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Revista Arbil nº 73

La corrección como corrupción

por José Pérez Adán

Las reiteradas apariciones en los media del Sistema de "prestigiosos científicos" prestos a servir al poder político en temas como la manipulación genética corroboran la necesidad de planteamientos como los del autor del artículo, miembro de la Fundación Interamericana Ciencia y Vida y de la Universidad Libre Internacional de las Américas, denunciando los peligros que conlleva, entre otras cosas, la soberbia o afán de notoriedad de muchos "investigadores" y marcando algunas pautas que deben regir la relación Ciencia-Poder


1.- Una de las experiencias acumuladas de la revolución científico-técnica es que los descubrimientos y avances agregan poder allí donde este se encuentra. Por eso la democracia no puede considerarse nunca como una tarea acabada sino que hemos de verla como un proceso que puede estancarse en la medida en que los centros de toma de decisiones no distribuyan poder a la gente de manera continua y sostenida.

2.- La proximidad entre poder y conocimiento, hoy más juntos que nunca, hace conveniente que los que nos dedicamos a la tarea universitaria nos planteemos de manera cíclica nuestra dependencia de los centros de toma de decisiones. En esta línea la cuestión que planteamos en nuestra intervención es si el científico puede ser político en el contexto actual.

3.- La ciencia tiene indudablemente una misión social. Se trata de dar a conocer. La profesión de científico entraña dar a conocer saberes útiles y ello supone la suma de dos logros. El primero es saber, conocer lo desconocido, darse cuenta de lo escondido. Y el segundo es darlo, compartir la alegría del descubrimiento apercibiendo a los demás del hallazgo.

4.- No obstante esto que acabamos de decir es matizable y creemos que en aras de una mejor comprensión del mensaje que queremos transmitir aquí conviene preguntarse a quién se ha de transmitir el saber y cómo. Es precisamente estudiando estos aspectos cuando descubrimos los grandes obstáculos que tiene la ciencia moderna, y en concreto la institución universitaria, para cumplir su misión de servicio social.

5.- El científico, y en concreto el profesor universitario, se debe en primer lugar a sus colegas y alumnos y ellos constituyen el quién propio del ámbito académico. El prójimo son los próximos y la transmisión y el diálogo de saberes en el entorno universitario es el mejor atajo para establecer una comunicación fluida entre ciencia y sociedad. Esa y no otra es la razón de ser del prestigio académico. Un científico comunica su saber con sus escritos y sus clases, por eso pensamos que la pretensión de no pocos colegas de establecer lazos de prioridad comunicativa con el poder político es, cuanto menos, sospechosa de falta de rectitud de intención.

6.- Por otra parte, pensamos que el medio de acercamiento al prójimo, el cómo transmitimos el saber, no debe de estar condicionado por el planteamiento mercantil. El sabio no puede venderse ni a banderías ideológicas ni, sobretodo, al dinero. He aquí la razón de ser de la gratuidad que está en la entraña del proyecto que nos congrega aquí en la Fundación Interamericana Ciencia y Vida y en la Universidad Libre Internacional de las Américas.

7.- Pero sin duda todo esto del regalo de lo mejor ya lo sabíamos, los universitarios aspiramos a donar conocimientos en marcos de excelencia reglada. Se trata en efecto de un planteamiento viejo, algunos pueden calificarlo acertadamente de medieval, pero no obstante, es un planteamiento que sigue pareciendo nuevo por raro. ¿Por qué? ¿A qué se debe que la ciencia se haya aproximado tanto al poder político y al dinero? Veamos tres posibles razones.

Puede ser porque desgraciadamente muchos confunden excelencia con influencia. La universidad y el científico tienen que ser sin duda alguna excelentes, pero ello no implica necesariamente que sean influyentes en el sentido que hoy se da al término como cuando hablamos de unas modas, unos famosos, o una publicidad influyente. De hecho sabemos que muchas de las influencias modernas no son nada excelentes y conocemos a no pocos colegas nuestros, profesores que han sido de instituciones modélicas, que por el ansia de influencia han perdido la excelencia.

En segundo lugar, la estrecha relación entre ciencia y poder también puede deberse a que la intensidad de los procesos comunicativos que trae pareja la modernidad nos obliga de continuo a innovar y mejorar las formas y como consecuencia a prestar menos atención a los contenidos, es decir a la pureza del mensaje. Por eso algunos colegas huyen con pavor de la crítica de base que a veces hacen los medios de comunicación como la de "es usted un fundamentalista", cuando uno se cree lo que dice, o "es usted un maximalista", cuando uno se atreve a separar lo mejor de lo peor y como consecuencia a señalar la mediocridad.

Por último, puede ser también porque los científicos en el esfuerzo por alejar de nosotros la responsabilidad ante nadie, y menos ante ningún Dios que no sea nuestro propio ego, hemos desechado la esperanza de alcanzar una vida virtuosa y en ese empeño confundimos la igualdad humana con la pasividad ante los vicios propios que también llamamos privados, con lo que aquello que no nos proponemos para nosotros tampoco lo proponemos a los demás.

En cualquier caso, estas tres posibles "razones" empujan y presionan al científico a acercarse al poder adoptando una actitud que se ha dado en llamar lo políticamente correcto.

8.- Sea lo que fuere, sí que parece que el científico y el profesor actual deben de hacer esfuerzos decididos para valorarse a sí mismos en un mundo que parece que no valora la excelencia del quehacer sin pago. La tentación es creer que uno merece una consideración que solo puede dar quien tiene el monopolio del dispendio, es decir el poder. Por eso pensamos que un científico no puede ser político, que un científico se corrompe cuando se arrima al poder, que un científico no debe aspirar a ser famoso como son famosos los famosos mediáticos que no han escrito libros académicos ni formado discípulos, debe si acaso aspirar a ser anónimamente escandaloso como quien se atreve a perseverar navegando contra corriente en un mundo que ignora, cuando no desprecia, la integridad y la fidelidad.

9.- Con el rechazo de la corrección política, el científico y por extensión el profesor que prepara ese mundo mejor que queremos legar a nuestros hijos, debe de aspirar a ser coherente, pobre, e incómodo. Estas son las tres caras del escándalo al que nos referimos. Coherente para ser veraz consigo mismo. No debemos olvidar que los que mejor viven son los sabios en la medida en que cambian de vida al mismo ritmo con el que adquieren nuevos conocimientos, porque la verdad que no se vive deja de serlo a los ojos del prójimo.

Pobre para certificar su rectitud, en el entendimiento que la venta de saber al mejor postor prostituye su misión y le convierte en un enemigo de la gente, en un esclavo del poder en vez de en un servidor público.

E incómodo porque gran parte de los valores de nuestra sociedad no son valores excelentes y recordar los defectos al mundo escuece a todos los que somos mundanos. Ello produce cierto rechazo y hace que muchas veces la soledad acompañe la tarea de la ciencia, por eso pienso que se han inventado los premios a la excelencia científica, para intentar mitigarla.

10. He de decir que en mi opinión hay ciertas incomodidades que no se pueden acomodar en el contexto sociocultural actual aunque pueda pensarse que ello podía hacerse en otra época y lugar. El científico no puede renunciar hoy a ser manifiestamente incómodo en ciertos temas y a arrostrar las consecuencias de su actitud. Disiento aquí de los que plantean la conveniencia de adoptar la deriva del mal menor en el consejo académico manifestado sobre la defensa e inviolabilidad de toda vida humana. No pocos de nuestros colegas expresan públicamente su apoyo a opciones políticas que indirectamente procuran y consienten el mantenimiento de situaciones de tortura humana como pueden ser la permisividad con la congelación de personas en estado embrionario, con el argumento de que todavía sería peor apoyar otras opciones políticas alternativas que procuran y fomentan esas torturas de modo directo. Creo que debemos recordar que el compromiso político no está incluido en la misión de la ciencia. El científico puede como ciudadano tener opciones políticas pero nunca debe hacer sufragánea a la ciencia de su elección partidista, antes bien debe procurar que su vocación de servicio a todos nunca sea instrumentalizada por el ejercicio del poder y las lealtades ficticias que este crea. Un signo de esa ficción que desgraciadamente convierte a algunos colegas nuestros comprometidos en banderías políticas en caricaturas de científicos, es el silencio cuando no la complicidad con cualquier muerte, aunque solo sea una, de cualquier humano en cualquier momento de su desarrollo.

11. La ciencia, como dice el lema de nuestra reunión es para todos, para todos sin distinción. Un científico solo puede comprometer su labor como tal en la lealtad a una opción política si esta está manifiestamente abierta a la vida y dignidad de todos sin exclusiones. El científico, repetimos, no está obligado a tener lealtades políticas, pero si quiere tenerlas y en ausencia en el panorama político de una opción que vele por todos, su obligación primera es la denuncia. Por eso la corrección política, que lleva muchas veces al anonimato o al compromiso con el estatus quo, en la medida en que cercena el derecho de algunos a los beneficios de su reconocimiento como humanos y a sus derechos de pertenencia en la vida social, supone en nuestra opinión corrupción intelectual. Por eso para nosotros los universitarios, a veces ser correcto es ser corrupto.

12. Los intelectuales no podemos desear para nuestra tarea unas cotas de excelencia menores que las metas que ponemos en otros empeños. La aspiración de una ciencia genuinamente democrática nos parece una meta loable. La ciencia democrática es una ciencia para todos, al servicio de todos: una ciencia al servicio de la gente y no al servicio del poder, una ciencia que si es necesario renuncie explícitamente a ser influyente para ser excelente.

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José Pérez Adán

 


Revista Arbil nº 73

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