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CARTAS

Revista Arbil nº 63

Parejas de enamorados

por Ignacio San Miguel

La decisión del director de la Guardia Civil, Valdivielso, de permitir que los homosexuales del Cuerpo puedan convivir con sus novios en las casas cuartel, es un nuevo paso en la dirección degenerativa a que nos conduce el discurso dominante.

Hay presuntas virtudes cristianas, como son la humildad, la docilidad, la servicialidad, la oficiosidad que, no dudamos, adornan a la persona de Valdivielso. Sin embargo, nos cabe la duda de si no serán precisamente estas presuntas virtudes cristianas la que le han llevado a tomar esta decisión de tan difícil encaje con la doctrina cristiana. Me refiero al cristianismo tradicional católico, no al que ahora parece vigente. En aquel cristianismo, el único que merece la pena, las virtudes cardinales son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Virtudes muy recias. Muy romanas, se podría decir. Y, por supuesto, en tal cristianismo se condena la homosexualidad.

No ha habido prudencia en esta decisión. Es fácil imaginarse las complicaciones convivenciales que se han de derivar de una situación así creada. Los desprecios, las disputas, las irrisiones han de producirse necesariamente. Y es que no se puede equiparar en la vida real un matrimonio normal con las uniones contra natura. Legalmente se podrá hacer, pero la realidad manda y hay que atenerse a ella. Y algún día también las leyes tendrán que atenerse a esta realidad, encauzándose de nuevo por la senda de la ley natural.

No ha habido justicia. No es justo obligar a los matrimonios normales a convivir con los anormales. Y esta falta de justicia intrínseca habrá de surtir su sordo efecto sobre los afectados. Obligados por la ley, es posible que callen. Pero esos silencios forzosos tienen su peligro. No es lo mismo la coerción para aceptar la virtud que para aceptar el vicio. Aún en el primer caso se producen rebeliones. En el segundo, es casi seguro que se producirán. El convencimiento de estar asistido por la razón, provoca en el hombre profundas pulsiones de su dignidad que pueden conducir a actitudes irreductibles.

No se diga que la decisión tomada tiene algo que ver con la fortaleza. Supone, por el contrario, una dócil sumisión al medio ambiente, al discurso dominante, al liberal-progresismo desnortado y vicioso. No hay fortaleza en un sometimiento tan evidente, en un tan claro deseo de adoptar falsas posturas avanzadas, en la facilona manera de neutralizar a la izquierda recurriendo al acostumbrado expediente de robarles su munición. Esto tiene que ver con el oportunismo, no con la fortaleza.

Y su relación con la templanza es nula. Favorecer las tendencias homosexuales, suministrando habitación para los desfogues amorosos de carácter sodomita, no es algo que esté relacionado con la templanza.

Las antiguas virtudes cristianas están ausentes en una decisión de esta naturaleza, máxime cuando el vicio que favorece es el vicio nefando por excelencia. Sabemos que en la Biblia se llama perros a los sodomitas y se les auguran los máximos castigos. Acordémonos de Sodoma y Gomorra. Claro que estas referencias han de hacer reir a los progresistas degenerativos.

Se dirá que para dictar esta disposición no se estudió su posible discordancia con la moral cristiana, sino la realidad de un entorno social determinado. Es el argumento de la cobardía y la sumisión, de sobras conocido. ¿Existen prostitutas? No luchemos contra la prostitución, que es algo muy cansado. Legalicémosla. ¿Existe pornografía generalizada? No la persigamos, regulémosla. ¿Que la drogadicción se ha extendido masivamente? No pretendamos suprimirla. Habilitemos narcosalas, para que la gente se pueda drogar en buenas condiciones higiénicas, y estudiemos la posibilidad de legalizar la droga. Y así sucesivamente. Todo, menos luchar. Las sociedades cansadas y decadentes no luchan. Y rechazan los ideales porque éstos obligan a luchar.

Además, que no se hayan tenido en cuenta exigencias morales en tal cual disposición, sino consideraciones de índole práctica (por así decirlo) no ha de librar a tales normativas del enjuiciamiento moral correspondiente. El titular de la autoridad competente podrá prescindir de la moral, pero la moral no prescindirá de él ni de sus acciones. Y cuando hablamos de moral nos hemos de referir necesariamente a la cristiana, que es la moral por excelencia.

Es este enfoque moral determinado el que me ha llevado a referirme a presuntas virtudes cristianas con independencia de que el señor Valdivielso sea cristiano o no (aunque acabo de leer que es demócrata-cristiano). La humildad, la docilidad, etc. puede uno poseerlas sin necesidad de ser cristiano. Sin embargo, pueden y deben ser enjuicidadas desde una perspectiva moral cristiana. Y desde esta perspectiva, lo cierto es que esas virtudes dejan por completo de serlo bajo ciertos supuestos. Porque un cristiano debe ser humilde ante Dios, pero no ante el mundo.

Los respetos humanos no caben en el cristiano. Por un deseo de acomodarse a la sociedad, no puede permitir en silencio que se le le presente basura como habitual realidad social. Su voz tiene que oirse. Se dirá que esto es intolerancia. Naturalmente que lo es. ¿Desde cuándo la virtud puede ser tolerante con el vicio? Y el cristiano debe tomar partido por la virtud.

Claro está que estas palabras han de resultar bélicas para algunos delicados oidos. Los oidos de aquellos que sustentan las presuntas y engañosas virtudes cristianas. Los de la humildad, amor, tolerancia, docilidad, apaciguamiento, diálogo y toda la pastaflora habitual. No se equivocan. Lo quieran o no, estamos en guerra. Los cristianos nos enfrentamos a dos enemigos mortales, uno exterior y otro interior. En el exterior, la amenaza islámica cada vez más embravecida. En el interior, la descomposición moral y religiosa cada vez más profunda. Si no lo queremos ver así y seguimos tratando de acomodarnos a todo lo que nos echen, estamos perdidos.

A los apóstoles del amor indiscriminado y la humildad, habría que decirles que si aceptamos y amamos la basura acabaremos siendo basura. Por lo que se necesita un discurso distinto, esclarecedor y de denuncia profética.

No podemos terminar bendiciendo, siquiera implícitamente, a esas "parejas de enamorados." Ni a todo lo demás.

·- ·-· -··· ·· ·-··
Ignacio San Miguel

P.D. Que lo tengan bien claro los apóstoles del amor indiscriminamdo: si nos acomodamos a la basura, acabaremos siendo basura.
 


Revista Arbil nº 63

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