 100.000 maravedís de oro y con
100 caballos, y se ofrecieron a servirle también en esta jornada
Don Pelay Pérez Correa maestre de Santiago con 100 caballeros de
su orden, y Don Gonzalo Pereyra, lugarteniente general de la de
San Juan en los reinos de España(87)
. La ciudad de Barcelona contribuyó para los gastos con 80.000
sueldos barceloneses y los naturales de Mallorca con 50.000
sueldos de plata, habiendo pasado el rey Don Jaime a aquella isla
con sólo una galera y un bergantín, así para proveer lo
conveniente a su gobierno y defensa, como para recoger las naos y
otras provisiones con que le sirvieron los isleños en esta
ocasión(88).
Desde el mes de Mayo había celebrado en Barcelona varias
contratas con muchos caballeros y otros particulares para que a
mediados de Agosto se presentasen allí unos con los soldados,
caballos y armas a que respectivamente se comprometieron, y otros
con las embarcaciones armadas y equipadas que se necesitaban para
la expedición(89). Componíase la escuadra de 30 naves gruesas y
12 galeras todas catalanas, además de muchos bergantines y
fragatas; y se embarcaron 800 hombres de armas con tres caballos
para cada uno, los almogávares también de a caballo y la demás
gente de a pie, en número según fue fama de 20.000 infantes.
Embarcóse también el rey y dio la vela de la rada de Barcelona
el 4 de septiembre; pero hallándose sobre Menorca sobrevino tan
furiosa tempestad que dispersó el convoy de manera que una parte
corrió hasta la Siria, parte arribó a Cerdeña con pérdida de
algunos buques, y parte aportó a las costas del Languedoc muy
maltratada con gran peligro de aquel soberano. Éste desembarcó
en el puerto de Aguasmuertas, y dirigiéndose a Mompeller
regresó por tierra a Cataluña(90)
Las naves que llegaron a Acre pudieron animar y abastecer de
víveres a los cristianos que acababan de tener grandes pérdidas
y padecían suma carestía; pero viendo al cabo de algún tiempo
que ni aparecía el rey ni las tropas de sus aliados los
emperadores de la Tartaria y de Constantinopla, regresaron a
Barcelona, tocando antes en las islas de Creta y de Sicilia y
habiendo dejado en Acre muchos militares de a caballo y otros
ballesteros y hombres de armas, con las provisiones y caudales
necesarios para su socorro y el de los embajadores aliados que
habían transportado para que regresasen a su país(91).
Tal fue el éxito desgraciado de esta expedición, pero lejos de
desmayar por esto el papa Gregorio X procuró pocos años
después fomentar y dar vigor a la guerra de Tierra Santa, con
cuyo objeto y el de unir la Iglesia griega con la latina juntó
concilio en León de Francia en el año 1274, y allí trató con
el rey de Aragón de los aprestos que serían necesarios contra
el soldán y para defender las fortalezas que conservaban los
cristianos en Asia. Ofrecía el papa ir personalmente a esta
jornada, y Don Jaime después de dar su voto y manifestar su
opinión, añadió que acompañaría también con su persona a la
del sumo pontífice en esta expedición sin embargo de su vejez,
siguiéndole con un buen ejército: y que en el caso de que no
fuese su Santidad enviaría 1.000 caballos muy escogidos, pagados
por todo el tiempo que durase la guerra. Expuso también los
servicios que había hecho a la religión cristiana, conquistando
tres reinos de moros, e introduciendo en ellos la fe católica,
en cuya consideración pedía que su Santidad le coronase por su
mano con las ceremonias acostumbradas en tales casos; pero
negándose a ello el papa si primero no renovaba la promesa de
pagarle el censo en que su padre había gravado su reino a favor
de la Santa Sede, no sólo se excusó Don Jaime de contestar a
esta demanda, prefiriendo su propio honor y el bien de su pueblo
a una satisfacción tan estéril, sino que se despidió del
pontífice con mucha sequedad, perdiendo éste entonces por su
falta de condescendencia los socorros que había procurado y
consentido reunir para la jornada de Ultramar(92). Apenas murió
Gregorio X cuando su sucesor Inocencio V a causa de la guerra
promovida por el rey de Fez y Marruecos, que ayudaba a los moros
de Murcia y Granada contra el rey Don Jaime mandó al arzobispo
de Sevilla Don Raymundo Losana en el año de 1276 pasase al reino
de Aragón a publicar la cruzada contra infieles, por la plena
confianza que tenía de su virtud y de la pureza de su fe(93).
La última expedición a la Siria a que concurrieron la marina y
tropas de Cataluña fue en el año de 1290, cuando conquistada
Trípoli por el soldán de Egipto y amenazados los cristianos de
ser arrojados enteramente de Asia, solicitaron éstos los
auxilios de varias potencias, y el papa promovió una cruzada con
el objeto de recobrar aquella plaza. Las repúblicas marítimas
de Italia y los soberanos de Europa, envueltos entre sí en
guerras y disensiones particulares, no pudieron acudir a tan
urgente necesidad. Sólo el rey de Sicilia, instado vivamente del
sumo pontífice, despachó 23 naves de guerra en dos divisiones:
la una se dirigió al puerto de Acre; y la otra, compuesta de 16
galeras y mandada por el famoso almirante Roger de Lauria,
navegó hacia el puerto de Tolometa en África, donde apresadas
las naves que había en él, desembarcó sus tropas, que forzaron
las puertas y entraron a viva fuerza en el castillo, siguiéndose
el saqueo y destrucción de toda la ciudad(94).
Por otra parte el rey de Aragón Don Alonso III había permitido
al maestre de los templarios en sus dominios extraer de ellos
cuantos caballos, acémilas, armas y víveres necesitase para
socorro de la Tierra Santa; pero ni éste ni otros de igual
naturaleza y consideración que pudieron prestar los venecianos y
reunir la solicitud del papa, alcanzaron a evitar que los
sarracenos, dueños ya de cuantas plazas y fortalezas habían
poseído en Asia los cristianos, a excepción de Tolemaida o
Acre, les obligasen a encerrarse en esta ciudad, cuya pérdida
apresuraron éstos, más por su división e imprudencia que por
el valor o la fuerza de los enemigos.
Además de Enrique rey de Chipre, que debió haber tomado el
mando supremo, estaban allí el legado pontificio, el patriarca
de Jerusalén, el príncipe de Antioquía, el conde de Trípoli,
las tres órdenes militares del Hospital, del Temple y los
teutónicos; muchas tropas y naturales de Nápoles, Francia e
Inglaterra; los cónsules y comerciantes de Venecia, Génova y
Pisa; los armenios y los tártaros. Todos formaban barrios
separados dentro de la misma ciudad; todos ejercían sus
jurisdicciones particulares; todos tenían sus tribunales,
magistrados y oficiales, con la misma autoridad e independencia
los unos de los otros cual si fuesen otros tantos soberanos. De
aquí nació la discordia entre tantos caudillos llenos todos de
vanidad, de envidia y de ambición: de aquí la falta de gobierno
y de justicia: de aquí la corrupción de las costumbres y la
impunidad y tolerancia de los crímenes más atroces: de aquí
que los aventureros y gente perdida que había concurrido de
Europa, quebrantando el juramento y la ley de las treguas
obtenidas por la generosidad del soldán, no sólo acometiesen
traidoramente entre las sombras de la noche a los sarracenos, que
confiados en la solemnidad de sus pactos venían a comerciar a la
plaza, asesinándolos y robando sus habitaciones, sino que aún
en medio del día tuviesen la insolencia de salir en batallones
formados a talar los campos como si se estuviera en guerra
abierta, sin que ningún jefe, ninguna autoridad procurase
contener y castigar tan inauditos como escandalosos excesos. Aún
se negaron neciamente a dar al soldán la satisfacción que por
ellos demandaba, y con esto lo irritaron de manera que juntando
inmediatamente en Egipto un ejército de 60.000 caballos y
160.000 hombres de infantería, atravesó el desierto y aunque le
sobrevino la muerte, su hijo y sucesor, cumpliendo con denuedo la
última voluntad del padre, puso el sitio y comenzó los ataques
el 5 de abril de 1291, y después de varios sucesos prósperos y
adversos, y de una defensa de cuarenta y tres días bien
sostenida, en especial por los caballeros de las órdenes, se
hicieron los infieles dueños de la plaza, y los cristianos
perdieron el último asilo que les restaba en unos paises que
habían dominado por dos siglos, se embarcaron para trasladarse a
Chipre(95).
Al mismo tiempo que Enrique II de Lusiñán, rey de Jerusalén y
de aquella isla, procuraba asegurar su defensa, fijando en ella
la residencia de las órdenes militares del Hospital y del
Temple, porque los teutónicos prefirieron ir a establecerse en
Prusia, atendía también a proporcionar a sus vasallos las
comodidades del comercio; engrandeciendo y fortificando la ciudad
de Famagusta, a semejanza de la de Tolemaida, y excitando por
varios medios el concurso de las naciones extranjeras.(96) Con
este objeto concedió en octubre del mismo año de 1291 varias
franquicias a los mercaderes y navegantes catalanes que aportasen
a sus estados; a cuya imitación lograron también a 12 de enero
de 1299 iguales o semejantes privilegios de Carlos II rey de
Jerusalén y de Sicilia, confirmados después por su primogénito
el duque de Calabria(97).
No eran estos los únicos alicientes y beneficios que lograban
los catalanes para asegurar y extender su comercio marítimo. Los
soberanos de Aragón, que le consideraron siempre como el
cimiento más sólido de la riqueza y prosperidad de sus
súbditos, solicitaron y mantuvieron frecuentemente la amistad y
alianza de los mismos príncipes infieles; contra quienes en
otras ocasiones se confederaban con los príncipes cristianos,
más por respeto o condescendencia a la Santa Sede, que porque lo
dictasen la política y el interés de sus estados: Así es que
el rey Don Jaime I, viendo la concurrencia que había por los
años de 1250 de mercaderes barceloneses en Egipto al trato de la
especería, que era de mucha consideración, ajustó un tratado
de comercio con el soldán, y en 1272 ya tenían en Alejandría
los catalanes su cónsul nacional(98).
Pero este comercio padeció muchas interrupciones, porque los
papas, queriendo evitar con los infieles una comunicación que
podía acrecentar sus fuerzas, ya con los socorros y aprestos que
recibiesen de Europa, ya con los derechos exorbitantes que les
rendían sus propias aduanas, prohibieron este tráfico, en
especial con el soldán de Egipto, como lo hizo Gregorio X por
una bula, ampliando sin embargo o restringiendo esta ley en casos
y circunstancias particulares. Los diplomas del archivo de la
corona de Aragón ofrecen continuos ejemplares de esta
alternativa de rigor o condescendencia respecto a la observancia
de los mandatos o leyes prohibitivas que entonces se dictaron, y
no fue otro el principio de la real cédula que en el año de
1274 expidió Don Jaime I prohibiendo en sus dominios toda
extracción de hierro, armas, maderas de construcción naval,
granos y otros víveres para tierra de sarracenos: prohibición
que causó gran sensación en el comercio de Cataluña,
ocasionando muchas instancias y súplicas de los negociantes,
algunas consultas de teólogos y moralistas y varias aclaraciones
del soberano. Pero pocos años después ya parece se restableció
la navegación a los paises de Ultramar, según se infiere del
contenido de una carta que en 1286 dirigió Don Pedro IV desde
Barcelona al soldán de Egipto sobre varios puntos concernientes
al arreglo de los intereses mercantiles de sus respectivos
vasallos(99).
Aun después que los cristianos habían sido echados de Siria y
de la Palestina, mientras el papa Nicolás IV trabajaba con
infatigable celo en reunir y empeñar a los príncipes cristianos
en una nueva cruzada para reparar aquellas pérdidas, el rey de
Aragón Don Jaime II negociaba con el mismo conquistador de Acre
el soldán de Egipto Muley al Kraf un tratado de amistad y
alianza, no sólo para sí y sus estados, sino para los de
Castilla y Portugal(100), por medio de sus embajadores Romeo de
Marimon y Ralmundo Alemani, a quienes en 1292 despachó sus
instrucciones y credenciales. Esta negociación y solicitud no
obstó para que en el año siguiente de 1293 despachase aquel
mismo príncipe con cartas fechadas a 12 de noviembre otros
emisarios a los reyes de Chipre, de Armenia y de los Mogoles,
para concertar con ellos algunos asuntos de comercio, y solicitar
con especialidad entre otras cosas le informasen del estado de la
Tierra Santa y de los que la ocupaban, en el supuesto de que
tenía determinado trabajar incesantemente en su recuperación
con ayuda de ellos, luego que concluyese la paz que estaba
procurando con sus enemigos. Al último exhortaba en particular a
que uniendo su poder al suyo permitiese a las tropas aragonesas
desembarcar en Armenia para facilitar la reunión, y les
concediese un salvoconducto a fin de que pudiesen permanecer con
seguridad en los puertos, costas y lugares de aquellos dominios.
Por este mismo tiempo el papa Bonifacio VIII, queriendo unir a la
tiara la corona de Sicilia y empeñar en su conquista al rey Don
Jaime II de Aragón, expidió un breve a 5 de abril de 1297
promulgando sentencia de entredicho y excomunión contra los que
hostilmente invadiesen los reinos y bienes de aquel soberano
mientras estuviese empleado en servicio de la Iglesia y de la
Tierra Santa, o concurriendo a su auxilio armada de diez o más
galeras; mandando por otro breve despacho tres días después a
los obispos de Barcelona y Tortosa, entregasen al rey para los
gastos de la escuadra, que debia equipar aquel verano en servicio
de la Iglesia romana, los productos resultantes de las
absoluciones que diesen a los conductores o negociantes de cosas
prohibidas a los sarracenos de Alejandría, ya hubiesen
comerciado con ellos, ya dándoles consejo o auxilio; los cuales
siendo hombres debían perder el quinto de sus ganancias, y si
mujeres la cuarta parte.
Más activos los orientales que los europeos, procuraron
eficazmente hacerse dueños de los Santos Lugares, arrojando de
ellos a los sarracenos que los ocupaban. Luego que subió al
trono de Persia el rey Kasan, se dirigió a marchas forzadas
hacia el Eufrates a la cabeza de 200.000 combatientes, además de
las tropas auxiliares de los reyes de Armenia y de Georgia que se
le reunieron a la entrada de la Siria, y de las del rey de Chipre
que son los caballeros de las órdenes del Hospital y del Temple
quisieron tomar parte en esta expedición. Con tan poderosas
fuerzas atacó Kasan a los sarracenos junto a la ciudad de Emeso,
derrotándolos tan completamente que dueño a discreción de
todas las ciudades de la Siria, le abrieron las puertas hasta
Jerusalén y Damasco(101). Con noticia de aquellos preparativos
había despachado el rey Don Jaime II de Aragón a Pedro Solivera
por embajador al rey Kasan, con instrucción y carta fechada a 18
de mayo de 1300, ofreciéndole naves, galeras, armas, caballos,
víveres y cuanto fuese provechoso a su hueste, y aún su misma
real persona; noticiándole además haber ordenado que cualquiera
de sus vasallos que quisiese ir a aumentar sus ejércitos lo
pudiese hacer sin obstáculo(102).
Como esta expedición, a pesar de sus gloriosos y favorables
principios, se malogró por haber tenido que regresar a Persia el
rey Kasan a sosegar los alborotos, que durante su ausencia había
promovido un pariente suyo, volvieron a renovarse con mucha
severidad las prohibiciones de comerciar en Alejandría o Egipto
con los sarracenos, como parece por una cédula del rey Don Jaime
de 16 de junio de 1302; pero tres años después con motivo de
haber enviado el soldán un embajador a aquel soberano, y de
corresponder este con otro para solicitar la libertad de varios
cautivos cristianos en Alejandría y el permiso de abrir y
reedificar las iglesias destruidas, comenzó a permitirse de
nuevo la conducción de algunas mercaderías o efectos no
prohibidos, mediante los derechos que se impusieron. Sin embargo,
aunque el papa promovía en el año 1309 una nueva cruzada para
recobrar la Tierra Santa, y que a su solicitud había permitido
el rey de Aragón a los maestres y caballeros de las órdenes del
Hospital y del Temple, y a Hugo de Cardona arcediano de la silla
de Barcelona, extraer con este objeto de sus dominios muchas
armas, caballos, marineros, víveres y cuanto fuese necesario a
la expedición(103), procuraba este soberano cultivar por
entonces la amistad con Abilfat Mahomet, hijo de Almanzor,
soldán de Babilonia y señor de Levante, enviándole por sus
embajadores a Guillermo de Casanadal y Arnaldo Sabastida con
magníficos regalos, como lo hizo en 1314, procurando la
redención de los cautivos, el buen trato de sus vasallos, el
ejercicio libre de su religión en aquellos dominios y el que
pudiesen visitar con seguridad los Santos Lugares(104): gracias
que obtuvo por el favorable concepto que supo grangearse de los
príncipes mahometanos, de quienes se hizo respetar, al mismo
tiempo que los sumos pontífices, aunque usando de la facultad
que entonces ejercían de conceder aun al mismo rey el permiso de
enviar sus embajadores al soldán y hasta para despachar una nave
con mercaderías(105), imploraban su poderosa mediación para el
rescate de aquellos cristianos cuya libertad podía interesarles.
Tal fue el objeto y espíritu de las bulas o breves expedidos por
Juan XXII a 14 de octubre de 1317 y a 30 de junio de los años
1320 y 1321, conteniéndose especialmente en el último grandes
elogios del soberano de Aragón por los muchos cautivos que
había redimido; en cuya recompensa y consideración se le
otorgaba licencia para enviar una nave con sus embajadores y
algunas mercaderías a los puertos de Egipto.
Igual permiso concedió su Santidad pocos años después a
instancias del rey de Francia Carlos IV a Guillermo Bonesmans
francés de nación, para llevar una nave con mercaderías a los
dominios del soldán de Babilonia, transportando al mismo tiempo
los embajadores que su soberano enviaba para tratar asuntos
concernientes a la exaltación de la fe católica; y como
Bonesmans hubiese venido a Barcelona a fletar la coca o nave de
Francisco Bastida, vasallo del rey de Aragón, permitió éste en
8 de julio de 1327 que sus súbditos pudiesen llevar en ella
dinero y cosas no prohibidas y aun embarcarse ellos mismos:
gracia que costó 3.000 sueldos barceloneses, cuya mitad debía
invertirse en la fábrica del monasterio de Pedralves, y la otra
mitad en el de Valldonsella.
Esta dependencia en que estaban los reyes de Francia y de Aragón
de la voluntad del papa para el comercio de Ultramar, era de
tanto interés y ventaja a la curia romana por las multas que
imponía a los infractores, como por los derechos que exigía de
las licencias o permisos que otorgaba; pero tan perjudicial y
embarazosa al comercio y tan odiosa a los catalanes, que en las
Cortes generales que éstos celebraron en Barcelona el año de
1373, se ajustaron a 29 de enero dos famosas capitulaciones entre
el rey Don Pedro IV de Aragón y aquella ciudad, sobre la
libertad ilimitada de mandar embarcaciones con géneros y
mercaderías, que no fuesen de contrabando, al Egipto y demás
puertos del soldán de Babilonia, determinando lo que debería
pagar cada nave según su capacidad, fuese o no absuelta del
pontífice, y señalando cuáles deberían ser los derechos en el
caso de que no aportasen al Egipto sino a Chipre(106). A
consecuencia de esta resolución aprobó y confirmó el rey en 17
de junio de 1379 el nombramiento de los cónsules que para la
Siria, la Armenia y demás paises de Ultramar habían hecho los
conselleres de Barcelona; y como los soberanos de Aragón,
atentos siempre al engrandecimiento y decoro de sus estados y a
la prosperidad de sus súbditos, sostuvieron con sumo tesón el
respeto a su bandera y la seguridad de su navegación en todos
los mares, fomentando el comercio marítimo con muchas exenciones
y privilegios, y allanando los estorbos y trabas que podían
entorpecer su curso, lograron conservar la concurrencia en
Alejandría y Egipto aun muchos años después que el
descubrimiento de la India Oriental por los portugueses hizo
cambiar el giro de aquella contratación, aniquilando el poder de
las marinas del Mediterráneo, para levantar sobre sus ruinas las
que entonces comenzaron a enseñorearse de la vasta extensión
del Océano Atlántico. Este fue el influjo de las cruzadas con
respecto a la navegación y comercio de los súbditos de la
corona de Aragón a los países llamados entonces de Ultramar.
Aunque los reyes de Castilla no tuvieron durante el siglo XIII
tanta parte como los de Navarra y Aragón en las expediciones a
la Tierra Santa, no dejaron por esto de ser frecuentes sus
relaciones y su comunicación con los príncipes más poderosos
del Oriente. El viaje a Tierra Santa que algunos atribuyen a Don
Alonso VIII, llamado el Noble, en compañía de su suegro Ricardo
rey de Inglaterra, es una invención propagada por los poetas, y
desmentida por los documentos coetáneos y por el examen crítico
de las acciones de este gran monarca, historiadas con tanta
exactitud y prolijidad por el marqués de Mondéjar(107)
. Otros han supuesto que San Fernando y su hijo Don Alonso el
Sabio hicieron voto de pasar en socorro de la Tierra Santa(108);
pero esta especie es absolutamente incierta con respecto al
primero. Ninguna empresa parecía más propia y característica
de un príncipe tan cristiano, que siendo aún muy joven al
armarse caballero en Burgos había ofrecido a Dios hacer la
guerra a los moros hasta arrojarlos de España(109); y nada más
natural que cuando trató la boda de su hermana Doña Berenguela
con Juan de Brena rey de Jerusalén, hubiese concertado con éste
los auxilios que debiera o pudiera proporcionarle para recobrar
el trono que se había visto precisado a abandonar en Asia,
especialmente habiendo venido a Europa con este fin, o para
implorar el favor de algunos soberanos, o para proporcionarse con
otros alianzas que los interesasen en sus desgracias(110). Pero
la continuación gloriosa de las hazañas de San Fernando y su
propósito de libertar a España de la dominación mahometana, le
alejaron siempre de la guerra de Ultramar, habiendo merecido sin
embargo tan alto aprecio de los pontífices romanos, que en el
año de 1246 expidió Inocencio IV una bula de cruzada para los
que concurriesen a la conquista de Sevilla, concediendo además
al rey otras gracias y auxilios para tan importante empresa(111).
En ella tuvieron muy señalada parte los marinos de las costas de
Vizcaya y montañas de Santander, donde se fabricaron las naves
que mandadas por Don Ramón de Bonifaz, primer almirante de
Castilla, rompieron el puente de Triana y facilitaron la toma de
la ciudad. Guardando este mismo caudillo y defendiendo después
las costas de Andalucía, infestando y molestando las de Africa,
y manteniendo la amistad con algunos de sus régulos, preparaba
los caminos para hacer con mayor acierto y seguridad la guerra y
la conquista de aquel país, que meditaba el santo rey cuando le
sobrevino la muerte(112). Son notables las preeminencias y
exenciones que en los fueros de Sevilla concedió a la gente de
mar, a cuyo gremio pertenecían también los calafates,
carpinteros de ribera y los oficiales de las atarazanas(113), no
sólo como remuneración de sus servicios, sino porque su
política penetraba ya cuanto convenía a su reino el fomentar la
marinería y navegación, cuando ensanchando sus límites por las
costas del Océano, y hecho dueño de los puertos más ventajosos
y acomodados, facilitaba por este medio la comunicación con
todas las naciones, y abría para el comercio una mina inagotable
de riquezas y prosperidad: privilegios que por iguales
consideraciones confirmaron y repitieron, o ampliaron todos sus
sucesores en la corona de Castilla.
Fue tan eficaz el fruto de
estas sabias disposiciones, que la historia general de España
escrita por el rey Don Alonso el Sabio nos dejó ya una idea de
la grandeza de aquella insigne capital pocos años después de su
conquista, diciendo entre otras cosas muy notables lo siguiente:
«Vienen a Sevilla navíos cada día desde el mar por el río. Y
las galeras y naves apuertan hasta dentro en los muros, con todas
mercaderías cuantas son en todas partes del mundo. De Tánger,
de Ceuta, de Túnez, de Alejandría, de Génova, de Portugal, de
Inglaterra, de Pisa, de Lombardía, de Burdeos, de Bayona, de
Sicilia, de Gascuña, de Aragón, y aun de Francia vienen
también muchas y de otras muchas partes en atiende mar y de
tierra de cristianos. El su aceite suele ser afamado y abondar en
todo el mundo, ca es mucho placiente villa y muy llana, sin los
otros abundamientos y riquezas de la su tierra y alrededores; ca
en el su ajarafe había bien este día cien mil alcarías de
mucha prol de mucho agasajo sin los portazgos te salen muy
grandes rentas sin mesura. Así que fue esta una de las más
altas conquistas que en el mundo se hicieron.(114)» La crónica
antigua del santo rey conquistador, encontrada entre las
preciosas escrituras de la iglesia metropolitana de Sevilla e
impresa por la primera vez en 1516, copia con leve alteración
estas palabras, describiendo las maravillas y la riqueza de
ciudad tan opulenta y afamada(115). Eralo en efecto por su
comercio aun cuando la dominaban los árabes, en cuya época la
frecuentaban ya los catalanes, conduciendo de allí ricos
cargamentos a todo el Mediterráneo; pero después de
conquistada, la miraron como uno de los principales puntos para
su tráfico, ya por su feliz situación, ya por la asombrosa
fertilidad de su suelo. Así es que a competencia de los
genoveses, que habían sido muy favorecidos al tiempo de la
conquista, establecieron sus factorías y su cónsul nacional,
lograron la asignación de ciertas casas con sus tiendas que
formasen barrio separado para su residencia, con lonja y juzgado
para su contratación; y para la protección y seguridad de sus
personas y bienes en aquella ciudad y demás tierras de Castilla
y León, obtuvieron de Don Alonso el Sabio y de sus sucesores
franquicias y privilegios muy notables(116). Conducían a Sevilla
vinos y estofas de lana, y extraían aceites para su país y
otras partes de levante con especialidad después de verificada
la conquista; pues hasta mediado el siglo XIII era el aceite uno
de los géneros que se traían del Egipto a nuestros puertos del
Mediterráneo. También transportaban a Sevilla trigos y harinas
de otras tierras, por medio de un tráfico de economía, y
frecuentaban los demás puertos de los reinos de Murcia, Granada
y Sevilla sin desconocer los de Galicia y costa del mar
Cantábrico(117).
Continuó Don Alonso con empeño después de la muerte de su
padre los preparativos de la guerra de África, procurando
introducir la desunión entre los príncipes de aquel país, y
hostilizando a unos, ya estableciendo alianzas con otros, ya
renovando las antiguas con el rey moro de Granada, solicitando al
mismo tiempo que el papa Inocencio IV aprobase la confederación
con estos príncipes infieles: confirmación que obtuvo muy
pronto con otras órdenes que sucesivamente se expidieron, para
que le auxiliasen las iglesias de España con la tercera parte de
las rentas decimales, para que siguiesen el ejército algunos
varones religiosos, y para que los superiores de las órdenes en
Castilla y Navarra exhortasen a los pueblos a seguir las banderas
de la cruz, prometiendo de parte de Dios a los que fuesen a esta
empresa o contribuyesen para ella con su hacienda el perdón de
sus pecados; y para mayor estímulo tomó Don Alonso
públicamente la cruz con la solemnidad de los demás cruzados, y
recibió por ello los parabienes del mismo pontífice(118). Entre
tanto se aprestaba con actividad la armada, cuyas naves se
habían comenzado a construir en Vizcaya, y para custodiar las
que ya había en Sevilla se fabricaron allí las famosas
atarazanas, dotándolas con gran número de oficiales francos de
todos pechos, y asignando a su jurisdicción todos los montes de
aquellas comarcas que producían árboles propios para la
construcción de los bajeles. Instituyó además Don Alonso una
armada perpetua de 10 galeras, que habían de mantener sus
respectivos comitres o capitanes de mar y guerra mediante los
pactos y conciertos que recíprocamente establecieron; bien que
por haberse perdido sobre Algeciras en 1278 toda esta armada fue
preciso en adelante que los reyes la mantuviesen a sus propias
expensas(119). Con tal solicitud procuraba el rey cumplir las
ideas y llevar adelante los proyectos de su padre, cuando los
sinsabores domésticos y las discordias con su suegro el rey Don
Jaime de Aragón le apartaron de aquel propósito y
desconcertaron sus planes(120). Pero como estuviese anteriormente
comprometido para ir a la Tierra Santa, y cooperar a su conquista
por voto solemne que hizo al saber el desgraciado éxito de la
primera expedición o cruzada de San Luis, requeríanle o
amonestábanle con frecuencia los papas a su cumplimiento desde
que vieron frustrada la jornada de África; y no pudiendo Don
Alonso abandonar su reino en circunstancias tan críticas y
apuradas, sustituyó por su persona a su primo-hermano Don
Fernán Pérez Ponce, que sirvió en la Tierra Santa,
probablemente con gente pagada por el rey, desde fines de 1255, o
principios del siguiente, hasta los años 1275, en que comienza a
sonar su nombre confirmando algunos instrumentos públicos(121).
Para satisfacer más su compromiso y cumplir aquella obligación
instituyó Don Alonso por los años de 1260 la nueva dignidad de
Adelantado mayor de la mar, que confirió a Don Juan García de
Villamayor, su mayordomo principal, manifestando en el
privilegio, que lo hacía por el deseo de llevar adelante el
hecho de la cruzada de Ultramar al servicio de Dios, exaltamiento
de la cristiandad y provecho suyo y de sus dominios(122). Y tal
vez con el mismo objeto y el de fomentar su marina, creó en el
año de 1273 la orden militar de Santa María de España, cuyo
instituto según manifestó a la Academia en una disertación su
individuo de número el Señor Don Juan Pérez Villamil, parece
haber sido peculiar para los hechos de mar o expediciones
navales, así como el de las otras órdenes militares lo era para
pelear en tierra contra los enemigos de la religión y de la
patria(123). Por lo demás es cierto que en ninguno de los
reinados anteriores hubo mayor trato y comunicación entre los
españoles y los habitantes de los otros reinos de Europa. Las
conexiones y parentesco del rey de Castilla con el emperador de
Constantinopla, con los reyes de Francia, de Dinamarca, de
Hungría, de Sicilia y de Bohemia, y con el príncipe Eduardo de
Inglaterra(124); su elección al Imperio de Alemania, la fama que
le atraía los mensajeros del soldán de Egipto con ricos
presentes para solicitar su amistad, y otros sucesos no menos
notables proporcionaron que los españoles visitasen entonces
todos los países, y adquiriesen aquella cultura e ilustración
que principiaba a manifestarse en Europa, para disipar la antigua
rudeza y barbarie de los pueblos occidentales.
La decadencia y ruina del imperio de los cristianos en Asia, y el
deplorable estado a que los habían reducido a fines de este
siglo la imprudencia y la división de sus caudillos, dando
margen a que los mahometanos dilatasen su poder con la victoria y
buen éxito de sus armas, exaltaron el ardiente celo del célebre
Raymundo de Lulio, que después de haber ofrecido a la Santa Sede
y al colegio de cardenales su Arte general en 1288, y de haber
merecido en París el aprecio del famoso Escoto y la aprobación
de aquella universidad, volvió a Mompeller y de allí pasó a
Génova y a Roma, donde en el año de 1290 propuso al sacro
colegio un plan para destruir el paganismo y dilatar la religión
católica conquistando la Tierra Santa, el cual contenía: 1º.
Que en cada provincia se fundase un colegio donde hombres doctos
y celosos estudiasen su arte general y las lenguas de los paganos
para predicarles el Evangelio. 2º. Que de todas las religiones
militares se formase una sola que tuviese por cabeza un príncipe
o persona real, y que se ocupase de continuo en guerrear contra
los infieles que no aceptasen la predicación. 3º. Que las
décimas de la Iglesia, que su Santídad tenía concedidas a los
príncipes cristianos, se gastasen en los aprestos de esta guerra
hasta que se recuperase la Tierra Santa de Jerusalén. Propuso
además que el sumo pontífice prohibiese a los cristianos
navegar a Egipto para la compra de los aromas y especias; con
cuya providencia el soldán quedaría dentro de seis años
empobrecido, y los genoveses y catalanes se ingeniarían para ir
a buscarlas a Bagdad y a la India en derechura; proyecto que
presentó después en un libro titulado de Fine, escrito en 1305;
y que era enteramente conforme con el que en el año siguiente de
1306 manifestó también al papa Marino Sanuto, patricio
veneciano, después de haber recorrido como observador la
Palestina, las islas del Archipiélago y el Egipto. Inflamado con
estas ideas partió Lulio para la Armenia, peregrinó por la
Palestina, pasó a Chipre, atravesó el Egipto, y de allí por
tierra caminó a Túnez predicando en todas partes y excitando
los ánimos para hacer revivir el espíritu de las primitivas
cruzadas, ya muy amortiguado en su tiempo, y contribuir a la que
nuevamente meditaba. Vuelto a Roma solicitó de Bonifacio VIII su
autoridad para la conversión de los infieles, presentándole con
este objeto un tratado que había concluido en 1296; pero no
habiendo lugar su propuesta se retiró a Génova, donde la
nobleza le ofreció mucha cantidad de dinero para la conquista de
la Tierra Santa. De allí pasó a Mompeller a verse con el rey
Don Jaime de Mallorca, de quien ya había conseguido
anteriormente la fundación de un seminario en aquella isla para
la enseñanza de la lengua arábiga: volvió a París y obtuvo de
Felipe el Hermoso largos ofrecimientos para su proyectada
expedición, sobre lo cual despachó este rey un embajador al
papa. Con el mismo empeño y diligencia vino a España, y
habiéndole oído los soberanos de Castilla y Aragón, enviaron
también sus embajadas al sumo pontífice con iguales
ofrecimientos; pero todo se desvaneció por la dificultad de
concertarse entre sí aquellos príncipes. Lulio sin embargo
inflexible a todos los contratiempos peroró en público
consistorio sobre la obligación de recuperar los Santos Lugares,
pintó la miseria que ya padecían los cristianos de Armenia, y
anunció que si se retardaba el socorro, en breves días se
vería la Grecia presa y esclava de los turcos, como en efecto
sucedió. Ni el retiro ni la ocupación de escribir varios
tratados podían entibiar su celo ni apartarle de su propósito.
Marchó nuevamente al África, y en Bona, en Túnez y en Bujía
predicó el evangelio con algún fruto, pero con mayores
trabajos. Restituido a Roma insistió en su proyecto favorito, y
desesperando de efectuarle salió para España y poco después
marchó a París, donde el rey de Francia le prometió entre
otras cosas dejaría encargado en su testamento a los que le
sucedieran que acordando con la Santa Sede la conquista general
de las provincias infieles promoviesen eficazmente su ejecución.
Celebrabase por aquel tiempo un concilio general en Viena; y
aprovechándose Lulio de esta oportunidad presentó en él su
plan para la empresa de una nueva cruzada y para el
establecimiento de escuelas en toda la cristiandad con el objeto
de enseñar en ellas las leguas de los infieles; y logró que el
concilio determinase a persuasión suya, que en las universidades
de Roma, París, Bolonia y Salamanca se fundasen cátedras de las
lenguas hebrea, arábiga y caldea. Satisfecho con esto volvió a
Mallorca y de allí emprendió nuevo viaje a Egipto, y por la
costa del mar a Jerusalén, adonde llegó cerca del año 1314; y
continuó su peregrinación por la Armenia, la Siria, la Bohemia
y la costa de Bretaña hasta parar en Inglaterra. Volvió otra
vez a España, visitó de nuevo todos sus reyes y provincias, se
retiró a Mallorca, donde escribió varios tratados sobre los
caminos que podrían tomarse para ir a Jerusalén, con muchos
discursos militares para hacer la guerra santa con buen éxito;
pero cansado de ver que no se cumplían sus deseos, ni se tomaba
buena resolución en un asunto en que él creía vinculada la
gloria y la dilatación de la cristiandad, marchó al África con
el fervor de un apóstol y allí por resultado de sus
predicaciones padeció con heroica constancia los trabajos y la
muerte de los mártires(125). El celo infatigable de Lulio por
despertar en todas partes el espíritu de las primitivas cruzadas
sólo puede compararse al del ermitaño Pedro de Amiens que
promovió la primera con sus exhortaciones y su ejemplo, y al de
San Bernardo que predicó la segunda con sumo fervor y devoción
por diversos países de Francia y Alemania; pero estos tuvieron
la satisfacción de ver cumplidos sus planes y lleno el objeto de
sus predicaciones, mientras Lulio halló siempre mayor tibieza o
dificultad en los príncipes y en los caudillos que podían
ejecutar sus ideas. Tal debía ser el resultado de los
desengaños y escarmientos adquiridos en el espacio de dos
siglos, en que a la sombra de la religión se hizo del Asia la
morada de la ambición, de la discordia y de la corrupción de
costumbres, el sepulcro de millones de hombres, y la sima de
innumerables riquezas y propiedades. Los príncipes cristianos,
ocupados en extender sus dominios y en afirmar su autoridad,
consideraron prudentemente que unos establecimientos tan lejanos
de Europa, rodeados de naciones guerreras, y animadas de un celo
no menos exaltado, que el de los mismos cruzados, estaban
continuamente expuestos a su próxima destrucción; y en tales
circunstancias no era de esperar que las exhortaciones de Lulio
pudiesen más que los desengaños y que los intereses mejor
entendidos de los pueblos.
Pero por grandes que apareciesen en aquellos siglos los males que
ocasionaban las cruzadas, no tiene duda que fueron más generales
y de mayor consideración y trascendencia las ventajas que
produjeron para lo sucesivo. Conmovidas repentinamente para tales
expediciones casi todas las naciones de Europa, abrieron entre
sí una comunicación y trato, unas relaciones e intereses que
hasta entonces no habían conocido. Estas relaciones se
extendieron hasta con los árabes, como ya las habían
establecido las repúblicas de Italia por medio de su
contratación, y los cristianos de España con los que dominaban
en su península; y de aquí el cultivar el estudio de la lengua
arábiga, participando de la doctrina de sus libros y de todos
sus conocimientos científicos. Con los viajes a Ultramar
adquirieron también los latinos nociones más extensas sobre la
geografía y navegación, sobre el comercio y las artes, sobre el
gobierno y la política. Se mejoraron las instituciones sociales,
ya consolidando la autoridad de los príncipes, ya conteniendo
las demasías de los nobles, ya equilibrando su poder con la
representación civil del pueblo por medio de una influencia
equitativa en los concejos y ayuntamientos municipales. La misma
nobleza al paso que declinó de su influjo y de su poder, se
abrió entre las ruinas de la anarquía y del gobierno feudal que
había dominado una carrera más ilustre y gloriosa en las
expediciones militares de las cruzadas, en las órdenes de
caballería, en la inclinación a los hechos heroicos y
extraordinarios. La religión, la galantería, las aventuras, las
batallas campales, la conquista de la Ciudad Santa de Jerusalén,
el Oriente en toda su magia y esplendor, el entusiasmo universal
a las empresas grandes y maravillosas, fueron los elementos de la
caballería que así como sostuvieron los principios de
beneficencia entre el estruendo de las armas, despertaron
también la musa de los trovadores, y difundieron por Europa el
mismo gusto y espíritu, produciendo los caballeros andantes y
las portentosas e inauditas historias de sus hazañas(126). Así
la imaginación y la afectuosa ternura que inspira la poesía, y
es por lo común la precursora de los frutos de la razón y del
entendimiento, facilitó el camino para que la aurora de las
ciencias y de las ilustraciones comenzase a rayar sobre el
horizonte de Europa.
Los pueblos de las orillas del Báltico, temidos hasta entonces y
detestados de las demás naciones como piratas y usurpadores,
adquirieron costumbres más dulces, y comenzaron a tratar con sus
vecinos como traficantes. La pesca del arenque, que anualmente
hacían en la costa de Schonen y que parece haber sido el origen
de su riqueza, hizo que todas las naciones llevasen a los
dinamarqueses en cambio de este pescado el oro, la plata y todas
las comodidades de la vida(127). Los navegantes de Lubeck y Brema
hacía mucho tiempo se habían acostumbrado a recorrer y visitar
las costas de Dinamarca y de Suecia hasta la isla de Gutlandia,
en cuya capital se celebraba un mercado muy concurrido de todas
las naciones del Norte. Pero al impulso y movimiento general de
las primeras cruzadas osaron ya salir a mares más dilatados y
remotos, conduciendo a la Palestina en sus propias embarcaciones
a los habitantes de los países septentrionales; distinguiéndose
ellos mismos por sus hazañas en las guerras sagradas, donde
reuniendo el valor militar a la caridad religiosa fueron los
principales instituidores de la orden de los caballeros
teutónicos(128). En Inglaterra se reunieron inmediatamente en el
año de 1096 con Roberto, hermano mayor del rey, muchos señores
principales que emprendieron su viaje a la Tierra Santa para
militar bajo las órdenes de Godofredo de Bullon; y a su ejemplo
fueron también en los años sucesivos Edgar hermano del rey
Eduardo, y muchos caballeros ingleses que se señalaron por
acciones memorables en la guerra santa; y numerosos cuerpos de
tropas conducidos en grandes escuadras como la que en 1107 entró
en el puerto de Jafet o Jope, acompañada de muchos bajeles de
Dinamarca, de Flandes y de Amberes(129). Sueyro forma una prolija
relación de los principales señores y caballeros flamencos y de
otros países del Norte que pasaron entonces al Oriente; y
asegura que no fue menor el número de los tudescos e italianos,
así de la Toscana y Lombardía como de las repúblicas de
Venecia y Génova(130). Pero a todos excedieron los franceses,
pues habiendo sido los que principalmente promovieron las
cruzadas, y quienes más se aventajaron en ellas, fue tal el
número de los que emigraron de su país que hablando de la
primera dice nuestra historia de Ultramar. « Y tantos eran los
que iban que a malas penas podría hombre hallar casa poblada de
que algunos no saliesen. Y casa había donde salían el marido, y
la mujer, y los hijos pequeñuelos cuantos tenía; así que
quedaba el lugar despoblado. Y de ellos había que no querían
dejar los hijos chiquillos que mamaban: ni aún los perros ni los
gatos que todo no lo llevasen consigo(131)». « Y respecto a la
Segunda Cruzada dicen algunos historiadores, que las ciudades y
los castillos habían llegado a quedar desiertos, no viéndose
por todas partes sino viudas cuyos esposos vivían aún(132).
Pero estos europeos occidentales todavía ignorantes, inciviles y
feroces, hicieron sus incursiones en el Imperio de Oriente y en
el Asia con todo el furor y grosería de los pueblos salvajes.
Unos bajo los pretextos más frívolos acometieron y saquearon
varios lugares cristianos de la Hungría y de la Bulgaria,
degollando a sus míseros habitantes: otros por un celo exaltado
e impertinente, sacrificaron cuantos judíos hallaron a su paso,
de los cuales muchos vivían tranquilamente en las ciudades del
Rhin fronterizas a la Francia; y así todos estos peregrinos
guerreros mirados como un enjambre de bandidos llevaron tras sí
el horror y la desolación hasta las murallas de Constantinopla,
juntamente con la execración y el odio de los pueblos por donde
habían transitado. Cuando se verificó el asalto y saqueo de
aquella célebre ciudad en marzo de 1204 dejaron además
perpetuada su barbaridad entregándose a los excesos más
atroces. Tres horrorosos incendios arruinaron e hicieron
desaparecer para siempre las venerables iglesias, los magníficos
palacios y edificios, las reliquias santas, los altares, los
vasos y ornamentos sagrados que la devoción religiosa, el lujo
oriental y el buen gusto de tantos príncipes ilustrados habían
erigido y consagrado durante muchos siglos: nada pudo escapar de
la sacrílega rapacidad de estos soldados cristianos, hasta
excitar las quejas y la indignación del mismo Inocencio III,
aunque viendo unida de este modo la iglesia griega a la latina no
podía menos de aprobar la toma de Constantinopla, como medio de
facilitar la conquista de la Tierra Santa(133). Entonces pereció
probablemente la célebre biblioteca que el patriarca Focio
había formado y reunido casi dos siglos antes de la llegada de
los latinos, y por cuyos extractos y noticias sabemos que se
conservaban en ella muchas obras clásicas y completas de
Teopompo, de Arriano, de Ctesias, de Agatárquides, de Diodoro,
de Polibio, de Dionisio Halicarnaso, de Demóstenes, de su
maestro Iseo, de Lísias maestro de éste y de otros insignes
escritores griegos, hoy del todo desconocidas o infelizmente
desfiguradas e incompletas(134). Entonces se destruyeron las
bellas estatuas y bajorrelieves y otros preciosos monumentos de
las artes que Constantino había salvado de la antigüedad para
el ornato y magnificencia de la capital de su imperio. Nicetas,
historiador griego y testigo ocular, describe prolijamente las
obras más notables por su excelencia y su valor que entonces
perecieron. La estatua colosal de Juno erigida en la plaza
pública de Constantino: la de Paris en pie junto a Venus
entregándole la manzana de oro: la de Belerofonte montado sobre
el Pegaso: la de Hércules pensativo, trabajada por el famoso
Lisipo: las de dos célebres figuras del hombre y del asno, que
Augusto mandó hacer después de la victoria de Accio: la de la
loba que crió a Rómulo y Remo: la de Helena, de hermosura
extraordinaria, adornada de cuantos primores es capaz el arte: un
obelisco cuadrado de gran elevación, cubierto de excelentes
bajorrelieves, en cuyo remate había colocada una figura para
señalar el viento: y una obra de Apolonio de Tiana representando
una águila en acción de despedazar una serpiente: todas fueron
objeto del ciego furor de la bárbara estupidez de los cruzados,
quienes destruyeron y aniquilaron los mármoles y las piedras, e
hicieron fundir los metales para labrar moneda y satisfacer la
insaciable codicia de los soldados(135).
Los griegos por el contrario, menos inclinados a la guerra y de
constumbres más dulces y tranquilas, conservaban aquella
afición a las artes y a la literatura, aquel gusto delicado y
fino que caracterizó a sus predecesores. A la vista de los
grandes modelos en las unas, y habiendo conservado y reproducido
para honor de las letras las obras de Platón, de Aristóteles,
de Demóstenes, de Jenofonte, de Tucídides, de Basilio, de
Dionisio, de Orígenes y de otros doctos escritores, pudieron con
razón comparar su capital con la antigua Atenas, y mirarla como
el centro y morada de las musas. Ningún latino merecía el
concepto de bastante instruido si no había hecho allí sus
estudios; y la lengua griega, aunque hubiese perdido mucha parte
de su pureza y de su carácter por el frecuente trato de
comerciantes y extranjeros en Constantinopla, conservó no
obstante su riqueza, sus formas y su gramática. Así nos lo
aseguran Filelfo y su discípulo Eneas Silvio (después papa con
el nombre de Pío II) escritores coetáneos a los sucesos que
refieren del siglo XV(136). Con tan opuestas costumbres y
diversidad de genio y de educación no parecía extraño que los
historiadores griegos, tomando el tono de superioridad que
corresponde a un pueblo más culto e instruido en las artes del
gobierno y del gusto, o no hablen de los latinos, sino con
desprecio y como de un pueblo grosero, o que exaltados de
indignación al describir sus rapiñas y sus excesos, su
ferocidad y su barbarie, nos los retraten con aquel colorido y
aquella expresión viva y animada con que nuestros historiadores
pintaron las incursiones de los godos, de los vándalos, y demás
naciones bárbaras del Norte.
Sólo las ciudades de Italia, en especial Venecia, Amalfi,
Ancona, Génova y Pisa, que desde el siglo IX conservaron algún
comercio con la Grecia y los puertos de Siria y Egipto,
acrecentando su industria y sus riquezas de un modo poco común
en aquel tiempo, habían adquirido con esta comunicación mayor
regularidad y perfección en su gobierno, mayores conocimientos
en las artes y más dulzura y apacibilidad en sus costumbres que
los demás pueblos europeos. Cuando éstos en las primeras
cruzadas tuvieron que atravesar por tierra la Alemania, la
Hungría y la Grecia hasta Constantinopla, o cuando escarmentados
después de las penalidades y riesgos de un viaje tan dilatado
prefirieron ir a Italia para ser transportados en los bajeles de
aquellas repúblicas, no pudieron dejar de observar en su
tránsito la cultura y policía de estos paises, su industria y
su prosperidad, y detenerse a reconocer en la Grecia los
venerables restos del ingenio y de la aplicación de sus antiguos
moradores. Sobre todo Constantinopla, capital de un imperio tan
poderoso, corte de unos soberanos que aún en el período de su
decadencia conservaron el lujo oriental, el esplendor y la
ostentación de sus mejores tiempos; emporio de las más
exquisitas y apreciadas producciones de la India y de la China;
elegante y magnífica por sus soberbios palacios, ricas iglesias,
fuertes murallas, altas torres y otros suntuosos edificios,
concurrida de multitud de naves que conducían los géneros y
frutos de todas las naciones; poblada de inmensidad de naturales
y extranjeros que fijaban allí los intereses del comercio;
activa e industriosa por la variedad y perfección de sus
fábricas y manufacturas; y culta además por haber conservado el
sagrado depósito del buen gusto, y de la sabiduría en la
literatura y en las ciencias después de la caída del Imperio
Romano, llenó de admiración y asombro a los cruzados que la
vieron por la primera vez. Todo era muy superior a cuanto habían
dejado en su patria; todo excedía a las ideas que habían podido
formar del fausto, de la grandeza, de la elegancia del Imperio de
Oriente(137); y las expresiones con que los historiadores latinos
más ilustrados pintan esta sorpresa, son un testimonio
irrecusable del atraso de sus compatriotas respecto a los mismos
griegos, a quienes tal vez menospreciaban por su poca
inclinación a las armas y a los ejercicios militares.
Este trato que duró cerca de dos siglos, y principalmente el
ejemplo de las repúblicas de Italia, contribuyó poderosa aunque
lentamente a la cultura e ilustración de los demás pueblos. Las
marinas ya célebres entonces de Venecia, Génova y Pisa,
proveyendo de bajeles a los numerosos ejércitos de cruzados que
bajaban de todos los países de Europa a embarcarse en los
puertos de aquellas ciudades, recibieron por estos fletes y
transportes sumas de mucha consideración. Contrataron además el
surtimiento de todas las provisiones de víveres y de municiones
de guerra que pudiesen necesitar los ejércitos cristianos, y
mientras estos adelantaban sus conquistas internándose en la
Palestina, las escuadras guardaban la costa, y manteniendo libre
la comunicación con las tropas las proveían de cuanto les era
necesario y aun las auxiliaban militarmente en los sitios y
conquistas de las plazas o fortalezas marítimas. Por estos
medios aquellas tres repúblicas no sólo reunieron casi
exclusivamente en su mano todo el fruto de unas negociaciones tan
lucrativas, sino que haciéndose merecedoras del reconocimiento
de los príncipes cristianos que conquistaron y establecieron sus
nuevos estados en la Siria, obtuvieron de ellos los privilegios
más amplios y la exenciones más extraordinarias para fijar su
residencia con su gobierno y juzgado particular en las plazas
conquistadas o que se conquistasen, proporcionando al mismo
tiempo a su comercio todas las ventajas que pudieran acrecentar
su prosperidad y excitar el interés privado de sus marinos y
traficantes(138).
Con semejante impulso se engrandecieron estas marinas, comenzaron
a enseñorearse de los mares y a dar mayor extensión a sus
empresas militares. Parece que hasta principios del siglo XII no
visitaron las costas de España ni establecieron comunicación
con sus puertos, que casi todos estaban en poder de los
sarracenos, o eran asolados por sus piratas. Por eso tenían los
pisanos tan escaso conocimiento de la costa de Cataluña, cuando
en el año de 1114 arribaron a ella creyendo llegar a Mallorca;
pero unidos en esta ocasión con los catalanes para la conquista
de las Baleares, que se concluyó felizmente al año inmediato,
lograron aniquilar los corsarios con que los moros infestaban los
mares vecinos, y dejar más franca y expedita la navegación para
Italia y demás puertos de Levante. Desde entonces fue ya
frecuente la comunicación recíproca de ambas potencias y la
solicitud y empeño de los pisanos por captarse la amistad y
benevolencia de los condes de Barcelona con preferencia a los
genoveses sus rivales y competidores.
Más éstos procuraron sagazmente eludir aquellas negociaciones y
conseguir por sus servicios el reconocimiento de los condes, cuya
autoridad y poderío respetaban en sumo grado. Compruebalo bien
el tratado hecho a 28 de noviembre de 1127 entre Raymundo
Berenguer III y la república de Génova, en que para cortar
algunas diferencias que se habían suscitado sobre la navegación
a España de los buques genoveses, se convino en que cada uno de
los que tomasen puerto en adelante desde Niza hasta cabo de
Tortosa, pagaría en Bar